Besos Hambrientos

Primer día

Primer día

 

 

Lo que odio más del primer día de clases, aparte de no conocer a nadie, es levantarse tan temprano. Mi alarma sonó a las seis de la mañana, no vivía al otro lado de la ciudad, pero sí necesitaba tomar dos autobuses. Recuerdo que hace dos años salía con mi papá en su auto, pero era casi imposible desde que regresamos porque teníamos horarios diferentes.

Salí de la ducha y sin entusiasmo escogí la primera prenda de ropa que encuentre en mis aún, empacadas maletas. Apenas habíamos llegado en la tarde de viaje, hace dos años a mi padre lo transfirieron. Más regresamos a nuestro país de origen por expansión del negocio al que asignaron a mi padre; éramos los dos contra el mundo.

Mientras salía de casa, ya abrigada y con mi mochila a cuestas, pensaba lo bueno que era regresar, parecía que nada cambió, pero de hecho sí lo había hecho. Caminé las tres cuadras a la parada del autobús como solía hacerlo. No esperé mucho y logré subir a uno.

Ese primer autobús me dejaba cerca de la universidad, sin embargo, aún faltaban diez minutos de recorrido en otro. Lo bueno es que a esa hora se disponía de varios vehículos, en menos de diez minutos estaba de pie frente a la entrada principal de mi universidad.

Debo admitirlo, estaba nerviosa.

Sentía expectativa y miedo. Había pasado los dos últimos años mandando ese pensamiento al fondo de todo, ignorando lo que mi cerebro me decía; pero no podía ignorar los saltos que daban mi corazón.

Suspiré sin remedio y me aferré a mi mochila para atravesar el campus rumbo a la secretaria, debía presentarme con una secretaria y llenar unos papeles. Fue una suerte que pudiéramos hacerlo todo por medio de correos y llamadas. Fue, y no quiero admitirlo, una suerte haber entrado de nuevo a mi carrera a pesar de la diferencia en la malla curricular con mi Universidad en otro país.

—Buenos días — saludé al entrar al acogedor edificio.

Las mujeres trabajando detrás del mostrador elegante de color blanca me dieron la bienvenida con una enorme sonrisa que devolví.

Distinguí a una de ellas como la secretaria que siempre solía atenderme y pude vislumbrar, por el modo en que reaccionó al verme, que ella también me había reconocido. Sí, llevaba el cabello más largo de lo que solía hacerlo, pero me había reconocido.

—Buenos, días.

—Buenos, días. ¿Puede ayudarte?

—Este… sí, llamé hace algunos días para inscribirme en la carrera de Economía ambiental — indagué.

—Oh, sí. La señorita Davids — asentí —. Bien, debes firmar y llenar algunas cosas. Justamente tengo todo preparado aquí. toma asiento, enseguida te lo llevo.

Después de musitar un ‘gracias’ me senté en una de las mesas cercanas.

Mientras ella buscaba los papeles me di cuenta que el lugar había sido remodelado. Tenía una pared totalmente de vidrio que hacía entrar más luz al mezanine y podía admirar, después del escritorio de las secretaras, un hermoso jardín con acceso a un lado de la secretaria.

Afuera había algunos jóvenes sentado en el piso y otros en mesas, sólo conversando o pasando el tiempo o haciendo deberes. Era muy bonito, cuando yo estudiaba aquí ese lugar era el área de los profesores fumadores. Sin poder contenerme estudie sus rostros.

Enseguida ella me entregó una montaña de papeles para llenar. Está bien, no eran muchos, pero los sentí como demasiados por el nerviosismo. Luego los entregué llenos con mis datos. La secretaria de forma inmediata me extendió mi horario de clases dividido por horarios, genial. Al parecer no sólo habían reformado el edificio si no, todas las carreras.

Me despedí una vez más con un ‘gracias’ y puse atención a mi horario estaba decidida a cursar lo que faltaba de mi carrera con la frente en alto… y con buenas notas. Nada me distraería esta vez. Nadie.

La primera clase que tenía empezaba a las siete, pero la perdí. Así que tenía media hora de sobra para llegar a la siguiente que era en el aula Manchester. Sí, las aulas ya no estaban por números, si no por nombres de países y ciudades al igual que las áreas del edifico. El piso en que me encontraba era United Kingdom. Y al igual que todas las aulas, al menos una pared era de vidrio.

Pasé junto a mucha gente antes de llegar al lugar, ignorando las miradas de extrañeza o curiosidad puestas en mí. odio ser ‘la nueva’. Durante el trayecto traté de buscar rostros conocidos, pero no tuve suerte.

El aula estaba vacía. Mi universidad era privada, lamentablemente fue en la única dónde encontré mi carrera hace ya algunos años. Y en consecuencia las clases son más personalizadas. La mesa ‘redonda’, que, en realidad era rectangular, le permite al profesor una vista de todos los alumnos al sentarse en la cabecera. Me senté en la segunda silla, cerca de la pizarra par ano perderme de nada.

Aún faltaban veinte minutos para que empezaran la clase así que saqué mi libro y me puse a leerlo. Quien diga que ‘El príncipe’ de Nicolai Maquiavelo no es divertido e interesante jamás lo entendió.




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