“Flores, flores, flores.”
En mi cabeza solo están las flores.
Las únicas personas que me han regalado flores son mi familia y Daniel, en mis cumpleaños o cada vez que algo me pasaba por su culpa.
La última vez que me regaló unas fue cuando, jugando, nos caímos de un puente improvisado que habíamos construido. La caída fue tan mala que terminé con una cortada en la pierna derecha, desde el tobillo hasta la rodilla. Fue horrible. Días después, apareció con un ramo de girasoles. Eran tan bonitos que lo único que pude hacer fue invitarlo a comer pizza en casa. No dije nada. Es mi amigo, y a los amigos se les lleva en el corazón.
Recuerdo perfectamente esos girasoles. Los tuve por días. Dicen que, cuando las flores son regaladas con buenas intenciones, duran más de lo habitual porque conservan el amor con el que fueron entregadas.
Mientras me arreglaba para mi cita con Nicholas, opté por un vestido azul, ligero pero cómodo, unas sandalias blancas y mi bolso negro de siempre. Algo sencillo, pero elegante, o al menos eso quiero creer.
Camino directo hacia la cafetería del centro de la ciudad, el punto de encuentro con el chico de las miradas que me derriten, el que logra sacarme de mi órbita y despertar en mí emociones que no sabía que existían.
Mi corazón late a mil por minuto. Puedo sentir cómo se acelera cada vez más con cada paso que doy.
Y ahí está.
Nicholas, con una camisa negra de mangas arremangadas, pantalón oscuro y ese cabello digno de portada de revista. Se ve distinto al chico que veo por los pasillos: más relajado, más seguro.
A medida que me acerco, noto que tiene algo oculto detrás de la espalda. Trata de disimularlo, pero lo obvio lo hace aún más tierno.
—Te traje esto —dice, extendiendo un ramo de rosas frente a mí.
Es hermoso. Todavía tiene pequeños capullos listos para florecer.
—Gracias, no debiste hacerlo —respondo mientras lo tomo con cuidado y acerco las flores para oler su suave aroma.
—Flores hermosas para una chica hermosa.
Sus palabras me hacen sonrojar, y bajo la mirada.
Él sonríe y, con delicadeza, me levanta el rostro tomándome por la barbilla.
—No hagas eso. No es algo de lo que debas avergonzarte. Es la verdad.
No puedo evitar seguir con las mejillas encendidas.
—Sabes… esto es un poco nuevo para mí —admito, riendo suavemente.
—No te creo. Eres una chica muy linda, y tienes unos ojos que podrían enamorar a cualquiera.
Me toma de la mano y me guía hacia una de las mesas del café.
Nos sentamos, y en ese momento se acerca una mesera con una sonrisa amable.
—Buenas tardes, mi nombre es Gloria. Los estaré atendiendo hoy. Si necesitan algo, no duden en llamarme.
Deja sobre la mesa un pequeño plato con galletas de canela que huelen a cielo.
—Gracias, señorita —responde Nicholas con educación, pero sus ojos no se apartan de mí.
Su mirada es firme, directa, y eso me hace temblar un poco.
Intento romper el silencio.
—Dime, ¿qué te trajo al pequeño Evervale?
—Principalmente la currícula de la carrera —responde, relajado—. Aquí puedo aprender muchísimo. Muy buenos médicos han salido de esta universidad, así que vine a ser parte de los grandes.
Tiene razón. Evervale es conocida por su excelente universidad y sus programas de prestigio.
—Eso quiere decir que eres un alumno destacado, Nicholas —comento con una sonrisa, tratando de aligerar el ambiente.
Él ríe con un gesto humilde.
—No del todo. Me ha costado mucho llegar hasta aquí. A diferencia de tu buen nombre, algunos tenemos que luchar un poco más por estar donde queremos.
Su comentario me toma por sorpresa. Creo entender a qué se refiere, pero decido dejarlo pasar.
—Parece que sabes más de mí que yo de ti —respondo con un tono juguetón, intentando cambiar de tema—. Cuéntame, aparte de Victoria, ¿tienes buenas amistades por aquí? —tomo una de las galletas que nos dejaron en la mesa.
—Sí, son buenas. Aunque… tal vez en algún momento podríamos salir en grupo —dice con una sonrisa sugerente.
Y en ese instante, mientras él habla, no puedo evitar pensar que, aunque la tarde apenas comienza, algo dentro de mí ya está floreciendo.
Conversamos hasta cansarnos una vez más. Nicholas tiene una forma de hablar tan interesante que me mantiene completamente enganchada; sus temas son variados y su manera de ver la vida, cautivadora. Es agradable encontrar a alguien con gustos tan diversos, alguien con quien todo fluye sin esfuerzo.
Le conté cómo elegí mi carrera. Siempre he querido ayudar a las familias vulnerables, a esas personas que lo pierden todo de un momento a otro; a los jóvenes en problemas, a quienes solo necesitan una mano que los guíe. Esas fueron las razones que me impulsaron a seguir este camino.
Él, en cambio, me habló de la pérdida de su hermano. Su voz se volvió suave, casi un susurro al recordarlo. Me contó que fue un golpe muy duro para todos, especialmente para sus padres, quienes desde entonces se volvieron más protectores con él. No los juzgo —los hijos lo son todo—.
Quizás por eso eligió estudiar Medicina. Quería sanar, entender, prevenir el dolor de otros. Y mientras hablaba, entendí que, aunque nuestras historias son diferentes, nuestras motivaciones nacen del mismo lugar: el deseo de ayudar.
De algún modo, eso nos convierte en personas con los mismos ideales… y tal vez, con el mismo tipo de corazón.
De regreso a casa, por fin puedo darme un respiro. No sé cuántas veces me sonrojé, me sentí apenada, inquieta y emocionada. No tenía idea de que sentirse así pudiera ser tan abrumador.
No me había sentido así desde mis pequeños intentos de romance años atrás… Matt, por ejemplo.
Dudo si contarle todo a las chicas; quiero mantenerlo al margen, al menos por ahora. Lo bonito toma su tiempo.
Me dispongo a poner las rosas en el jarrón, junto a mi cama, cuando una espina se clava en mi dedo. Una pequeña gota de sangre brota, y en ese instante caigo en cuenta de que incluso lo más hermoso puede lastimar si no se tiene cuidado.
Apago la luz y me quedo mirando el jarrón desde la cama. Las flores permanecen inmóviles, perfectas, ajenas al daño que causan sin querer.Me sorprende cómo algo tan simple puede llenar tanto espacio.