Inicio de semana. Otra nueva aventura y, como siempre, la esperanza es lo último que muere.
Nada mejor que acompañarla con un café y unos libros.
Las clases se están convirtiendo en una jungla de tareas imposibles de terminar a tiempo; se siente la locura de los exámenes en los viejos pasillos de la universidad.
Justo ahora está por iniciar la junta del proyecto educativo que ofrece la escuela, así que aquí estoy, atascada junto a otros tantos alumnos.
Pienso en irme a lo seguro: una empresa en la misma ciudad sería lo ideal, a menos que el listado que me toque esté lejos… ese sí sería un problema.
Lástima que las chicas aún no logren ingresar al proyecto; seguro lo harán en los próximos años.
En la mesa de registros, una cara conocida llama mi atención.
—Señor Costa, ¿qué hace usted aquí? —saludo al padre de mi mejor amigo.
—Linda, qué gusto verte —dice, extendiendo la mano con un agarre firme y seguro, como todo hombre de negocios—. ¿Cómo estás? ¿Y tu familia?
—Muy bien, gracias. Mis padres están de viaje por el momento —respondo—. Pero me sorprende verlo aquí.
—Estoy representando a la empresa y buscando nuevas mentes. Sé que podría haber enviado a alguien más, pero preferí venir personalmente; a muchos de ustedes los conozco —explica con una sonrisa leve.
Su rostro luce distinto aquí, más serio, más frío. Tal vez sea por la formalidad del ambiente… o tal vez por los juicios de los demás. Muchos no comprenden cómo un hombre tan entregado a su trabajo puede tener un hijo que elija un camino totalmente diferente.
Al menos eso es lo que dicen sobre Daniel, el mayor: un apasionado del arte, un espíritu libre. A veces cuesta creer que sea parte de la misma familia.
—Genial, entonces nos veremos en la presentación. Yo también estoy aquí para comenzar. Aún no me dan las opciones, pero espero buenas oportunidades —digo con entusiasmo.
Veo cómo su expresión cambia; su rostro se ilumina.
—¿Te gustaría formar parte de Costa Industries? —pregunta con genuino interés—. Me encargaría de acomodar todo personalmente para ti. Considéralo un hecho, si así lo decides.
No esperaba una propuesta tan directa. Nunca imaginé que me considerara una buena candidata.
—Vaya, señor, eso sí me toma por sorpresa —respondo, halagada pero también incómoda. No debería aceptar algo así; podría parecer favoritismo, y no quiero eso.
—No me des una respuesta todavía —dice con calma—. Piénsalo, revisa tus opciones y luego me avisas. Las puertas de la empresa están abiertas para ti. —Me dedica una sonrisa sincera—. Desde que eran niños imaginé este momento: tú y Daniel, trabajando juntos. En ti siempre vi el compromiso de salir adelante, y en mi hijo, el porte digno de un presidente de compañía. Pero al parecer, solo uno de los dos tiene claros sus objetivos.
—No piense así, señor —le respondo con suavidad—. Sé que Daniel no quiere decepcionarlo; solo quiere marcar su propio camino. No busca defraudarlo, solo encontrar su destino.
Una mujer —al parecer, una de las coordinadoras— nos interrumpe para darle instrucciones al padre de Daniel. Me despido con cortesía y él me dedica una sonrisa amable antes de volver a su conversación.
Camino hacia mi lugar y me acomodo entre los demás. La charla es meramente informativa; las opciones no se ven tan prometedoras como esperaba. Hasta ahora, la mejor posibilidad sigue siendo en Costa Industries.
Y aquí estoy, entre dos caminos: arriesgarme, aunque algunos crean que obtuve el puesto por favoritismo… o no hacerlo y terminar perdiendo el tiempo llevando cafés de oficina en oficina.
Varios de los ponentes prometen grandes oportunidades, pero ninguna parece encajar conmigo. La mayoría de las propuestas se enfocan en medicina, ingeniería o negocios. Al parecer, sobran abogados en el mundo.
Al finalizar, me piden mis datos para registrarlos en el sistema. Todo parece estar en orden.
Lo siguiente será terminar las clases pendientes y, por supuesto, reunirme con las chicas. Las he mantenido en la ignorancia sobre lo que pasó el fin de semana.
Pensé que el amor tendría que esperar, pero ahora lo entiendo mejor: no se trata de aplazarlo, sino de aprender a crecer junto a él. Estoy aquí, abriendo nuevos horizontes… atreviéndome a sentir algo más dentro de mí.
A lo lejos veo a Nicholas con su grupo de amigos, incluida Victoria. Se ven muy concentrados en sus libros y notas, pero eso no impide que esos ojos me encuentren.
—¡Emily, ven con nosotros! —me grita Nicholas con una sonrisa radiante. Me dirijo hacia allá mientras mis dedos comienzan a juguetear con los lazos de la mochila.
—Hola, chicos. ¿Cómo los trata la escuela? —saludo a todos sin excepción.
—Hola, Em. Justo estábamos hablando de ti hace rato —dice Vic con una sonrisa, haciéndome un espacio para sentarme junto a ellos—. Le decíamos a Nicholas que no fue justo que no se animara a hablarte antes, no es de caballeros.
Nicholas sonríe, un poco avergonzado.
—¿Hablarme? —pregunto, fingiendo sorpresa mientras me acomodo el cabello detrás de la oreja—. No creo que fuera tan difícil… yo no muerdo —digo entre risas suaves, intentando disimular lo rápido que me late el corazón.
Nicholas levanta la mirada, aún con una sonrisa leve.
—Supongo que estaba esperando el momento correcto —dice, rascándose la nuca con cierta timidez.
—¿Y ahora es el momento correcto? —pregunto sin pensar demasiado.
Él me mira con esos ojos tranquilos, pero llenos de algo que no termino de entender.
—Creo que sí. Y me alegra que hayas venido.
Vic nos observa con una sonrisa cómplice mientras finge revisar sus apuntes. Yo trato de mantener la compostura, pero siento cómo las mejillas me arden.
Nicholas comienza a hablarme sobre una clase, pero su tono es más relajado, más cercano. No sé si realmente escucho cada palabra… solo sé que su voz tiene un efecto extraño en mí, como si el resto del mundo se desvaneciera poco a poco.