Besos que duelen

CAPITULO 9.- canción favorita

La tarde transcurre tranquila. Solo es una cita, me repito una y otra vez, aunque en el fondo sé que no es tan simple. Sentir algo por alguien que apenas conozco me despierta sensaciones que jamás había tenido. Que alguien vea en mí algo diferente a las demás me hace pensar que quizás puedo provocar deseo… y que en mí aún vive esa chispa que pensaba dormida.

El reloj marca las seis en punto. Estoy aquí, frente al chico que hace vibrar hasta la célula más diminuta de mi cuerpo.
Mis amigas siempre decían que enamorarse era como cambiar de piel: que todo se vuelve más nítido, más cálido, más dulce… como si el mundo supiera a algodón de azúcar.

—¿Sándwich o ensalada? —pregunta Nicholas, levantando el menú de la cafetería.

—El sándwich, definitivamente —respondo sin pensarlo. Luego señalo el cartel del mostrador—. Y también quiero un café helado con canela.

—Perfecto. Hago el pedido y regreso —dice, mientras se quita la chamarra y la coloca sobre el respaldo de la silla.

Lo observo mientras se aleja. La luz del sol atraviesa el ventanal y juega con su cabello, revelando reflejos dorados. Su altura encaja perfectamente con la mía… si me pusiera de puntillas, podría besarlo. Solo pensarlo me provoca una sonrisa tonta que intento disimular.

Nicholas vuelve al poco rato.
—Listo, en seguida traen el pedido. Agregué un pastel de chocolate para compartir, ¿te parece bien?
Asiento, sin poder evitar que se me escape una sonrisa más amplia de la que planeaba.

—Me parece perfecto.

Se sienta frente a mí y, por un instante, el tiempo parece detenerse. Hay algo en su forma de mirarme, en su calma, que hace que el ruido de la cafetería desaparezca. No sé si esto es el amor del que hablaban mis amigas… pero si lo es, empiezo a entender por qué decían que todo cambia.

—¿Y si me como más de la mitad? —pregunto, cortando un pedazo generoso.

—Entonces me vas a deber otro pastel —responde Nicholas con una leve sonrisa coqueta.

—¿Y si no te lo pago?

—Tendré que invitarte otra vez… para saldar la deuda.

Mi corazón se acelera. Puedo sentir cómo mi rostro se enciende, y mis manos no encuentran un punto de calma. Me siento torpe, vulnerable… pero respiro hondo, recupero la compostura. No quiero que mis inseguridades lo diviertan más que mi conversación.

—Me preguntaba… ¿cuál es tu música favorita? —me cuestiona Nicholas—. Empezamos con las preguntas difíciles —bromea.

—Un poco de todo —respondo, encogiéndome de hombros—. Soy un alma musical libre.

Acompaño mis palabras con un gesto exagerado, levantando los brazos como si el aire me llevara. Y, por supuesto, pasa lo que no quería: terminamos riéndonos. Una risa ligera, contagiosa, que disuelve cualquier tensión.

—También yo. La música es un curita al alma, me emociona tener ese gusto contigo. Hablando de favoritos, hay una canción en particular que me encantaría que escucharas.

Toma su teléfono para poner el reproductor. Estoy nerviosa… ¿me está dedicando una canción? Ese tipo de momentos son los que una chica guarda para siempre, como un pequeño tesoro. Mientras busca la pista, noto cómo me mira de reojo; él también está nervioso, como si temiera que la reacción equivocada desarmara todo.

Cuando el reproductor comienza a sonar, algo en el ambiente cambia. Reconozco los primeros compases:
“What Makes You Different (Makes You Beautiful)”.

El mundo se detiene a mi alrededor.

No es solo una canción bonita. No es solo un detalle. Es una confesión silenciosa.
Él baja ligeramente la mirada, como si el gesto fuera demasiado directo incluso para él. Sus dedos tamborilean sobre la mesa, su respiración es más corta. Está expuesto… vulnerable.

Y entonces las palabras empiezan a envolverme. Cada verso parece empujar suavemente contra el muro invisible que he construido durante tantos años. Different… beautiful.
¿Realmente alguien podría ver belleza en aquello que yo siempre pensé que debía ocultar?

La letra me acaricia el pecho como un susurro cálido. Siento mis ojos arder, pero no lloro. No es tristeza. Es algo más profundo… como si por primera vez alguien me dijera que está bien ser yo. Que mis rarezas no son fallas, sino luz.

Miro a Nicholas, y me está observando. No de manera invasiva, no esperando una reacción exagerada. Me mira como si quisiera asegurarse de que entiendo su mensaje sin pronunciarlo en voz alta.

Y lo entiendo.

Me quedo sin palabras. Solo le sonrío. Es una sonrisa temblorosa, pequeña, pero sincera. Él respira hondo, aliviado, como si esa sonrisa fuera la respuesta que temía no recibir.

La canción continúa flotando entre nosotros, y yo siento que algo dulce y desconocido se instala en mi pecho.
Jamás había vivido algo así.
Jamás nadie me había dedicado una canción.

—¿Eres hermosa, lo sabías? —su comentario casi hace que el sorbo de café termine en su cara.

—Pensé que estábamos hablando de música —respondo, intentando ignorar lo que acaba de decir.

—Tienes razón, a veces suelo ser muy directo —admite, con una sonrisa que no sé si me incomoda o me derrite.

Pero no tanto como para hablarme desde el principio, pienso, recordando lo difícil que fue este acercamiento.

—Tú también eres muy atractivo —escapa de mis labios antes de que pueda detenerme.

¿Qué acabo de hacer? Emily, deberías mantenerte a raya. Todo tiene su tiempo.

Es como si dentro de mi cabeza dos versiones de mí estuvieran peleando: una quiere que la cita avance, que algo pase; la otra me recuerda que hay pausas necesarias, metas que cumplir, sueños que aún no pueden mezclarse con esto que empieza a sentirse tan real.

No me acompañó a casa, ya que mis padres estaban cerca y decidí que lo mejor era regresar con ellos. Así evitaba más momentos incómodos con mi familia.
Me encontraron en la librería, lo que me dio tiempo para pensar, para recapitular todo lo que había pasado. No sé qué está sucediendo entre Nicholas y yo —si es una amistad, una relación o algo que aún no puedo entender—, pero sí sé que me gusta.




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