—Sí, claro, un amigo —canturrea mi mamá. Lo sabía. No dejan pasar oportunidades como esta.
—No sabía que se iba a declarar… —mi rostro está completamente rojo.
—Bueno, se ve buen chico.
—¿Quién es buen chico? —pregunta mi papá al llegar con mi hermana.
—Nada, papá… —intento decir, pero mi mamá me interrumpe.
—El novio de Emily. Lo conoció en la universidad.
La expresión de mi papá cambia de inmediato, como si acabara de escuchar que alguien me había lastimado.
—Pero pensé que a mi niña no le interesaban los novios…
—Tu niña ya está grande, no te preocupes, papá.
—No me preocupo —dice, aunque sé que sí—. Sé que eres una mujer centrada, que no va a mezclar las cosas. La universidad y el noviazgo… solo… —hace una pausa, dudoso— siempre pensé que serías novia de Daniel. Se veían tan felices años atrás.
—No, claro que no. Él es como el hermano que nunca tuve, papá. No puedo verlo de otra manera. Los dos lo sabemos.
Mi papá acaricia mi rostro con ternura. Me ama. Sé que quiere lo mejor para mí.
De camino a mi habitación, mis pensamientos no podían procesar tanta información. No pensé que la universidad me daría la oportunidad de experimentar lo que es querer y ser correspondida. Para mí, los sentimientos siempre han sido un instante de intimidad mutua: desde el momento en que intercambias secretos, gustos y aventuras, ya te involucras en la vida de otra persona. Y más aún cuando ese sentimiento es correspondido.
Había imaginado que sentiría mi piel arder, como aquellas veces en las que solo existían miradas lejanas, pero fue distinto: una explosión de adrenalina latente, constante, imposible de ignorar.
Muchas veces imaginé que mi pareja sería alguien de aquí, de Evervale. Alguien con quien compartir las responsabilidades sociales que se acostumbran por estos rumbos; algo que se queda en familia. Pero conocer lo nuevo me abre las expectativas, me despierta la añoranza de que el mañana es posible.
Ahora puedo imaginar mi futuro en las oficinas de una gran ciudad, saliendo por un café de una cadena sumamente explotada, rodeada de rascacielos de cristal. Esas son las posibilidades que tengo ahora.
Pero también puede ser todo lo contrario.
El sentimiento de pertenencia que me caracteriza me lleva a imaginarme de la mano de alguien que quiera llenarse la vida de historia y naturaleza; que aprecie una cita de picnic en el lago, los bailes forzosos llenos de gala y brillo, para luego correr hacia la estación de tren en nuestras mejores galas, dejándolas hechas trizas mientras atravesamos los paisajes que nos regala este rincón del mundo.
El mundo que ahora tengo iluminado por esa mirada tan penetrante de Nicholas.
Mensaje a Nicholas…
"Nicholas, no tengo palabras para describir lo emocionada que estoy por este día. Ten por seguro que juntos formaremos un lazo fuerte y lleno de ternura."
Pensé en enviar algo más largo, pero lo más preciso suele ser lo más claro cuando se trata del amor. O eso creo.
¿Amor?
¿Es posible considerar este momento como amor verdadero, o solo es un instante efímero en la vida de una chica joven que jamás ha experimentado la intensidad de su querer? Tal vez sea solo un sentimiento producto de historias fantasiosas, de esas comedias románticas que suelo ver con mis amigas de preparatoria.
Podría arriesgarme a decir que el miedo está presente.
El miedo de romper aquello que aún se está formando.
Cuando mi sonrisa no puede ser más tonta frente a la pantalla, ahí está.
La primera respuesta a un noviazgo.
El principio de algo más.
El resultado de aquellos pasillos recorridos en la vieja universidad.
No es el mensaje en sí, sino de quién viene.
Mensaje entrante de Nicholas…
"Emily, tus palabras se quedaron conmigo.
No prometo respuestas perfectas, pero sí ganas reales de intentarlo contigo.
Hoy empieza algo que quiero tomar en serio."
Dejo el teléfono sobre la cama y me recuesto mirando al techo.
No hay prisa. No hay vértigo. Solo una emoción tranquila que se acomoda en el pecho, como si hubiera estado esperando este momento sin saberlo.
Respiro hondo. Mis labios aún conservan la curva de una sonrisa discreta, de esas que no necesitan ser explicadas. Siento el calor leve en las mejillas, no por nervios, sino por la certeza de haber sido escuchada.
Las mañanas ya no tienen la misma luz. Ahora hay más calidez incluso antes de despertar; hay alguien más allá de la puerta, dispuesto a ser parte de mi vida, y yo de la suya. Abrirle espacio no me asusta: lo deseo. Deseo ser amada incluso con mis heridas abiertas, con mis inseguridades todavía latentes. He pasado demasiado tiempo creyendo que debía estar completa para merecer amor, y hoy empiezo a entender que no es así.
En mi mente permanece su mirada, la de Nicholas Reed, intensa y serena a la vez, capaz de desarmarme sin tocarme. Cuando pienso en él, todo cobra sentido: el temblor en el pecho, la esperanza que se cuela sin permiso, la certeza silenciosa de que amar también es un acto de valentía.
Y esta vez, no huyo. Esta vez, estoy lista para dar el paso, aun sin saber qué partes de mí cambiarán en el camino, ni qué aprenderé de mí misma al atreverme a amar de verdad.