Nicholas nuevo mensaje ...
Hola hermosa, espero tengas un gran día.
Avísame si podemos platicar un rato.
mensaje a Nicholas...
Buen día
Qué bonito despertar con mensajes como este.
Claro que podemos hablar
Dejé el teléfono sobre la mesita y me recosté de espaldas, mirando el techo. Sentía cómo se me aceleraba un poco el corazón solo de pensar en que pronto escucharía su voz. No era solo curiosidad, ni rutina; era esa mezcla de alegría y nervios que me hacía sonreír sin querer cada vez que su nombre aparecía en la pantalla.
Me imaginaba la llamada: su tono un poco tranquilo, ese timbre que siempre me hacía sentir que estábamos solos, aunque a kilómetros de distancia. Me preguntaba qué me contaría hoy, si me haría reír, si hablaríamos de nada en particular o si simplemente me recordaría que me extraña.
Tenía esas ansias raras, como si el mundo se hubiera reducido a la habitación y a su voz a punto de sonar por el altavoz. Quería contestar ya, pero también quería que la espera durara un segundo más, solo para saborear ese cosquilleo en el pecho.
Suspiré y apoyé el teléfono contra mi pecho. A veces me preguntaba si él también sentía esto… si, en algún rincón de su día, contaba los minutos como yo. Me mordí el labio y cerré los ojos, tratando de calmar la emoción, aunque sabía que no podía. No podía evitar sentir que hablar con él iba a ser como volver a casa después de mucho tiempo, como si todo lo demás desapareciera por unos minutos y solo quedáramos nosotros dos.
El teléfono sonó y mi corazón dio un salto. Contesté rápido, apenas pude.
—Hola… —dije, tratando de sonar tranquila.
—Hola, hermosa —su voz llegó suave, cercana, y de inmediato sentí ese calor que siempre me provoca—. ¿Cómo amaneciste?
—Bien… mejor ahora que escucho tu voz —admití, sonriendo aunque él no pudiera verlo.
—Me alegra… Te extrañé tanto hoy —dijo, y algo en su tono hizo que mi pecho se apretara un poco—. Cada vez que pasa un día sin verte, siento que me falta algo.
Me mordí el labio, divertida y un poco nerviosa.
—Yo también te extrañé —dije—. Estoy contando los días para nuestras próximas citas.
—Yo también. De hecho… estoy planeando todo en mi cabeza. Cada detalle, cada momento contigo —su voz era tranquila, pero había una insistencia, una necesidad de que yo lo supiera—. No quiero que nada arruine ese tiempo.
Suspiré suavemente, sabiendo que eso era parte de él: tan atento y apasionado que a veces se sentía un poco… demasiado. Pero me gustaba, me hacía sentir importante.
—Me encanta escucharte decir eso —le dije—. Me hace sentir que todo este tiempo lejos tiene sentido.
—Siempre quiero que lo sientas así —respondió, y por un segundo, el mundo se redujo a nosotros dos y a esa llamada que hacía que todo lo demás desapareciera.
Pasada la tarde se organizó una comida especial, donde pasamos un momento lleno de pláticas. Durante ese tiempo, mi padre mostró mucho interés en mi avance en la escuela, preguntando si mis calificaciones son buenas y si he demostrado interés en otros temas más administrativos, económicos o financieros.
Sin embargo, no creo que piense en involucrarme tan pronto en los negocios familiares, ya que, aunque la administración no es muy pesada, no me gustaría alejarme de mis objetivos personales de manera tan abrupta.
Por otro lado, pasar tiempo en el campo es completamente diferente; ahí sí podría pasar mis días libres sin ningún problema.
Aunque la conversación fue agradable, por dentro sentí una mezcla de emoción y duda. Me gusta saber que mi padre confía en mí, pero también sé que necesito tiempo para crecer y descubrir lo que realmente quiero para mi futuro.
El sol comenzaba a bajar y la brisa marina mecía suavemente las servilletas sobre la mesa. Mientras recogíamos algunos platos, mi hermana se acercó con una sonrisa traviesa.
—Hermana, ¿te das cuenta de lo bien que la hemos pasado hoy? —dijo, apoyando los codos en la mesa y mirándome divertida—. Entre la playa, la comida y papá preguntándote todo sobre la escuela… ha sido casi una misión de espionaje.
—Ja, casi —respondí, riendo—. Pero no es mala misión si te interesa lo que hago, ¿no crees?
—¡Sí, claro! —exclamó—. Es solo que me divierte verte tan seria respondiendo cada pregunta de papá como si fueras a dar un examen de negocios.
—Bueno, él tiene curiosidad —dije, acomodándome el cabello—. Pregunta por mis calificaciones, por mis intereses… hasta por si quiero aprender sobre administración o economía.
—¿Y qué le dices? —preguntó, inclinándose hacia mí como si compartiéramos un secreto.
—Que por ahora quiero concentrarme en mis propios proyectos —respondí con un guiño—. Pero que me encanta que se preocupe.
—Papá siempre va a estar así —dijo ella, cruzando los brazos y rodando los ojos con una sonrisa—. Pregunta todo, pero lo hace porque le importas… incluso si a veces parece un interrogatorio.
—Lo sé —admití—. Y me gusta. Me hace sentir que confía en mí, aunque todavía necesito tiempo para decidir mis pasos.
Ella rió suavemente y me dio un ligero empujón con el hombro.
—Eso es lo divertido de todo esto —dijo—. Entre la playa, las preguntas de papá y nuestras risas… no importa lo que pase, siempre lo pasamos bien.
—Tienes razón —dije, sonriendo mientras miraba el mar—. Hoy fue un buen día, de esos que quieres guardar en la memoria.
Mi hermana asintió y se levantó para correr un poco por la arena, lanzando risas al aire. Yo la seguí con la mirada, sintiendo cómo la tranquilidad de la playa y la calidez de mi familia me envolvían. Sabía que cada momento así, entre cariño, juegos y conversaciones sinceras, me ayudaba a entender que estaba exactamente donde debía estar.