El estacionamiento estaba lleno, pero mi papá logró meter el coche entre dos camionetas enormes. Mi mamá bajó emocionada, ajustándose el collar; mi hermana se quejó como siempre; y mi papá avanzó con paso firme hacia la entrada, como si fuera el guardia de seguridad de todos nosotros.
Yo solo respiré hondo. Daniel siempre soñó con este día. Estoy orgullosa de él. Y hoy, estoy aquí, con mi familia, para acompañarlo.
La galería brillaba con luces cálidas que bañaban los cuadros en tonos dorados. Los murmullos suaves, las risas y el tintinear de las copas de vino creaban un ambiente casi mágico. Mi mamá suspiró maravillada.
—Qué bonito lugar —dijo, tomándome del brazo.
—Estoy muy contento por Daniel —añadió mi papá—.
—Espero que haya comida —murmuró mi hermana.
Entonces lo vi.
Daniel. Ajustando un reflector, concentrado, hasta que se giró… y al verme, su rostro se iluminó como si el sol hubiera salido solo para él.
—¡Emily! —exclamó mientras caminaba entre la gente y me abrazaba fuerte—. ¡Qué alegría que viniste! ¡Todos están aquí!
—No nos lo íbamos a perder —respondí sonriendo.
Daniel miró a mis padres, saludó con respeto y dijo:
—Qué felicidad que todos estén aquí. Esta noche… es importante.
—Lo sabemos —dijo mi papá, orgulloso.
Daniel rió y una calidez llenó el momento. Ante los ojos de mis padres, éramos solo unos chiquillos a punto de salir a un recital. Me pregunté si los padres de Daniel sentían lo mismo.
Entre tanto murmullo, sentí cómo Daniel me tomó del brazo y nos guió por los salones. Había tantas formas y colores que una sola noche no bastaría para apreciar cada obra. Pero algo era extraño: la gente nos miraba demasiado, no solo a él, sino también a mí, como tratando de reconocerme cuando nunca había visto a estas personas antes.
—Ya que estamos todos juntos, hay algo que debo decirles… —comenzó Daniel, con voz clara y serena—. Son y serán parte de mi vida. No sé cómo demostrarles todo el cariño que tengo, especialmente a Emily, quien ha estado a mi lado desde que tengo uso de razón. Debo decir que no estaríamos aquí sin ella… gracias, Em.
Mis ojos se llenaron de desconcierto.
—Daniel, ¿de qué estás hablando? —preguntó mi madre con una sonrisa y un dejo de duda.
—Nada malo —respondió él—. Es un honor presentar ante ustedes el motivo de tanto revuelo.
La puerta del salón se abrió, y ante nosotros apareció una exposición distinta a todas las que había visto antes.
—¿Qué es todo esto? —pregunté, sin poder ocultar mi sorpresa.
Ahí estaban… nuestra vida plasmada en cuadros. El salón estaba lleno de ellos, cada uno contando una historia, cada trazo recordando un instante compartido. Y entonces lo entendí: la exposición no era solo de Daniel, ni solo para los demás… era sobre nosotros, sobre mí, sobre lo que habíamos vivido juntos.
El título de la muestra apareció frente a mí, dorado sobre la pared: “Girasoles al Atardecer”.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Cada pincelada, cada color, cada detalle… parecía hablarme directamente. Había recuerdos escondidos en cada cuadro, momentos que solo Daniel y yo conocíamos, inmortalizados de la manera más hermosa posible.
—Es… impresionante —susurré, incapaz de apartar la mirada.
Daniel me tomó de la mano y me guió por la exposición. Cada cuadro parecía contar un capítulo de nuestra historia: desde la inocencia de la infancia, los juegos entre los bosques, hasta las conversaciones que nos unieron y nos hicieron quienes éramos hoy.
—Emily… —dijo Daniel con suavidad, apenas un susurro—. Quería que vieras esto primero. Que supieras que todo esto… todo lo que he hecho, lo hice pensando en lo que significas para mí.
Mi corazón latía tan rápido que sentí que el mundo se había reducido a nosotros dos. La gente a nuestro alrededor parecía desvanecerse, y por un momento, solo existíamos Daniel, los cuadros y yo.
Mi madre se acercó, con los ojos brillantes de emoción:
—Daniel, esto… esto es hermoso. Cada detalle, cada color… se nota el amor que le pusiste.
Mi hermana, con su sonrisa traviesa, agregó:
—Y yo sabía que Emily iba a terminar llorando en algún momento. —Me lanzó un guiño y yo reí, intentando contener las lágrimas.
Mi padre, con una sonrisa orgullosa, me tomó del hombro:
—Nunca había visto algo tan personal en una galería. Daniel, has creado algo único… y Emily, parece que fuiste parte de cada trazo.
Me sentí invadida por una mezcla de orgullo y ternura. Daniel me miró de nuevo, con esa intensidad que siempre lograba dejarme sin palabras.
—Gracias… por estar siempre ahí —dijo, su voz firme pero dulce—. Por creer en mí, incluso cuando todo parecía en contra. Esta exposición… no sería posible sin ti.
No pude evitar que una lágrima escapara. Tomé su mano, apretándola suavemente.
—Daniel… tú eres increíble. Y estoy tan feliz de estar aquí contigo, viendo esto… todo lo que eres, todo lo que sueñas… —mi voz se quebró un poco—. Gracias por dejarme ser parte de tu mundo.
Él sonrió, y en ese instante, supe que ese día, esa exposición, no era solo un logro de Daniel como artista… era un momento que sellaba nuestra historia. Cada cuadro, cada color, cada mirada… nos pertenecía.
Al girar por uno de los salones, descubrí un cuadro que me dejó sin aliento: un atardecer brillante, con girasoles que parecían bailar con la luz. En el centro, una figura que me recordaba a mí, pero a través de los ojos de Daniel, y junto a ella, alguien que representaba su presencia constante.
—“Girasoles al Atardecer” —murmuró él, viendo cómo me detenía frente al cuadro—. Quería que este fuera el último que vieras… porque es el que representa todo lo demás.
No necesitábamos palabras. Solo bastó una mirada, un suspiro compartido, y comprendimos que todo lo que habíamos vivido hasta ese momento había valido la pena.
Y entonces lo vi, entre la multitud, observando los cuadros con atención. Nicholas.