Besos que duelen

CAPÍTULO 17 .- Encuentro y dudas

Mi corazón se detuvo por un instante. No esperaba verlo allí, y menos aún sin que nadie más lo supiera.

Me quedé quieta, sin saber si acercarme o quedarme observando desde lejos. Apenas podía procesar que lo encontraba allí, justo cuando menos lo esperaba.

Y así, entre la gente y los colores de la exposición, la noche tomó un giro inesperado que no había visto venir.

El sonido de mis pasos se mezclaba con el murmullo de la galería. Nicholas había llegado. Lo vi entre la multitud: elegante, sereno… pero había algo distinto en su mirada. Un destello de curiosidad, quizá un atisbo de inquietud.

—Hola —dije, sonriendo para aliviar la tensión que sentía crecer—. Me alegra verte.

—Quería sorprenderte —respondió, acercándose—. Pero… wow, esto es… impresionante.

—Vaya que lo hiciste… ¿pero cómo? —pregunté, aún incrédula.

—Victoria ayudó un poco —explicó—. Me cedió su pase y tomé el primer viaje disponible para llegar.

Sonreí para mis adentros. Era exactamente el tipo de cosa que Victoria haría sin dudarlo.

—Ya que estás aquí, ven —le dije—. Vamos a ver la exposición juntos.

Lo guié entre los cuadros, mostrándole las primeras obras. Cada trazo contaba una historia y, mientras caminábamos, su mano rozaba la mía de forma casual. Aun así, no pude evitar notar que su postura estaba más tensa de lo habitual.

—Emily… esto… es muy personal —dijo, deteniéndose frente a un retrato en el que yo aparecía—. ¿Quién hizo esto?

—Daniel —respondí suavemente, sorprendida por su tono—. Quiso capturar nuestra historia, nuestras memorias.

Nicholas frunció el ceño mientras observaba cada cuadro con detenimiento. Su mirada se volvió más intensa, como si buscara algo oculto entre los trazos y los colores.

—¿Y tú? —preguntó en voz baja—. Es decir… Emily, todo esto es muy íntimo. Hay momentos aquí que parecen solo tuyos y de él.

Sentí cómo el calor subía a mi rostro. No esperaba que me cuestionara de forma tan directa, ni con esa mezcla de curiosidad y desconfianza.

—Nicholas… —empecé, intentando mantener la calma—. Esto es una exposición, una forma de mostrar recuerdos, de contar la historia del artista.

Pero él no apartaba la vista de los cuadros. Sus ojos recorrían cada detalle, como si intentara descifrar algo que yo misma no había notado.

—No lo sé… —dijo finalmente, suspirando—. Es solo que verlos así, tan cercanos, tan conectados… me hace preguntarme cosas.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. La exposición, que había sido un regalo de Daniel, un homenaje a la historia que habíamos compartido, ahora se convertía en un espejo que reflejaba dudas.

—Nicholas, no entiendo tu postura —dije, acercándome un poco—. Esto es solo una exposición. Alguien cercano a mi infancia quiso rendir homenaje al pasado, y aquí estamos.

Él asintió, aunque su expresión seguía siendo pensativa y desconcertada. No dijo nada más y continuamos caminando juntos por la galería, rumbo a ese salón que había intentado olvidar: el espacio dedicado a Daniel y a mí, donde también estaba mi familia. No sabía cómo manejarlo si Nicholas ya empezaba a mostrar dudas.

Avanzamos en silencio hacia el salón principal. Cada paso se sentía más pesado que el anterior, como si algo dentro de mí supiera que, al cruzar esas puertas, nada volvería a sentirse igual.

El espacio se abrió ante nosotros con una luz más cálida, casi íntima. Allí estaban mis padres, mi hermana y Daniel, conversando frente a la obra central. Todos se giraron al mismo tiempo cuando nos vieron entrar.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

Las paredes estaban cubiertas de fragmentos de mi vida: retratos míos en soledad, con miradas perdidas; otros junto a Daniel, riendo, discutiendo, creciendo. Imágenes de mi casa, de tardes interminables, de silencios compartidos y de abrazos que sostenían en los días más difíciles. Había tristeza, sí, pero también felicidad, una felicidad honesta, vulnerable.

En el centro del salón, una pequeña presentación visual avanzaba lentamente. Fotografías, bocetos, palabras escritas a mano. Daniel aparecía explicando brevemente la inspiración de la exposición, y luego imágenes junto a mi familia: cenas, celebraciones, momentos simples que, sin saberlo, habían construido quién soy.

—Emily… —susurró mi madre, llevándose una mano al pecho—. Esto es… precioso.

Mi hermana sonrió con los ojos brillantes, visiblemente emocionada. Incluso mi padre, siempre tan reservado, observaba las obras con una expresión suave, orgullosa.

Daniel se acercó a nosotros, visiblemente sorprendido.

—No sabía que esperabas compañía —dijo, mirando primero a Nicholas y luego a mí.

—Fue una sorpresa —respondí con una leve sonrisa—. Hizo lo posible por estar aquí.

Mis padres intercambiaron una mirada rápida antes de volver su atención hacia Nicholas. La sorpresa inicial dio paso a una emoción sincera.

—Gracias por venir —dijo mi madre con calidez—. Significa mucho para Emily.

—Quería sorprender a Emily —respondió Nicholas—. Cuando algo es importante para ella, también lo es para mí.

Daniel asintió lentamente, observándolo con atención antes de dirigir la mirada a una de las obras cercanas.

—Debes conocerla bien —comentó Nicholas, rompiendo el silencio—. Para captar todo esto… —señaló uno de los cuadros— hay que prestar atención a detalles muy específicos.

—Crecimos juntos —respondió Daniel con serenidad—. Compartimos muchas etapas.

—Se nota —continuó Nicholas—. Aunque también se nota algo más. Cuando alguien se involucra tanto en una obra así… no suele ser solo amistad.

El ambiente se tensó de inmediato.

Antes de que el silencio incómodo pudiera alargarse, mi padre dio un paso al frente. Aplaudió suavemente una vez, como si regresara a todos al presente.

—Bueno —dijo con una sonrisa tranquila—, creo que estamos olvidando lo más importante.

Todos lo miramos.




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