Besos que duelen

CAPITULO 18.- El anuncio

Es muy fácil llamar “amor” a una primera impresión. En la segunda, la duda permanece latente; pero la tercera… la tercera es la definitiva. Es ese amor que florece de manera lenta y serena, como en primavera, avanzando a su propio ritmo.

Eso es lo que deseo para mi vida: algo bello al entregarse, donde cada latido sea compartido y podamos mostrarnos tal cual somos. Para mí, esa es la verdadera belleza del amor.

Ahora mismo me siento como la rosa más roja del jardín: cubierta de ese color carmesí que simboliza entrega y pasión. Sé que hay partes de mí que, al igual que esa flor, pueden herir; es algo que no puedo ignorar. Mi historia es así: tengo pétalos suaves, pero las espinas siguen ahí. No se esconden; solo aprendieron a sobrevivir.

Después de mi encuentro con Nicholas, decidimos caminar un rato para dejar atrás la incomodidad del momento. Hablamos de nosotros, de lo que imaginábamos para el futuro, de lo bien que se sentía tenernos el uno al otro. Me llenó de mimos y palabras dulces… hasta que llegó la hora de separarnos.

Me acompañó de regreso al edificio donde aún se encontraba mi familia. Los Costa habían organizado una reunión para todos.

Eso me sorprendió. Después de todo, siempre se habían opuesto a la galería, más por orgullo que por otra cosa: por no aceptar que el mayor de la familia se negara a ciertos negocios o decidiera no llevar el apellido tan en alto como ellos esperaban.

—Olivia, señor Costa, qué gusto verlos de nuevo —saludé a los padres de mi amigo.

—Hola, linda. Tiempo sin verte —dijo la madre de Daniel, dándome un beso en la mejilla—. Ya toda una universitaria.

—Sí, la verdad ha sido toda una aventura. He aprendido bastante —respondí, sonriendo.

—Emily, no seas modesta —intervino mi madre—. Es de las mejores de su clase, y eso que apenas está comenzando.

—Es bien sabido que tienen una hija brillante —añadió el señor Costa—. La educaron muy bien. De hecho, en una conferencia que impartí tiempo atrás, le ofrecí la posibilidad de entrar a Costas Industries.

—Le agradezco mucho la oportunidad —respondí—. Aún lo estoy considerando.

—Eso no nos lo habías comentado, hija —dijo mi padre, sorprendido.

—Fue parte de un proyecto universitario —expliqué—. Todavía está en proceso, por eso no lo mencioné antes.

—Basta de hablar de universidad —intervino Daniel, con una sonrisa despreocupada—. ¿No estábamos aquí para hablar de mis pinturas?

Su comentario provocó algunas risas y, por un momento, sentí cómo el peso de la noche se aligeraba. Aunque sabía que, bajo esa calma aparente, muchas cosas aguardaban su momento para salir a la superficie.

La risa se fue apagando poco a poco, reemplazada por un murmullo suave que llenó el salón. Daniel levantó las manos de forma teatral, como si quisiera adueñarse del momento.

—Prometo no hablar de técnica ni de inspiración —dijo—. Al menos, no esta noche.

—Menos mal —respondió Lena—, porque algunos ya estamos saturados de arte… y emociones.

Daniel sonrió, pero antes de responder, el señor Costa se aclaró la garganta. No levantó la voz; no le hizo falta. Bastó ese gesto para que varias conversaciones se detuvieran.

—Si nos permiten un momento —dijo, mirando primero a su esposa y luego a mis padres—. Creemos que este es un buen momento para compartir algo importante.

Sentí cómo mi estómago se tensaba.

—No queríamos hacerlo durante la inauguración —añadió mi madre—. Hoy era el día de celebrar el trabajo de Daniel.

—Pero ahora que estamos todos —continuó la madre de Daniel— creemos que es justo decirlo juntos.

Daniel frunció ligeramente el ceño.

—¿Decir qué? —preguntó, entre curioso y desconfiado.

Mi padre cruzó los brazos, adoptando esa postura serena que usaba cuando estaba a punto de decir algo serio.

—Una decisión que hemos estado considerando desde hace tiempo —dijo— y que, después de esta noche, terminó de tomar forma.

Sentí la mano de Lena rozar la mía, como si supiera que iba a necesitar apoyo.

—Emily —dijo la señora Costa, mirándome con suavidad—, esto también te involucra.

Nicholas, que había permanecido en silencio a mi lado, se tensó ligeramente. Lo noté sin necesidad de mirarlo.

—¿A mí? —pregunté, intentando mantener la compostura.

—A ti y a Daniel —respondió mi madre—. Y, de algún modo, a nuestras familias.

Un silencio expectante se apoderó del salón.

—Creemos —continuó el señor Costa— que es momento de unir esfuerzos. De dejar atrás viejas diferencias y pensar en algo que beneficie a todos.

—La exposición de hoy no fue solo una muestra artística —añadió mi padre—. Fue la prueba de que cuando se confía y se trabaja desde lo auténtico, se pueden crear cosas que trascienden.

Daniel respiró hondo.

—Papá… no quiero que esto se convierta en—

—No se trata de control —lo interrumpió suavemente su madre—. Se trata de una oportunidad.

Mi corazón latía con fuerza.

—Hemos decidido —dijo finalmente el señor Costa— hacer un anuncio formal en los próximos días sobre lo que está a punto de concretarse.

—Uno que involucra a Daniel, a Emily… y a un proyecto que va mucho más allá de esta galería.

El murmullo regresó, cargado de preguntas.

Daniel me miró; en su expresión había sorpresa, pero también inquietud.

Yo tragué saliva, consciente de que aquella noche, que había comenzado como una celebración, estaba a punto de marcar el inicio de algo completamente distinto.

—Las finanzas de la familia Stone son buenas —dijo mi padre—, pero los avances en la ciudad nos obligan a dar el salto a la industria. Y, querida hija, al ser la mayor, deposito en ti la confianza de que sabrás llevar un buen trabajo. Sé que te pido mucho…

—Padre… ¿quieres que tome tu lugar? —pregunté—. ¿Eso estás diciendo?

—No. Digo que formarás parte de la sociedad que estamos por crear. Nosotros tenemos los insumos; ellos, las vías para crecer.




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