Besos que duelen

CAPÍTULO 19.- Regreso

CAPÍTULO 19

Despertar abruptamente por una llamada telefónica después de un viaje no es precisamente la bienvenida que uno soñaría.

Llamada entrante: Daniel.

—Si tuviera la capacidad de borrarte de la faz de la Tierra, lo haría.

—También te quiero —respondió—.
Pero su voz dejaba claro que hoy no había espacio para bromas.

—¿Qué pasa, Daniel?

—Quería hablar de lo que nuestros padres planearon a nuestras espaldas.

—No fue del todo a nuestras espaldas… sabíamos que este día llegaría —dije, eligiendo las peores palabras posibles. Culpa del sueño.

—Ay, Em… ¿qué pasó con hacer nuestros propios nombres? ¿Con salir adelante sin ser la sombra de un apellido? Nos están moldeando a su criterio, y no es justo.

—No, no lo es.

—¿Crees que sea un mal hijo por querer huir de todo este mundo lleno de deberes?

—No eres un mal hijo, en ningún sentido de la palabra —respondí con firmeza—. Estás enojado, y tienes derecho a estarlo. Puedes refutar todo lo que quieras, patalear si lo necesitas… pero incluso en medio del enojo hay que tomar una decisión.
O actúas como tú quieres y pierdes la oportunidad de estar con tus padres ahora que te necesitan, o te vas y dejas atrás esta propuesta para salir adelante con tu arte.
Decidas lo que decidas, ellos nunca dejarán de amar a su hijo.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Y tú qué piensas? —preguntó finalmente.

—Pienso que debemos encontrar un punto medio —dije, tomando aire antes de seguir—. No se trata de huir ni de rendirse… se trata de crear algo nuestro, aunque sea dentro de los límites que nos imponen. Podemos hacerlo, Daniel, juntos, sin renunciar a tu arte ni a ellos.

Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Podía escuchar cómo respiraba, pesado y lento, como si estuviera sopesando cada palabra.

—Juntos… —repitió finalmente, y su voz sonó más suave—. Supongo que eso significa que no estoy solo en esto.

—Nunca lo estás —respondí—. No se trata de elegir entre tu arte y tu familia. Se trata de aprender a equilibrarlos. Todo el resto… lo resolveremos paso a paso.

—Bueno… tengo que dejarte, Daniel —dije, tratando de que mi voz sonara ligera a pesar del cansancio—. Las clases no esperan y mis tareas tampoco. Si no me pongo al día, mañana voy a estar peor que tú.

—¿Ya te vas a ir a pelear con tus libros sin mí? —preguntó, y aunque solo escuchaba su voz, pude imaginar la pequeña sonrisa que lo acompañaba.

—Lo siento, pero alguien tiene que mantener los pies en la tierra —respondí, con un guiño que él no podía ver—. Prometo que cuando esto se calme, hablamos con más calma… y sin gritos ni reproches.

—Está bien —dijo, su voz más suave—. Gracias, Em. Por… escucharme.

—Siempre, Daniel.

Colgué el teléfono, sintiendo el peso de la conversación aún en el pecho, pero con una chispa de tranquilidad. Ahora tocaba volver a mis propios compromisos: apuntes que revisar, ensayos que entregar, clases que no podía saltar. El mundo seguía girando, y aunque los problemas familiares eran enormes, la universidad también formaba parte de mi futuro.

Podría vivir en este paisaje por siempre. El camino a la universidad se sentía tan familiar: los árboles, las casas a lo lejos y la ciudad quedando cada vez más atrás. Mi bandeja de mensajes estaba llena de palabras bonitas y buenos días; Nicholas se había mostrado paciente ante la situación. Aunque distante en presencia, recibía sus mensajes, pero ya no había vuelto a llamar. No era raro, pero esperaba al menos uno durante mi regreso.

—Vaya, es la chica de los mil planes —interceptó Cassandra a la entrada del edificio.

—Hola, ¿lista para clases? —le respondí.

—Lo estoy. Dime de ti, ¿cómo te sientes?

—Estoy agotadísima, tanto física como emocionalmente… es una larga historia.

—Sí lo sé, Victoria me contó algo.

—Ni me la menciones; tengo cosas que tratar con ella. Hay un grado de amistad que no debe romperse, y espero que tenga una buena razón que remiende lo que pasó.

—Ella quería ayudar.

—Ese no es el problema, Cass. El problema es que no nos ocultamos nada.

—¿Las cosas con Nicholas están bien? —preguntó, con cierta curiosidad—. Digo, luego de la sorpresa de Daniel…

—¿Cómo sabes tanto?

—Bueno…

—Dime, Cass, ¿qué está pasando?

—Hay una nota en primera plana en el artículo Universitario —dijo Cassandra, mostrándome la página del periódico que sostenía en la mano.- Un posible problema.

Tomé el periódico con cuidado y, al abrirlo, mi mirada se topó con el titular:

“El arte local cobra vida: la exposición de Daniel Costa deja huella”

Mi rostro comenzó a subir de tono. No era solo el titular… era todo lo que venía junto a él.

—El problema no es solo esto —susurré, señalando las fotos y el texto que me mencionaban—. Me incluyen en las imágenes, hablan de mí como si… como si estuviéramos en una relación.

—Vaya… eso sí que es atrevido —dijo Cassandra, arqueando una ceja—. Y claro, te muestran del brazo de Daniel, ¿no?

—Sí… y con mi familia justo detrás de mí —respondí, sintiendo cómo me subía un calor a las mejillas—. No tendrían que haber hecho esto sin siquiera consultarme, sin que supiéramos realmente lo que estaba pasando.

—Emily… ¿y Nicholas? —dijo Cass, con un gesto comprensivo—. ¿Qué va a pensar él de todo esto?

—Eso es lo que más me preocupa —admití, mordiéndome el labio—. Es mi novio, y ahora parece que todo el mundo ya sabe lo que pasó entre Daniel y yo… aunque no sea cierto.

—Entiendo —replicó Cass, tomando mi brazo con cariño—. Es complicado, pero no puedes controlar lo que otros publiquen. Lo único que sí puedes controlar es cómo se lo explicas y cómo actúas frente a él.

—Tienes razón —concedí, respirando hondo—. Supongo que solo necesito acostumbrarme y pensar en cómo manejarlo con Nicholas.

—Hablando del rey de Roma —dijo mi amiga, señalando hacia la lejanía.




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