Besos que duelen

CAPITULO 20.- Cafés y amigas

Cuando entré al salón, Cassandra ya estaba ahí. Ocupaba su lugar de siempre, junto a la ventana, con el cuaderno abierto y el lápiz entre los dedos. Subrayaba con calma, concentrada, como si el mundo pudiera ordenarse en líneas rectas y conceptos jurídicos bien definidos.

No levantó la vista de inmediato. Ese era su estilo. Cassandra nunca interrumpía, nunca invadía. Estaba presente de una forma distinta: firme, silenciosa, atenta.

Siempre me había gustado eso de ella. Sabía escuchar sin apresurarse a opinar, sin convertir los problemas ajenos en espectáculo. Te acompañaba incluso cuando no estaba del todo de acuerdo contigo, y si algo no le parecía justo, podía ser tan terca como precisa.

Alzó la mirada apenas me sentí a su lado.—Llegas temprano —comentó sin levantar la vista—. Eso es sospechoso.

—Milagros universitarios —respondí, dejando mi mochila a su lado.

Ella pasó la página y recién entonces me miró, evaluándome con rapidez, como quien revisa un detalle sin dramatizarlo.

—¿Todo en orden con Nicholas o necesito preparar café extra más tarde?

—Todo en orden —respondí—. Por ahora.

Cassandra sonrió apenas, satisfecha, y volvió a sus apuntes sin insistir.

—Bien —dijo—. Entonces seguimos con el plan original: biblioteca una hora. Café después.

—Me parece justo.

—Siempre lo es cuando yo organizo —añadió, con una media sonrisa.

El salón comenzó a llenarse y el profesor entró poco después. Cassandra tomó notas con atención, ordenada y enfocada. Yo hice lo mismo, siguiendo el ritmo de la clase. Nada fuera de lo común: hojas, bolígrafos, conceptos subrayados y el murmullo habitual de Derecho.

Al terminar, guardamos nuestras cosas sin prisa.

—Listo —dijo—. Hora de cumplir la segunda parte del plan.

Salimos del salón cuando el murmullo habitual de los pasillos comenzaba a disiparse. Cassandra caminaba a mi lado, revisando mentalmente su lista de pendientes, mientras yo intentaba ordenar mis propios pensamientos.

—Cafetería —dijo—. Antes de que el día vuelva a atropellarnos.

Asentí, agradecida por la sencillez del plan.

El lugar estaba medio lleno. El aroma a café recién hecho y el sonido suave de las tazas chocando creaban una calma distinta a la de las aulas. Nos sentamos junto a la ventana, dejando que la luz de la tarde nos alcanzara apenas.

—Entonces —comentó mientras abría su cuaderno—, ¿todo en orden con Nicholas o necesito escuchar la versión larga?

—Todo en orden —respondí—. Por ahora.

Cassandra sonrió con esa media sonrisa suya, la que nunca pedía detalles… pero los esperaba.

Avancé unos segundos en silencio, removiendo el café.

—Cass… hay algo que no te he contado todavía.

Ella no reaccionó de inmediato. Dio otro sorbo y me miró con atención, dándome espacio.

—Te escucho.

Respiré hondo.

—Es posible que las tardes de estudio y biblioteca ya no estén siempre en la lista —dije—. Al menos no como antes.

—Eso suena serio.

—Lo es. Mis padres… y los de Daniel quieren que forme parte de Costas Industries. No como algo temporal. Será trabajo de verdad. Nueva rutina.

Cassandra alzó las cejas.

—Vaya. Eso sí mueve el tablero.

—Y no solo por el tiempo —añadí—. Me preocupa lo que pueda pasar.

Apoyé el codo en la mesa.

—Nicholas piensa que Daniel quiere algo más conmigo. Y… —dudé— no puedo decir que sea una idea completamente sacada de la nada.

Cassandra no habló. Solo escuchó.

—Somos amigos desde la infancia —continué—. Crecimos juntos, compartimos demasiadas cosas. Pero sé que en algún momento él sintió algo más. Tal vez aún lo sienta.

—¿Y tú? —preguntó con suavidad.

—Yo no —respondí sin dudar—. Pero tengo miedo igual.

Jugueteé con la tapa del vaso.

—No quiero perder lo que está creciendo con Nicholas —dije—. Ni tampoco la amistad tan linda que tengo con Daniel. Siento que todo esto puede romperse por suposiciones, por miradas externas… por decisiones que no dependen solo de mí.

Cassandra suspiró despacio.

—Si soy honesta —dijo—, Daniel tampoco ha ayudado mucho a que la gente no dude.

Levanté la vista.

—¿Por la galería?

—Por la galería —asintió—. Dedicarte retratos, exponerte como su musa… eso hace que muchos empiecen a imaginar cosas aunque no existan.

—Nunca lo pensé así —murmuré.

—Lo sé —respondió—. Pero luego está el artículo. Las fotos donde salen tan juntos, el tono…

—Eso fue lo peor —admití—. No tuve control sobre nada de eso.

—Y aun así —añadió Cass—, entiende que para Nicholas no es fácil ver retratos dedicados, una exposición girando en torno a ti y un artículo insinuando algo más.

Asentí lentamente.

—No quiero elegir entre ellos.

—Y no deberías —dijo—. Pero vas a tener que poner límites claros. No para alejar a nadie… sino para cuidarte a ti y a lo que estás construyendo.

La miré.

—¿Crees que esto se complique más?

—Creo —respondió— que se va a mover. Y cuando las cosas se mueven, o se rompen… o encuentran una forma nueva de acomodarse.

Tomó su café y sonrió apenas.

—Eso sí —añadió—, aunque cambien tus tardes, no pienso desaparecer de tu rutina. Costas Industries o no, el café conmigo sigue siendo obligatorio.

El peso en mi pecho cedió un poco.

—Gracias, Cass.

—Para eso estoy —dijo—. Para escucharte… y para decirte cuándo alguien te mira como si fueras su canción favorita… o como si quisiera controlar el volumen.




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