Besos que duelen

CAPÍTULO 21.- Algunos besos

Las clases habían terminado por ese día. Cerré la libreta y guardé los últimos papeles mientras Cassandra revisaba algo en su celular.

—Nos vemos mañana —dijo sin alzar demasiado la vista—. Y no te olvides de avisarme si sobrevives a la tarde.

—Te aviso —respondí, esbozando una sonrisa—. Descansa.

Nos despedimos con un gesto rápido y salí del edificio.

Nicholas me esperaba afuera, como si hubiera calculado la hora exacta.

—¿Vas directo a casa? —preguntó.
—Sí.
—Entonces déjame acompañarte.

Caminamos juntos fuera del campus, dejando atrás el ruido constante de la universidad. El aire de la tarde era más fresco y el cielo comenzaba a teñirse de tonos suaves. Nicholas llevaba la mochila colgada de un solo hombro; yo jugueteaba con las llaves entre los dedos.

Avanzamos unos metros en silencio. No era incómodo, pero tampoco del todo tranquilo. Había cosas flotando entre nosotros que ninguno parecía querer tocar primero.

—Hoy estuviste distante —dijo al fin, sin mirarme—. No molesta… solo lo noté.

—Fue un día largo —admití—. Tenía muchas cosas en la cabeza.

Asintió, como si eso confirmara una sospecha previa.

—A veces siento que no sé en qué momento entro yo en todo eso —añadió, con una sonrisa leve que no llegó a sus ojos—. Hay días en los que parece que ya vienes cargando una historia completa.

Me detuve un segundo, obligándolo a frenar también.

—Nicholas…

—No es un reproche —se apresuró a decir—. Solo quiero saber dónde estoy parado.

Reanudamos el paso. Las luces de la calle comenzaban a encenderse.

—Estás aquí —respondí—. Caminando conmigo ahora.

Eso pareció aliviarlo un poco. Se acercó más, rozando mi brazo con el suyo.

—A veces me da miedo perderte sin que pase nada concreto —confesó—. Como si bastara con que alguien más te conozca mejor que yo.

—Eso no va a pasar —dije, aunque mi voz salió más suave de lo que pretendía.

Nicholas se detuvo frente a mí. No fue abrupto, solo lo suficiente para obligarme a mirarlo.

—Prométeme que, si algo te incomoda… me lo dirás primero a mí.

La petición no sonó exigente. Sonó frágil.

—Te lo prometo.

Sonrió, más tranquilo, y apoyó su frente contra la mía por un instante breve.

—Perfecto.

Seguimos caminando. Su mano encontró la mía y la sostuvo con cuidado. Rumbo a la estación, el silencio nos acompañó sin pesar, como si no necesitáramos llenarlo de palabras.

Por momentos, una parte de mí quería presumirlo ante la gente que nos rodeaba, como si decir es mío en voz alta pudiera fijar ese instante para siempre. En otros, la chica tímida que aún vive en mí deseaba ocultarse; nunca había experimentado un amor como este y todavía estaba aprendiendo a habitarlo.

Seguía procesando cómo decirle a Nicholas sobre los nuevos planes. Estropear ese momento ahora podría abrir una distancia real, una que no se mide en pasos sino en silencios. No quería eso. No todavía.

Así que me permití disfrutarlo: el paisaje, su presencia, mi cabeza apoyada en su hombro. Pensé en lo extraño que era todo; aquellos ojos que antes solo me seguían entre pasillos ahora estaban aquí, tan cerca, mirándome como si el mundo se redujera a este camino compartido. Ojos tranquilos, cálidos… ojos dignos de un atardecer de verano.

Llegamos frente a mi casa cuando la calle ya estaba en silencio. Las luces de algunas ventanas seguían encendidas y el aire olía a noche recién caída. Saqué las llaves del bolso y me giré hacia él.

—Gracias por acompañarme —dije.

—Siempre —respondió.

Nicholas se acercó sin decir nada más. Me besó despacio, como si el tiempo se nos escapara, pero esta vez su mano se apoyó en mi cintura con una firmeza distinta. No me hizo daño. No fue brusco. Solo… seguro. Como si no quisiera que me moviera.

Correspondí el beso.

—Me encantan tus ojos —dijo Nicholas, con una voz dulce.

—A mí los tuyos… ese color que tienes tan lleno de calma.

—Los míos no son especiales, no como tú.

—Si hablamos de cosas especiales, fue tu mirada la que nos trajo hasta aquí y ahora.

—Pensé que era mi carisma y encanto.

—Eso también ayudó.

Sonrió.

—Entonces, nos vemos mañana. Cuídate.

—Nos vemos mañana —murmuré.

Él permaneció inclinado hacia mí.

—Mándame mensaje en cuanto puedas —dijo—. Para saber que estás bien.
—Sí.

Abrí la puerta y entré a casa. Solo cuando la cerré detrás de mí sentí que podía soltar el aire.

Apoyé la espalda contra la puerta por un segundo. El beso había sido bonito. Cálido. Familiar. Y aun así, algo no terminaba de acomodarse dentro de mí.

Dejé las llaves sobre la mesa y avancé hacia mi habitación. La casa estaba en silencio, envuelta en una calma que contrastaba con el día que aún resonaba en mi cabeza.

El teléfono vibró.

Mensaje entrante de Nicholas:
Cuídate.

Una pequeña sonrisa apareció en mis labios. Dejé el teléfono boca abajo sobre la cama y me senté un momento, respirando hondo.

Me recosté, mirando el techo.

No todos los besos se quedan.
Algunos pesan.
Y algunos…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.