Besos que duelen

CAPITULO 22.- Complicidad

Mis sueños suelen ser tan imaginativos que a veces me asustan. Podría crear fácilmente películas románticas y tontas… como el de hace un rato.
Había tres prados donde crecían flores distintas, cada uno con un aroma característico.

El primero era cálido y vivaz, un lugar donde la luz del sol brillaba tan intensa como radiante. Allí me sentía segura, envuelta en la promesa de un futuro que se extendía más allá de la puesta del sol.

El segundo se sentía como el fuego, pero suave al mismo tiempo. Aun así, provocaba un dolor en el pecho, tan punzante como las espinas de las rosas.

El último era un lugar tranquilo, de aguas cristalinas y brotes de los tulipanes más hermosos que había visto jamás.

Otro más de esos sueños… ¿Destino?

El suave sonido de unos golpes en la puerta me devuelve a la realidad. Mi abuela ya estaba ahí, tocando con suma tranquilidad. Seguramente dormí más de la cuenta. Le aviso que voy enseguida para que no se desespere.

—Perdón, abuela, acabo de despertar —le digo.

Ella entra, besa mi mejilla y sonríe. Si el amor tuviera una forma, sin duda sería el cariño de mi abuela.

—No pasa nada, mi niña. Solo quería saber cómo estabas. Hace mucho que no tenemos una plática como las que solíamos tener.

Mientras habla, me ayuda a acomodar la cama. Siempre ha pensado que al despertar debes poner tus cosas en orden, o tu día no será tan funcional.

—Ay, abuela… estoy viviendo el momento que toda chica sueña. Tengo una relación reciente y estoy llena de emociones. Han pasado algunas circunstancias, pero nada grave. Sé que tengo a mi lado a un gran chico.

Veo cómo sus ojos se iluminan con cada palabra. Ella me escucha desde que tengo uso de razón.

La plática continúa por un largo rato, hasta que el hambre nos lleva directo al comedor. Allí están los demás integrantes de esta pequeña familia. Apenas entro a la cocina, puedo oler los postres que prepara mi hermana. Mis padres, por otro lado, están rodeados de documentos. Nunca los había visto así, tan llenos de vibras de oficina; lo normal es verlos con botas llenas de lodo. Este día es distinto. Parece el comienzo de una nueva vida.

—Hasta que llegas, Emily —dice mi padre—. Necesitamos que ordenes estos documentos.

Me señalan la silla más cercana.

—Primero, buenos días, familia —respondo.

Mi abuela suelta una risita y mi hermana me acerca un rol de canela recién horneado.

—Gracias, sis.

—Perdón, Emily —dice mi madre—, estamos muy atareados con unos informes y la documentación para la expansión.

—Díganme… ¿en verdad es tan necesario asociarnos con los Costa? Pensé que podría haber alguna mediación.

—Sí, lo es —responde mi padre con firmeza, cortante por el estrés del papeleo.

—Debemos hacerlo lo antes posible —añade mi madre—. Somos pocos con negocios grandes, y la expansión de empresas globales nos está afectando demasiado. Es la solución más confiable, casi al cien por ciento.

Escucharla hablar así me llena de orgullo. Ella tiene su carrera, pero al tenernos a nosotras dejó todo de lado. Este es su terreno.

—Lo entiendo. Pondré todo de mi parte.

Por ahora, esta es una batalla perdida. No cambiarán de opinión hasta ver resultados de todos… incluyéndome.

Salgo de casa lo más rápido que puedo y tomo el transporte hacia la ciudad. El camino me tranquiliza. Quiero ver a Nicholas; le mandé un mensaje para encontrarnos en el parque principal. Es un lugar hermoso, con su propio invernadero y jardines llenos de flores distintas.

Justo como en mi sueño.

—¿Sabes? Estar aquí contigo es de las cosas que más me gustan —dijo Nicholas—. Recuerdo la primera vez que te vi. Fue antes de las clases, incluso antes del primer día. Estabas en una tienda de antigüedades; llevabas un vestido rosa y una chamarra de mezclilla. Te veías tan linda que mis ojos no dejaron de buscarte. Mi mente intentaba adivinar tu nombre sin haberlo escuchado aún. Después supe, por una de mis compañeras, que eras amiga suya… y desde entonces todo ha marchado de maravilla.-Estábamos tendidos sobre el pasto, tomados de la mano. Fue entonces cuando sentí eso que llaman amor. El corazón me latía con tanta fuerza que mis mejillas sonrieron solas.—¿No vas a decir nada? —preguntó, tras haber guardado silencio demasiado tiempo.

Emily sonrió antes de responder.

—Te había notado… desde la distancia. Esos ojos tan peculiares tuyos no dejaban mi mente. Aunque descubrirte no fue tan sorpresivo como Victoria lo hacía ver; de alguna manera, sabíamos que seríamos nosotros.

Tomé su mano con más fuerza. Él se acercó a mí lenta y tiernamente. Sus labios rozaron mi mejilla, buscando con delicadeza los míos. Poco a poco el calor nos envolvió. Fue un beso suave, pero firme, como si temiera que pudiera irme en cualquier momento. Ese beso despertó en mí sensaciones que jamás había experimentado.

Seguimos ahí, tumbados, sin sentir nada más que nuestra presencia. Todo lo demás dejó de existir.

—Me gustaría visitarte con más regularidad… ¿te agrada la idea?

—Claro. Eso no está en discusión.

Se incorporó primero y me ayudó a levantarme.

—Deberíamos volver —dijo—. No quiero que se nos haga tarde.

Caminamos uno al lado del otro. Sin notarlo, él marcaba el paso y yo lo seguía. No me incomodó; se sentía natural.

—Victoria ha estado preguntando mucho por ti —comentó de pronto—. ¿No le has mandado algún mensaje? ¿O se pusieron en contacto?

—No —respondí—. No he hablado con ella.

Asintió despacio.

—No me gusta que se meta donde no le corresponde —continuó, con un tono tranquilo—. A veces la gente confunde interés con derecho a saber.

Sonrió, como si fuera una idea compartida.

—Además —añadió—, creo que hay cosas que se sienten mejor cuando se quedan entre dos. Lo nuestro no necesita demasiadas voces alrededor.

Me miró de reojo.

—Dejemos nuestras intimidades solo para nosotros —dijo con suavidad—. No hace falta que le cuentes a Victoria ni a Cassandra. Así es más real, ¿no?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.