Besos que duelen

CAPITULO 23.- Sin rumbo

—Señorita Stone.

La voz de la profesora Brown me sacó del trance en el que estaba sumergida.

—Esa soy yo —me levanté de la silla y caminé hasta su oficina.

—Claro, adelante.

Su oficina es tan pulcra que parece una sala de quirófano. De no ser por la cantidad de plantas que adornan el lugar, juraría que estoy a punto de recibir una inyección antes de entrar a cirugía.

—Vengo con la documentación necesaria para validar las prácticas laborales en Costas Industries —le entrego los papeles que me dieron en la secretaría del señor Costa.

—Veamos… —revisa cada hoja con detenimiento—. Aquí hay una situación. Sabe a qué me refiero, ¿cierto?

Sus ojos me atrapan. Sabía que no debía acceder, pero el tiempo lo tengo encima.

—Sí, estoy consciente de eso…

—Por esta ocasión se aprueba la solicitud, ya que usted es la alumna solicitada por la empresa. Las calificaciones deberán ser excelentes. No habrá segundas oportunidades. Esta experiencia se anexará tanto a su currículum académico como profesional. Espero, señorita Stone, que aproveche la oportunidad que tiene en sus manos. Muchos de los solicitantes no cuentan con el apellido que usted tiene.

Trago saliva.

—Por otro lado —continúa—, el próximo ciclo sus clases se ajustarán a su trabajo, omitiendo aquellas que se asemejen a la labor que desempeñe. Las administrativas básicas quedarán aprobadas por ahora.

La profesora es directa. No se anda con rodeos.

—¿Qué pasaría si en algún momento decido abandonar el proyecto? —me atrevo a preguntar.

—Las clases omitidas durante el proyecto se retrasarán y deberá tomarlas hasta aprobarlas. No se graduaría con su generación —responde mientras registra mi información en el sistema.

—Entiendo… ¿Cuánto tiempo la administración me permitirá permanecer en el proyecto?

Hace una pausa.

—Eso dependerá de su desempeño y de los informes que envíen sus jefes directos. Usualmente es durante la carrera, pero puede variar. No se preocupe.

No se preocupe. Fácil decirlo.

La reunión con la profesora Brown fue inquietante. Me preocupa que mi estatus se vea afectado por aprovechar la posición de mi familia en la universidad. Lo pendiente del día es enviar por correo la documentación a la empresa antes de iniciar el proyecto y reorganizar mis horarios. Según mi padre, deberé estar presente en juntas y decisiones que involucren el patrimonio familiar, tanto como proveedores y, en cierto punto, como clientes.

Demasiado para alguien que aún intenta graduarse.

Camino hacia la cafetería por un snack y me topo con Nicholas. Está sentado en una mesa, rodeado de una infinidad de libros médicos.

—Tan estudioso como siempre —lo saludo, intentando sonar ligera.

—Solo lo necesario —me hace un gesto para que me siente a su lado.

—¿Muchos pendientes? —acomodo mis cosas.

—Sí. Creo que estos días se posponen nuestras citas. Tengo examen —dice sin apartar la vista del libro.

—Lo entiendo… De hecho, hay algo que quiero comentarte.

—Te escucho, solo tenme paciencia —señala el cuaderno que sostiene.

Respiro hondo.

—Verás… me inscribí en el programa de iniciativa laboral que promueve la universidad. Empiezo en unos días.

Mi corazón se acelera con cada palabra.

—Eso es genial. No estés nerviosa. Si necesitas mi ayuda, no dudes en pedírmela.

—Gracias. Hay algo más… La empresa donde haré las prácticas es Costas Industries.

—¿Cómo? —deja los libros a un lado y ahora sí me presta atención.

—Sí. De hecho, fue el señor Costa quien me ofreció la oportunidad.

—Más bien fue por Daniel que aceptaste el proyecto, ¿no?

La acusación me golpea.

—No, claro que no. Mi familia también forma parte de la sociedad. Es normal que pueda aplicar a esa opción.

—Pudiste declinar.

—Es más que eso. Solo te pido que me escuches y me entiendas.

—Claro, no lo entiendo porque no soy de tu clase.

—¿De mi clase?

—Sabes a qué me refiero.

—No, no lo sé. Te estoy compartiendo una noticia importante y lo primero que dices es que lo hice por alguien a quien conozco desde siempre.

El enojo me quema el pecho.

—Mi familia está en crisis y requieren mi ayuda. Esto implica que ponga más de lo que tengo.

Mis manos se entrelazan. Duelo. Ansiedad. Miedo.

—Sabes que son tus decisiones. Tengo miedo de que Daniel se interponga entre nosotros.

—Nadie se está interponiendo —siento la lágrima amenazando con salir. Soy más fuerte que mis sentimientos. Trágatelos, Emily—. No entiendo por qué reaccionas así.

—Me tengo que ir. Hay mucho por hacer hoy.

—Espera, no te vayas. Tenemos que aclarar la situación.

—¿Qué quieres aclarar? Ya tomaste una decisión sin siquiera consultarme.

—No es solo mi decisión. Y sobre nosotros… no veo qué es lo que realmente nos está afectando.

—Basta, Emily. No puedo con esto. Si eres tan amable, déjame solo… o déjame irme. No quiero ponerme agresivo contigo.

Sus palabras me paralizan. No lo miro a los ojos. Su expresión está vacía, distante. Algo se ha roto.

—Nicholas… —mi voz sale débil, casi inaudible.

Él guarda los libros con rapidez, evitando mirarme. Cada movimiento suyo es una puerta cerrándose.

—No es el proyecto… es todo lo que viene con él —dice sin emoción, sin calidez. Y esa frase me golpea más que cualquier reproche.

Yo... yo no quería que fuera así. Nunca pensé que elegiría esto por encima de nosotros.

—No quiero competir con Daniel ni con tu apellido —añade, y esas palabras me hacen tambalear.

¿Competir? ¿En serio? Nunca vi esto como una competencia. Nunca imaginé que él pensara que soy capaz de dejarlo por algo tan… superficial.

—No se trata de eso… —susurro, pero ni yo sé a qué me refiero.

Él da un paso atrás, luego otro, como si estuviera dejando todo atrás, y yo me quedo allí, estática.

—Necesito espacio, Emily.




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