Besos que duelen

CAPITULO 25.- Te Amo

La tarde llegó pronto. No tardé en dirigirme a la cafetería. Sabía que Nicholas estaría estudiando, como siempre. Pensé que podríamos compartir algún snack mientras nos poníamos al día.

Lo encontré solo, sentado en las bancas del fondo. Tan quieto. Tan sereno.

Decidí sorprenderlo.

Me acerqué por detrás, cubrí sus ojos con las manos y le di un beso cálido, sincero.

—Me sorprendiste, hermosa.

—Esa era la idea.

Se giró y me tomó de la muñeca antes de que pudiera apartarme. No fuerte… pero sí lo suficiente para que no me soltara de inmediato.

—Te extrañé más temprano. No sabía si era correcto hablarte.

Fruncí el ceño.

—No pasa nada. Me la pasé en Recursos Humanos, es todo un proceso lo de vincular la escuela con la empresa. —Tomé su mano, buscando suavizar el momento—. Pienso hablar con mi padre para que me explique mejor.

—Últimamente siempre estás ocupada —dijo con una sonrisa ligera—. Apenas y tengo espacio en tu agenda.

Lo dijo en broma… pero no del todo.

—No es eso —respondí rápido—. Solo estoy organizándome.

Su expresión se suavizó, o al menos eso quise creer.

—Bien… porque creo que podemos hacer algo para mejorar la tarde.

Esa mirada juguetona que tanto conocía volvió a aparecer. La misma que me hacía olvidar cualquier incomodidad.

—¿Ah, sí? ¿Qué cosa?

No respondió. Me besó.

Sus labios eran familiares, cálidos, dulces. Un beso tierno… intenso. Su mano se deslizó sobre mi muslo descubierto por la falda que había elegido esa mañana. Mi corazón se aceleró, tanto como mi cuerpo se lo permitió.

Cuando intenté separarme apenas unos centímetros para respirar, su mano se quedó ahí, firme.

—No te alejes —susurró contra mis labios.

—No lo haré.

El beso empezó suave, casi tímido, pero pronto el calor fue creciendo, envolviéndonos despacio, como si el mundo se hubiera reducido a la distancia mínima entre nuestros cuerpos. Sus manos en mi cintura. Las mías perdiéndose en su cuello. Todo parecía sencillo ahí, sin palabras.

Hasta que habló.

—Te Amo, Emily.

El tiempo se quebró.

Me separé apenas unos centímetros, lo suficiente para mirarlo. Sus ojos no dudaban. Los míos sí. Sentí las palabras atorarse en mi garganta, como un nudo imposible de deshacer. Una sonrisa nerviosa escapó de mis labios, traicionándome.

Él frunció levemente el ceño.

—¿No vas a responder?

Quise hacerlo. De verdad quise. Porque lo apreciaba. Porque me hacía sentir segura. Porque cuando estaba con él, el ruido del mundo se volvía soportable. Pero “te amo” no era solo una frase. Era una promesa silenciosa. Era una certeza. Y yo aún estaba aprendiendo a no tener miedo.

Bajé la mirada un segundo, buscando valor en el suelo.

—No es que no me importes… —murmuré, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho—. Es que no quiero decir algo que todavía estoy tratando de entender.

Volví a mirarlo. Había algo vulnerable en sus ojos ahora.

—Lo que siento por ti es real. Me haces bien… me haces feliz. Solo… —tragué saliva— necesito estar segura de que cuando lo diga, sea porque lo siento completo.

El silencio se instaló entre nosotros, pero no era frío. Era expectante.

—No quiero que te alejes —añadí en voz baja, esta vez con firmeza.

Porque aunque aún no pudiera decir “te amo”… sabía que tampoco quería perderlo.

Él aparta la mirada un segundo. Traga saliva.

—Ah… —una pequeña risa nerviosa se le escapa— supongo que fui más rápido de lo que debía.

Se pasa la mano por el cabello, intentando recomponerse.

—No voy a mentirte, sí duele un poco. Porque cuando lo dije… lo dije en serio.

La vuelve a mirar, esta vez más suave.

—Pero tampoco quiero que lo digas por compromiso. Solo… no me dejes solo en esto, ¿sí?

El ruido de la cafetería parece alejarse.

Lo miro. Está nervioso, aunque intenta no demostrarlo.

—No estás solo —digo, esta vez sin apartar la vista.

—Entonces podemos ir a tu ritmo… pero no me cierres la puerta.

Estoy a punto de responder cuando se oyen voces desde la entrada de la cafetería.

—¡Nicholas! ¡Vamos, necesitamos repasar anatomía, que el examen no se va a aprobar solo!

Su grupo de amigos aparece, cargando libros y cuadernos, con una energía que llena el lugar.

—Ey, Emily —dice uno con una sonrisa pícara—, ¿te unes o solo vienes a distraerlo?

Nicholas se endereza, un poco incómodo.

—Chicos… estamos un momento…

—Un momento es lo que duras leyendo los apuntes de anatomía, amigo —bromea otro—. ¡Vamos!

Me muerdo el labio, intentando no reír. Nicholas suspira, resignado, mientras recoge sus cosas.

—Supongo que la pausa terminó —murmura, y sus dedos rozan los míos un instante antes de que se levante.

El grupo se adelanta, charlando y riendo, dejando atrás la tensión de nuestra conversación. Pero sé que lo que quedó entre nosotros no se borra tan fácilmente.

De pronto me doy cuenta: no hablamos del asunto con la empresa. Si lo dejamos para después, podrían surgir problemas.

Miro a Nicholas entre sus amigos. Su sonrisa distraída me calma… pero también me recuerda que no podemos dejar esto pendiente por mucho tiempo.

Suspiré y decido esperar el momento adecuado para hablarlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.