Besos que duelen

CAPITULO 26.- Vamos

Ya pasaron semanas desde la declaración de Nicholas. Las cosas han seguido su rumbo, aunque se siente el cambio en la relación. Muchas veces solo hay un enorme silencio entre nosotros; otras, simplemente estamos fluyendo como toda pareja.

Mi día empieza antes del amanecer. Entre apuntes de derecho, correos y documentos, siento que el tiempo me devora. La oficina me espera: Daniel revisa cada expediente conmigo, atento a cada palabra que digo. Su presencia es amable, profesional… pero demasiado cercana. Cada sonrisa, cada comentario que hace sobre mi trabajo, hace que Nicholas se hunda un poco en mi mente. Me incomoda la idea de que pueda sentirse inseguro.

—Emily, necesitamos cerrar este contrato antes de la reunión de esta tarde —me dice Daniel, señalando papeles que se amontonan sobre mi escritorio.

Asiento mientras intento concentrarme, pero mi mente divaga: Nicholas estará estudiando medicina, probablemente pensando en mí… o quizá no. El señor Costa y mi padre se comunican directamente sobre la empresa, así que mi propio padre rara vez aparece. Esa distancia me obliga a organizar todo, mientras cargo con responsabilidades que a veces ni siquiera parecen mías.

Entre reuniones, llamadas y correcciones, busco un momento para respirar y enviarle un mensaje a Nicholas. Uno solo: “¿Cómo va tu día?” Pero el tiempo no da tregua, y lo dejo sin enviar. Mi corazón late rápido al pensar en cómo reaccionará si supiera que Daniel pasó demasiado tiempo a mi lado.

Al salir de la oficina, corro a la universidad. Clases, apuntes, tareas… Cada minuto es un recordatorio de que debo rendir en todo. Luego, Cassandra y Victoria esperan que haga tiempo para ellas. Solo unos minutos robados entre risas y charlas superficiales, pero son mi válvula de escape.

Finalmente, Nicholas. Lo encuentro en la biblioteca, rodeado de libros de medicina y sus compañeros. Nos sentamos juntos, intentando concentrarnos en nuestros apuntes. Sus manos rozan las mías accidentalmente y siento un alivio instantáneo… pero también un nudo en el estómago. Daniel y mi día agitado aún laten entre nosotros, haciendo que cada contacto sea intenso y frágil a la vez.

—Emily… —susurra Nicholas, con esa mezcla de cariño y algo de vulnerabilidad—, gracias por encontrar un momento para mí.

No digo nada al principio. Solo aprieto su mano un instante y niego suavemente con la cabeza.

—No me digas eso… —murmuro—. No hay que amargar el lindo rato que tenemos juntos.

Él me mira fijo unos segundos, como si quisiera decir algo más, pero al final sonríe.

—Claro. Tienes razón.

Se inclina y me besa en la mejilla, despacio, dejándolo ahí un segundo más de lo normal.

—Dime, ¿cómo va el asunto con los chicos y los ratos de estudio? ¿Hay algo nuevo que contar? —pregunto, apoyando el mentón en su hombro.

Nicholas resopla divertido.

—Nada nuevo. Seguimos atrapados en anatomía. Huesos, músculos… y café en cantidades industriales.

Cierra el libro con suavidad.

—Pero hagamos una pausa. Mi bella novia está aquí y eso mejora cualquier sistema del cuerpo humano.

Río bajo mientras me rodea con los brazos y me acerca a él. Su abrazo es firme, protector. Me acomodo contra su pecho como si ese fuera el único lugar donde el tiempo no corre.

—Tendré que desaparecer más seguido si así recibo el doble de mimos —bromeo.

Nicholas se aparta apenas para mirarme, entre divertido y serio.

—Ni se te ocurra. Me volvería loco.

—¿Ah, sí?

—Completamente. —Su pulgar acaricia distraídamente mi cintura—. No soy tan paciente como aparento.

Sonrío, sintiendo ese cosquilleo que siempre me provoca cuando baja la voz.

—Bueno… si así fuera, serías el loco más guapo sin chistar.

Él suelta una risa baja y apoya su frente contra la mía.

—No juegues con eso, Emily. Porque por ti… podría perder la cordura un poco.

—Hablando de perder la cordura un poco… —murmuro, intentando sonar casual aunque el corazón me late más rápido de lo normal—. ¿Te gustaría ir a mi casa?

La pregunta queda suspendida entre nosotros.

No me había animado antes. Pero esta vez será diferente. Mi casa estará sola por horas. Mis padres asistirán a una de esas reuniones de sociedad que duran eternidades, y como estoy “demasiado ocupada”, decidieron que me quedara. Por primera vez, el caos juega a mi favor.

Los ojos de Nicholas se abren apenas.

—¿A tu casa? —repite, como si necesitara confirmar que escuchó bien.

Asiento, tratando de no delatar mis nervios.

—Sí… estará tranquila. Más cómoda que la biblioteca.

Una sonrisa lenta se dibuja en su rostro.

—Qué sorpresa… —dice, acercándose un poco más—. Es un sí definitivo.

Su entusiasmo es casi palpable y eso me hace reír.

—Qué alivio. Pensé que no podrías por las clases.

—Para ti, estoy listo desde ahorita —responde sin dudar.

La forma en que lo dice me recorre la piel.

—Perfecto. Entonces vámonos. Si nos apuramos podríamos alcanzar el último camión que va para mi casa.

Nicholas empieza a guardar sus cosas con rapidez.

—Espera, déjame pasar por algo para tus padres. Alguna cortesía.

Niego con una sonrisa.

—No te preocupes por ellos. Cenan fuera esta noche.

Se detiene un segundo.

—¿Así que estaremos solos?

La pregunta no es inocente. Tampoco lo es mi silencio.

—Sí.

Sus labios se curvan apenas, conteniendo algo que no dice.

—Entonces vamos —responde finalmente, tomando su mochila—. Hay una película que me moría por ver contigo.

Me ofrece la mano y la tomo.




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