El bullicio de la gente chocaba contra mi, como olas. El aeropuerto siempre estaba así, un hormiguero de personas que tropezaban sin pedir disculpas. En mis viajes de negocios anteriores, el silencio de los jets privados era mi único acompañante, pero ahora me encontraba aquí, mezclada con la multitud.
—Oohh, ... vaya la apariencia aqui si importa –murmuré para mis adentros— cada paso que daba siempre veía una publicidad de cirugía estética, o un mural grande de personas modelando.
Pero yo no pasaba desapercibida; mis trajes hechos a medida y mi porte me delataron. Sentía los ojos de los extraños sobre mi, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, atrapada en los eventos de hace dos semanas.
Caminando hasta la salida del lugar, tome un taxi para llagar al hotel reservado, un recorrido largo para poder llegar.
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Dos semanas antes
— Que se le quede claro!!... la familia Yamaguchi-gumi, no perdona a traidores del clan— la hoja de la katana tocó el cuello de los traidores dejando caer la cabeza y el resto del cuerpo.
Señalando a uno de los miembros del clan para que viniera hacia mi extiendo mi katana así el —Límpiela que no quede ninguna gota de sangre— mi voz salió como un latigazo, cortando el murmullo de los hombres presentes.
Se inclinaron ante mi presencia, el acto que hice fue un murmuro para todos, no me daba el lujo de hacer demostración hacia los traidores, no me gustaba dar ese tipo de acto y si lo hacía era por obligación.
— ¡UNA TRAICIÓN SE PAGA CON SANGRE!— mi gritó retumbó los oído de los demás — ¡Que se le quede claro a todos ustedes, y retirense!
El sol iluminaba el lugar, se visualizaban los cuerpos derramada su propia sangre, se podía ver mi propio reflejo —¡era así de tenso!
— Disculpe, me señora, su Padre la solicita.
Ante escuchar aquellas palabras me dirigí dentro del templo cada paso que daba sobre la madera crujía como un recordatorio del peso que cargaba en el pecho. Mis ojos aún ardían, no por el llanto —que me prohibía– sino por la imagen de mi hermano cayendo ante mi propia espada.
Cada pisada que sembraba era semblante de rabia y tristeza que se reflejaba en mi rostro o era decepción; Uno era porque yo lo recomende.. y así me pago de esta manera, si yo lo saque de la misma basura y el otro era de nuestra familia Mi Hermano menor él vendió información.
La sangre que une, también puede ser la que mata.
Golpeé la puerta dos veces. Mi mano temblaba apenas un milímetro.
— Yo ... no me siento bien — un suspiro tan grande y un vacío por dentro, tocastes dos veces para tener presencia.
— Adelante — la voz de mi padre resonó, pesada y absoluta, llenando el espacio como un eco de autoridad.
Un eco de aquella voz que resonaba en la habitación, cada paso que me dirigía a él era una lágrima que derramaba.
Me acerqué a él con rabia y tristeza luchaba por salir, pero una lágrima traicionera logró escapar antes de que pudiera hablar.
— La Traición duele más cuando viene de la propia sangre, Padre– mi voz, salió más rota de lo que deseaba.
— ¿Cómo permitiste que fuera yo quien lo hiciera?..., ¿Como pudiste obligarme a matar a mi propio hermano? ¡A tu hijo!.
Me miró con una frialdad que me caló los huesos. Sin previo aviso, el impacto de su mano contra mi mejilla rompió el silencio de la habitación. El ardor fue instantáneo, pero no aparté la mirada. Mis ojos se clavaron en los suyos, desafiantes.
— Así es este negocio, hija — dijo él, su voz ahora extrañamente suave mientras se acercaba a rodearme con sus brazos—. Si no matas, te matan.
Me alejé de su contacto, asqueada por la caricia que siguió al golpe. Sus manos intentaron buscar mi rostro de nuevo, como si pretendiera borrar el dolor que él mismo acababa de causar.
— Aún tienes mucho que aprender— continuó él, regresando a su asiento con una calma exasperante —Es por tu bien. Yo jamás te lastimaría sin una lección de por medio.
Me obligué a recuperar la postura. Tres pasos me separaron de su escritorio. Respiré hondo, tragándome el nudo en la garganta
—Me has llamado porque solicitabas mi presencia, Padre. Aquí estoy. Habla.
Él no se inmutó por mi tono cortante.
—Te irás de Japón. Tu presencia aquí no es conveniente por ahora.
—¡¿Irme?! —lo interrumpí, el corazón me dio un vuelco—. ¿A dónde? ¿Por qué ahora?
—Escucha bien —me cortó él, levantando una mano—. El clan Yamazaki ha sufrido una baja. El hermano menor ha reclamado lo que es suyo por derecho de sangre. Shingen está muerto... murió protegiendo a su hijo.
El aire se escapó de mis pulmones.
— Gun... —susurré, y el nombre pesó más que el de mi propio hermano muerto —Padre, tengo que verlo, el...
—¡NO! —su grito hizo vibrar las paredes—. Sabes cuáles son las reglas. Si el clan Yamazaki sospecha que Gun está bajo nuestro amparo, será la guerra. Debemos mantenernos al margen, y tú debes estar lejos para no cometer una estupidez.
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El taxi se detuvo frente a un edificio imponente que parecía tocar el cielo nocturno.
Pagué sin mirar al conductor y bajé, dejando que el aire frío de la ciudad golpeara mi rostro. Al entrar, el eco de mis tacones sobre el mármol atrajo miradas inmediatas.
—¿Ya viste sus ojos? Son hermosos –susurró una mujer a mi paso.
—Son raros —respondió su acompañante con una mueca de desdén.
No me inmute. En el mundo de la Yakuza, ser mujer ya era una invitación al desprecio; ser una mujer con mando era una declaración de guerra.
Sus murmullos no eran nada comparados con los gritos de los hombres que había doblegado.
Subí al elevador en silencio. Al entrar a mi suite, la amplitud del lugar me resultó abrumadora. Era un espacio diseñado para alguien importante, pero se sentía como una jaula de cristal.
Caminé hacia el ventanal y deslicé mi mano por mi mejilla; la piel aún se sentía sensible, recordar el impacto de la mano de mi padre.