Un animal que camina en cuatro patas: come, respira y ataca para sobrevivir. Para mí, esa es la representación perfecta de los seres humanos.
Las personas dan miedo. Estafan, engañan, violan y matan... ¿acaso dicen que lo hacen para sobrevivir? ¿Acaso eso era lo que yo era?
Viví esa crudeza en mi primer negocio. El hombre con el que negociaba quería algo más que un acuerdo firmado. Todavía puedo sentir el rastro de sus manos en mi cuerpo y recordar su rostro perverso, esa sonrisa que se extendía de oreja a oreja. Tenía tanto miedo que juraría que él podía escuchar mi corazón bombeando contra mis costillas. Yo siempre intentaba hacer todo bien... por mi padre, por el clan. Pero todo cambió ese día. Fue la primera vez que asesiné.”
— Acaso no te dijeron, así es esto… las mujeres solo sirven para eso – el hombre seguía subiendo su mano a mi muslo — Tu padre tuvo el error de ponerte a ti –una cercanía al decirlo en mi oreja.
— S-señor aléjese o tendrá problemas –quería llorar en ese momento tenía impotencia quería gritar pero no podía — A-ALÉJESE, SOY HIJA DE SHINOBU TSUKASA –Es lo único que grite, una de sus manos en mi cuello y la otra en mi muslo ya no podía más.
Entre en un trance veía todo en cámara lenta los forcejeos y al ser derivada al suelo, todo mi cuerpo… como podía …ser que mi cuerpo esté en ese estado un estado que ni yo podía ni pensar, acaso todo el entrenamiento no vasto para que no sucediera ésto, tan débil soy, luego, todo volvió a moverse pero no podía procesar lo que estaba sucediendo, solo podía sentir la adrenalina corriendo por mis venas, la velocidad y la sorpresa me habían dejando sin aliento, solo podía esperar a que todo se calmara.. que yo me calmará.
Me pare del cuerpo ya sin vida, mi cuerpo y mi ropa brotada un rojo que parecía no tener fin. La escena era de violencia y crudeza tanta sangre parecía tener vida propia, extendiéndose por el suelo una mancha que no podía ser contenida más las sangre salpicada, la hoja brillante de la daga estaba manchada de rojo vivo solo la daga era el testigo de la tragedia tan brutal un recordatorio de lo que había sucedido.
Deje aquel lugar pero sin antes dejar un mensaje para todos aquellos, para que sepan que las cosas cambiaron y cambiarán.
—Mataste a Taro Yamada —la voz de mi padre era un filo de acero—. ¿Sabes lo que nos espera? ¿Sabes lo que te espera a ti por este impulso? El Clan…
—Lo que me esperaba era una violación segura —lo interrumpí, clavando mi mirada en la suya—. Pero no me dejé, Padre.
Mi cuerpo se sentía vacío. No podía sentir mi propio peso, estaba hueca, quebrada por la traición implícita de mi progenitor al enviarme a ese lugar. Pero ya no había marcha atrás.
—No te preocupes —continué, y mi tono bajó a una nota grave, casi amenazante—. Todo va a cambiar. Yo misma me encargaré de arreglar este desastre. Y si fallo... el seppuku me espera.
Mi padre me sostuvo la mirada, sus ojos autoritarios buscaban un rastro de duda en mí, pero solo encontraron una matriz de amenaza.
—¿Qué pretendes hacer, Kaiza?
—A partir de hoy, la Familia Yamaguchi-gumi se dará a respetar. Nadie volverá a ponernos una mano encima.
Le di la espalda sin esperar su permiso. Al mirar mis manos, la sangre seca parecía un abismo de sentencia, una mancha que me arrastraba hacia una muerte inevitable. Pero antes de caer, me llevaría a otros conmigo. La Familia Inagawa-kai iba a desaparecer.
Y así fue. Desaparecieron bajo una violencia tan brutal que el mundo criminal no podía creer que los actos fueran obra de una sola mujer. Una mujer que había nacido de la sangre y el asco.
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—Entonces, linda, ¿te gusta el corte? –El chico que me atendía me miraba a través del espejo con una sonrisa radiante.
—Está bien —respondí, observando mi reflejo—. Pero quiero algo más. Quiero un tinte... un cobrizo intenso.
—¿Cobrizo? —El estilista ladeó la cabeza, analizándome desde todos los ángulos posibles con muecas exageradas—. Pero si ya eres hermosa así, pelinegra. Con ese nuevo color vas a robarte todas las miradas, vas a ser un peligro.
—Hizo un puchero juguetón al ver que mi decisión no flaqueaba—. Está bien, tú ganas.
La clienta sexy siempre tiene la razón.
Se acercó un poco más de lo necesario, sus ojos apuntando a mis labios con un coqueteo inofensivo que en otro tiempo me habría hecho sonreír. Ahora, solo sentía una distancia infinita.
Un rato después, caminaba por las calles de Seúl con mi nueva imagen. El viento agitaba mi cabello cobrizo y, a cada paso, sentía las miradas de los transeúntes.Era inevitable; los susurros me seguían como una sombra.
Al recorrer la ciudad, me di cuenta de que no era tan distinta a Japón. Había calles descuidadas, callejones que olían a humedad y una obsesión por la apariencia que se palpaba en el aire. Cada pocos metros, alguien intentaba darme una tarjeta de presentación de "nuevos talentos". El ruido urbano, el choque de las conversaciones ajenas y los aromas de los puestos de comida callejera golpeaban mis sentidos.
“Tanto olor a comida me ha despertado el apetito. Un yakimeshi me vendría bien”, pensé.
Me detuve frente a un restaurante que destacaba entre la modernidad de los edificios. Era una fachada de piedra con vigas de madera vieja, un lugar que respiraba historia. Al entrar, el ambiente cambió por completo. Una mujer mayor, vestida con un kimono negro de flores sutiles, me guio hacia mi mesa. El interior estaba adornado con reliquias: lanzas y armas antiguas que recordaban a mi propia residencia en Japón. Un lugar digno de una dinastía olvidada.
“Este sitio no es normal”, advertí de inmediato. “Todos visten de traje y las únicas mujeres aquí son las ancianas que sirven”.
—Muchas gracias. Un yakimeshi, por favor —le dije a la mujer.
Ella no respondió. Se limitó a inclinar la cabeza con una reverencia solemne y se retiró en silencio. En ese instante, supe que había entrado en territorio de hombres. Y por los susurros que empezaron a crecer a mis espaldas, supe que ellos también sabían quién acababa de entrar.