Los días siguientes fueron una extraña nebulosa para mí. Como prometí, el restaurante ahora era mío, pero aún no decidía qué hacer con aquel trozo de madera y piedra empapado de recuerdos violentos.
Cada vez que cerraba los ojos, sentía el peso de la katana y el calor de la sangre. Mi mente me castigaba, repitiendo el eco de los golpes que di y los que recibí. Caminar hacia el restaurante hoy se sentía como caminar hacia un campo de batalla todavía humeante.
Al llegar a la cuadra, me detuve. Una multitud rodeaba el lugar como perros hambrientos. Al verme pasar, los hombres de traje negro se apartaron con una reverencia que mezclaba el respeto con un terror absoluto.
“Algunos tuvieron suerte”, pensé al ver a varios con moretones y vendajes. Me detuve frente a uno que tenía el brazo enyesado; se inclinó tanto que casi toca el suelo con la frente, como si viera a su propio verdugo.
Empujé las puertas del restaurante. El bullicio se cortó en seco. Pero esta vez, no eran los matones quienes me interesaban. Había una presencia en el centro del salón que lo absorbía todo.
Narra Kaiza
Mis ojos se clavaron en él. Estaba sentado con la calma de un rey, sosteniendo un puro entre los dedos. Su mirada era intensa, imponente; no pude evitar sentir una chispa de intriga. Cuando levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos, el aire pareció volverse más pesado.
Me senté frente a él sin pedir permiso. Me tomé un segundo para observar el entorno: estábamos rodeados de sus hombres, pero para mí, solo existíamos nosotros dos.
—Tú debes ser la mujer que destrozó a mis hombres —dijo él. Su voz era suave, casi musical, pero cargada de una autoridad peligrosa.
Analicé cada uno de sus movimientos. La forma en que sostenía el puro, la elegancia de sus manos, esa mirada persuasiva que parecía querer leerme el alma. “Por Dios, ya sé cuál es mi tipo de hombre”, pensé con una sonrisa irónica, sacudiendo la cabeza para recuperar el juicio.
—¿Cómo puede una mujer pelear contra tantos y salir ilesa? —preguntó, recorriendo mi cuerpo con la vista como si buscara una grieta en mi armadura.
—¿Ilesa? —levanté mis muñecas, frotándolas con fingido cansancio—. Lo único que me duele son las manos de tanto golpear.
Él soltó una calada de humo, observando cómo se disolvía en el aire.
—Dicen que eres del Clan Yamaguchi. ¿Es verdad?
—¿Para qué quieres saberlo? —respondí con frialdad.
—Quiero negociar. El Clan Yamaguchi tiene negocios diversos; podrías ser una gran socia para mí aquí en Seúl.
Solté una carcajada seca que resonó en el silencio del local.
—¿Socio tú? El Clan Yamaguchi no tiene socios, tiene peones. Si damos una orden, los demás la acatan, sin importar su posición.
Mis palabras dejaron un vacío gélido en el lugar. Pero él no se inmutó. Al contrario, sonrió.
—Entonces, si eres del Clan, seré tu peón —replicó con una seguridad que me descolocó—. Pero necesitas a alguien fijo para que tus "hermanos" pasen mercancía sin tener que pagarle a simples perros callejeros.
Me tensé. Mi mano buscó instintivamente el borde de la mesa.
—¿Hermanos? ¿Pasar mercancía? Me investigaste.
—Por supuesto que lo hice. Sé que tu familia es poderosa, y gracias a tu "acto" de ayer, ahora sé que tú eres la clave. Quiero ayudarte en tu estadía en Corea.
No podía creer su audacia. Lo decía con una naturalidad pasmosa. Podría matarlo ahora mismo, podría hacerlo desaparecer... pero si lo pensaba con frialdad, tomar el control de este país me llevaría años sin un aliado que conociera el terreno.
—Solo te diré una cosa —añadió él, inclinándose hacia mí—. Tengo a la política y a la policía en mi bolsillo. Solo para que lo sepas..
Esa frase fue música para mis oídos. Alcé las manos en señal de rendición momentánea.
—¡Vaya! ¡Deberías haber empezado por ahí! Pero... necesitaremos términos claros. La confianza se construye con reglas.
—Entonces, nuestra conexión será como la de una familia —dijo él, y su voz bajó de tono—. Tú me proteges, yo te protejo. Estamos juntos en esto.
Familia. Esa palabra me golpeó como un disparo. Para mí, la lealtad lo era todo, pero también era lo que más me había dolido.
—Si vamos a ser "familia", la lealtad es primordial —sentencié—. Bienvenido a mi círculo.
—Bienvenida al mío, mi yeo-dongsaeng. Hablemos de negocios.
—¿Yeo-dongsaeng? —repetí confundida.
—Significa "hermana menor". Tú puedes decirme Oppa o Hyeong.
Me llevé una mano a la cabeza, mareada por los términos.
—¡Sabes coreano y no sabes qué significa! —exclamó él con una mezcla de sorpresa y frustración, arqueando las cejas—. ¡Tu cara es un poema!
—¡No aprendí costumbres hogareñas! —me defendí—. Aprendí el idioma para cerrar tratos, pero nunca había hecho negocios en Corea. Tú eres el primero.
—Ya veo... —sonrió él, recuperando la compostura—. Entonces, hermana menor, hablemos de cómo vamos a quemar esta ciudad.
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He estado en situaciones que me obligaron a cuestionar mi propia moralidad, momentos donde el mundo me forjó a golpes hasta convertirme en lo que soy hoy.
Dejé la empatía a un lado hace mucho tiempo. Aprendí a no razonar con el enemigo, a no sentir miedo. Ya no me importaba si el hombre frente a mí era más fuerte, más alto o mejor luchador; yo aprendí a manejar el miedo de los demás y a sepultar sus secretos oscuros.
Pero, ¿cómo se confía? ¿Cómo pueden las personas entregar esa emoción de forma tan repentina? El Señor Kwon era un enigma; su mirada no reflejaba emoción alguna, y cuando un hombre oculta así sus cartas, puede significar cualquier cosa. Sin embargo, cumplió su palabra. Me dejó a cargo de una de sus empresas y me presentó ante toda su familia como su mano derecha. Ahora, yo daba las órdenes.
“Nuestra conexión será como la de una familia. Tú me proteges, yo te protejo”.