El eco del "accidente" llegó pronto a los oídos del Sr. Kwon Chae-Woo. Los informes detallaban la destrucción total del lugar y la sombra de quien había orquestado el caos.
—¡James Lee! —pronunció el Sr. Kwon, su voz era un susurro tenue pero cargado de veneno—. No podemos confiar en él.
—Lo sé, señor. Lo hemos investigado, pero no hay nada concreto —respondí, deslizando los expedientes sobre la caoba de su escritorio —. Pero hay algo relevante: está creando equipos. Nos reclutó pensando que yo estoy a cargo de todo; no sospecha de mi verdadera posición.
—Pero estamos a cargo —replicó él, observándome—. Así que no somos los únicos moviendo fichas.
—Él apenas está empezando. Nosotros... nosotros ya terminamos.
El Sr. Kwon alzó una ceja, impresionado.
—¿Tan rápida y ágil eres? ¿Quiénes son?
Caminé hacia la pantalla de la oficina. Con un par de toques, las fichas de los líderes aparecieron, iluminando la habitación con sus rostros y cargos. Le expliqué cómo los había reclutado uno a uno, aprovechando que sus empresas estaban al borde de la bancarrota. Eran mis peones ahora, y ni siquiera lo sabían.
—¿Quién está en el Norte? —preguntó el Sr. Kwon.
—En el Norte tenemos a Lee Jeungmin, CEO de Ilhaak Capital y propietario de Gudo, una organización en el distrito de Jongno.
En el Sur, el CEO de HHS Entertainment, Han Haeseung, manejando la industria desde Gangnam. En el Este, Ryo Taeh Yung, jefe de Georangchui y dueño de Georang Resort, quien controla Yongsan. Y en el Oeste, Chang Yoohwa, jefa de la tríada chino-coreana en Guro y directora del comercio legal en Corea.
El Sr. Kwon se giró hacia mí con una mirada intensa, de esas que parecen leer cada rincón de la mente.
—Yeo-dongsaeng —dijo, usando ese término de "hermana menor" que en sus labios sonaba como una alianza de sangre—, nosotros estamos en el centro. El negocio es totalmente legal.
Lo miré fijamente. Sabía a qué se refería, pero mi ambición iba más allá de mantener una fachada limpia.
—Aunque todos esos líderes sean reconocidos como personas buenas o exitosas ante la sociedad, en realidad no lo son. Son peones —sentencié con frialdad—. Nosotros no estamos aquí para conformarnos con el bajo mundo, Sr. Kwon. Queremos todo Corea, tal como yo tengo Japón.
Kwon asintió, como si hubiera estado esperando que yo dijera exactamente eso. Sus ojos brillaron con una ambición compartida.
—Exacto —continuó él—. Si uno de ellos cae, nosotros somos intocables. Pero hay un problema: James Lee es solo un subordinado. Alguien más está moviendo sus hilos desde atrás.
—¿Una infiltrada para armar equipos igual a los de James? Está bien —murmuró el Sr. Kwon, como si pudiera leer mi mente antes de que yo hablara.
—No va a durar —sentencié, pensando en la estrategia del pelirrojo—. James está reclutando menores de edad. Cree que son más fáciles de manipular y moldear, pero para él solo serán piezas desechables.
No se puede construir un imperio duradero sobre cimientos que se rompen bajo presión.
El Sr. Kwon me miró fijamente y, por primera vez, vi una pequeña sonrisa en su rostro, una muestra de orgullo genuino. Se puso en pie, caminó hacia mí y me entregó unos papeles. Mi voz se volvió pesada al leer el encabezado…
—¿Señor... me inscribió en una escuela?
—Y no en cualquiera. Es una institución privada de alto valor. Ahí asiste mi hijo. No sería bueno para nosotros que una chica de tu edad sea vista solo en casinos y hoteles; levantaría sospechas. Estarás con él, tienen la misma edad.
Me quedé helada. Lidiar con el "loco pelirrojo" de James Lee ya era suficiente, ¿pero una escuela? Yo nunca había pisado un aula. Mis maestros habían sido armas y manuales de estrategia.
—Disculpe, pero... yo nunca he ido a una escuela. No sé cómo…
—No te preocupes —me interrumpió, su tono suavizándose de una forma que no
esperaba—. Lo hago para que recuperes un poco de humanidad. Soy un monstruo, lo sé, pero te veo como a mi propia sangre... y yo soy bueno con mi familia.
Esas palabras resonaron en mi cabeza como un disparo. "Bueno con su familia". Él no era un monstruo como Shinobu; o al menos, no uno que devorara a sus propios hijos.
Narra Kaiza.
—“Elite Private Middle and High School”.
Leí el nombre en los papeles.
Me pregunté cómo sería el hijo del Sr. Kwon. ¿Sería un reflejo exacto de la frialdad de su padre?
Al salir de la oficina, me topé con la mirada del hombre que mis hermanos habían enviado desde Japón. Era un sujeto calculador, un "perro" fiel diseñado para ejecutar órdenes sin cuestionar.
—Señora, el casino principal la necesita —dijo con esa voz gélida que ya me era familiar.
Al entrar al casino, las reverencias me recibieron como una marea. Caminé con la mirada al frente, ignorando el brillo de las apuestas y los susurros de los clientes de alto nivel que se apartaban a mi paso.
A veces, yo misma me sorprendía: ¿cómo era posible que, siendo la menor de los Tsukasa, hubiera alcanzado este nivel de poder?
Crucé el umbral de mi oficina privada. El escritorio estaba sepultado en documentos que debía firmar antes de que la "escuela" consumiera mi tiempo. De pronto, el teléfono resonó en la habitación. El hombre de confianza me extendió el aparato.
—¿Quién es? —pregunté sin apartar la vista de los papeles.
—Un número desconocido, señora.
Tomé el celular. Al otro lado, una voz masculina y extrañamente animada rompió el silencio.
—¡Hola, Kaiza! Perdón por llamar así, pero mi padre me pidió que me comunicara contigo
—hubo una breve duda en su voz, pero continuó hablando con entusiasmo
—. Me dijo que entrarás a mi misma escuela y, además, estaremos en el mismo salón. Ordenó que nos fuéramos juntos mañana, así que... por eso llamo. Por cierto, me llamo Kwon Go Yohan.