Narra Kaiza
Terminé de ajustar el cuello del uniforme. La seda se sentía extraña contra mi piel, acostumbrada a telas más resistentes o al peso oculto de un arma. Bajé por el ascensor privado del edificio, con la mochila que Go Yohan había preparado al hombro. Al salir a la acera, el sedán negro blindado del Sr. Kwon ya estaba esperando con el motor encendido, un depredador de metal bajo el sol de la mañana.
Un guardaespaldas abrió la puerta trasera. Entré y el aire acondicionado me recibió con una frialdad profesional.
—Buenos días —dije con voz neutra.
El Sr. Kwon estaba sentado a mi izquierda, sumergido en una tableta digital, revisando los flujos de capital de los casinos. Ni siquiera levantó la vista, pero asintió levemente. Sin embargo, en el asiento delantero, alguien se giró con una energía que desentonaba totalmente con el ambiente del coche.
—¡Vaya, sí que te queda bien el uniforme, Nuna! —exclamó Go Yohan.
Era la primera vez que lo veía en persona. Tenía una sonrisa brillante y un aire de confianza que no parecía forzado, sino natural. Su cabello estaba perfectamente peinado y sus ojos chispeaban con una curiosidad que me resultó invasiva.
—No me llames así —respondí, sentándome con la espalda recta y la mirada fija al frente—. Soy la socia de tu padre, no tu hermana mayor.
Go Yohan soltó una carcajada ligera, sin sentirse intimidado por mi tono gélido.
—Papá me dijo que eras difícil, pero esto es otro nivel —se encogió de hombros, volviéndose hacia el frente mientras el coche se ponía en marcha—. Pero no te preocupes, en la escuela yo seré tu guía. Ahí fuera, los apellidos no importan tanto como quién tienes a tu lado.
—A mi lado solo está mi sombra, Yohan —sentencié.
El Sr. Kwon finalmente dejó la tableta a un lado y me miró de reojo.
—Kaiza —su voz era profunda y autoritaria—. Hoy eres una estudiante. Observa, analiza y mézclate. En este lugar, la información es más valiosa que el dinero. Mira lo que otros ignoran.
—Entendido —dije, aunque por dentro sabía que una Tsukasa nunca pasa desapercibida.
Me crucé de brazos, sintiendo el roce de la chaqueta del uniforme. "Quiero que esto termine", pensé. Quería que terminara el teatro de la normalidad, las risas fingidas y la paz artificial. Quería que el tablero se volcara de una vez para ver quiénes seguían en pie cuando el mundo dejara de ser "ordinario".
—Llegamos, Nonna —la voz de Go Yohan interrumpió mis pensamientos.
El coche se detuvo frente a la entrada principal, un despliegue de arquitectura moderna que gritaba privilegio. Bajamos bajo la mirada atenta de decenas de estudiantes. Yohan, fiel a su estilo, no perdió tiempo.
———
Go Yohan no perdió ni un segundo. Apenas el profesor nos dio un momento de respiro, él se giró hacia el resto de la clase con esa sonrisa de suficiencia que lo caracterizaba. Para todos en esta escuela, Yohan era el hijo de un exitoso magnate de casinos y resorts de lujo; nadie sospechaba que las manos de su padre, el Sr. Kwon, estaban manchadas de la misma sombra que las mías.
—¡Escuchen todos! —exclamó Yohan, rodeando mi cintura, ignorando mi mirada gélida—. Ella es mi Nuna, Kaiza. Viene de una de las familias más influyentes de Japón. Así que les sugiero que sean amables si.
El murmullo en el salón fue instantáneo. Las chicas de las familias adineradas me miraban con una mezcla de envidia y curiosidad, mientras que los chicos me miraban con intensidad, Yohan. Él disfrutaba del espectáculo; le encantaba presumir que tenía a su lado a una linda chica que todos miraban.
—Yohan, quita tu mano —susurré, tan bajo que solo él pudo oírme.
—Tranquila, Nuna, solo estoy marcando territorio por ti —me guiñó un ojo, volviendo a su tono alegre—. No querrás que cualquier idiota piense que puede acercarse a hablarte de tonterías, ¿verdad?
Vamos, Nuna —dijo Yohan jalando mi mano a otro lugar —. Te enseñaré el lugar. Aquí la comida es mejor que en muchos restaurantes de Gangnam.
Mientras recorríamos los pasillos de la escuela, Yohan me contaba cosas y me jalaba; yo no ponía resistencia, aunque ni yo misma sabía por qué no lo golpeaba. Tras enseñarme el lugar, nos dirigimos a la cafetería.
Me senté en un sitio mientras él iba a comprar. Miré a mi alrededor: demasiados alumnos, algunos sonreían y otros se escondían; el ambiente era raro. Entonces, el tono y la vibración de mi celular llamaron mi atención, así que contesté.
—Una disculpa por las molestias, solo le recuerdo su reunión con James Lee —dijo una voz con un tono sólido pero breve.
—Pasa por mí de inmediato, ya me aburrí —respondí, hablando en japonés.
—Suena muy bonito cuando hablas tu lengua; no entendí nada de lo que decías, pero sonó lindo —comentó Yohan.
Había llegado con dos bandejas de comida; se sentó y puso la mía frente a mí.
—Lo lamento, pero tengo una reunión que atender —le dije.
Él se rio. Tenía la boca llena de comida y, aun así, se podía visualizar su confusión.
—Aún no terminan las clases, falta una hora. No puedes irte solo así —expresó con una sonrisa en el rostro, una breve y no tan exagerada.
Lo miré por un par de segundos. Esto me está hartando. Estaba enojada; esto es lo que significa "ser normal". Yo solo sé negociar, crear planes y escuchar los negocios políticos de mis hermanos para evaluar si están bien o no. Esto me confunde demasiado.
—Me voy —dije.
Mis ojos se volvieron aún más pesados, cargados de una frialdad que Yohan detectó de inmediato. Su expresión cambió por completo; tuvo miedo.
Aquí observamos a una Kaiza que intenta mezclarse con personas de su edad, un panorama que le resulta ajeno y extraño. Para ella, la normalidad es un concepto lejano; ser diferente no es una elección, sino su naturaleza. Es un contraste fascinante ver cómo se relaciona con jóvenes que viven realidades triviales, mientras ella carga con una mentalidad forjada.