El sonido del despertador no fue lo que me sacó del sueño, sino la vibración persistente de mi teléfono.
Eran llamadas de Yohan y, tras ellas, una ráfaga de mensajes de texto diciendo que era tarde. El insomnio, ese viejo amigo que me visitaba cada noche, siempre me pasaba la factura al amanecer.
El celular dejó de sonar justo cuando escuché un ruido fuerte afuera de mi habitación. Me levanté rápido para abrir, todavía confundida por el sueño.
Era Yohan. Tenía una expresión de pura desesperación y, sin esperar invitación, entró como si fuera su propia casa.
—¡Nuna, es tardísimo! ¿Dónde está tu uniforme? —me gritó mientras me jalaba del brazo hacia el baño.
Yo no pude expresar ni una sola palabra. Tenía la mente en blanco, procesando apenas la situación. Me encontré de pie frente al espejo, con el uniforme en las manos y Yohan empujándome para que me diera prisa. ¿Por qué dejaba que hiciera lo que hacía?
Media hora después, ya estábamos en los pasillos de la escuela. Yo caminaba con mi habitual ignorando a todos, ignorando las miradas, mientras Yohan saludaba a todos los que pasaba entre el.
Tal parece que yohan era popular entre las chicas.
De pronto, un ruido en el pasillo se hizo evidente. Un grupo de chicos rodeaba a alguien. El chico en el centro parecía vacío, no expresaba tristeza, pero tampoco resistencia.
Cuando nos acercamos, él hizo contacto visual con Yohan por un segundo.
—Otra vez lo están molestando —murmuró Yohan, con el rostro ensombrecido mientras miraba al chico de las gafas.
Yo solo observaba. Me preguntaba por qué no se defendía. Si lo están golpeando, ¿por qué aceptaba el dolor como si fuera un trámite? Vi cómo Yohan intervenía, apartando a los acosadores con esa autoridad natural que tenía. Los chicos se dispersaron al ver que era el hijo del Sr. Kwon, pero yo no sentí alivio. Sentí asco.
—Ahora sí, Nuna, vamos —dijo Yohan, dándose la vuelta.
—¿Por qué interveniste? —le solté.
No me había gustado aquello. Salvarlo, ¿para qué? Mañana volverían a golpearlo y él volvería a esperar a que alguien lo rescatara.
Miré a Yohan y después al chico, que seguía estático en el suelo. Vi su libro tirado, lo levanté con lentitud, sintiendo la humedad en mis dedos, y me acerqué a él. El chico me miró a través de sus cristales empañados.
Le entregué el libro, pero antes de soltarlo, me incliné hacia su oído para susurrarle con una voz que solo él pudiera sentir:
—Te daré un consejo: te golpean porque se lo permites. Pero entender que no puedes defenderte tú solo... eso es lo realmente humillante.
Me puse en pie y seguí caminando sin mirar atrás.
———
Ya estaba en el aula, era el descanso, yohan se fue molesto. Esta repasando lo sucedido de nuestra pelea.
—¿Qué fue eso, Kaiza? —su voz ya no era la de un amigo sumiso; estaba genuinamente molesto—. El tipo estaba en el suelo, lo estaban humillando, ¿y tú vas y le dices eso? ¿Acaso no tienes un poco de empatía?
—La empatía es un lujo que los débiles usan para sentirse mejor consigo mismos —respondí, girándome para encararlo—. Tu intervención no lo ayudó, Yohan. Solo le enseñaste que siempre habrá alguien más fuerte que vendrá a lamer sus heridas.
Yohan negó con la cabeza, soltándome mi muñeca con un gesto de decepción que no esperaba ver en él.
—A veces olvido que eres fría, parase que no tuvieron empatía contigo.
Se dio la vuelta y se fue, dejándome sola.Por primera vez desde que llegué a Corea, sentí un vacío extraño en el pecho. No era arrepentimiento, era algo más molesto: la realización de que Yohan estaba empezando me está afectando.
Un estruendo sacudió el aula alegando mis pensamientos. Una silla voló por el aire, estrellándose contra la pared justo al lado de la cabeza de ese Eugene.
— por ese chico, tuve una discusión con yohan.— un susurro que yo sola pude escuchar.
—Se acabó el tiempo, cuatro ojos —la voz de Park goteaba veneno. Estaba de pie en la entrada con sus dos amigos, bloqueando la salida—. Tu guardaespaldas se fue molesto, ¿no? Parece que hasta el buenito de Yohan se cansó de proteger a basura como tú... y a fenómenos como ella.
Los tres chicos se giraron hacia mí. Ya no había rastro del miedo que sintieron antes; ahora que Yohan no estaba, sus rostros mostraban una malicia pura.
—Tú —dijo Park, acercándose a mi escritorio y golpeándolo con el puño—. Te crees muy valiente perra, ¿verdad?
Se rió, una carcajada seca que contagió a los otros.
— Vamos a ver perra japonés cuanto aguantas.
Park me agarró del cabello con fuerza, obligándome a levantar la cabeza. Eugene, desde su sitio, apretó los dientes, pero no se movió. Estaba paralizado, viendo cómo el grupo que lo atormentaba a él ahora se desquitaba con la única persona que le había hablado con algo parecido a la verdad.
—¿No vas a decir nada ahora? —me escupió Park en la cara—. ¿Dónde está esa frialdad? ¡Pide perdón! ¡Arrodíllate y pide perdón por ser una intrusa!
Sentí el tirón en mi cuero cabelludo, un dolor agudo que, en lugar de asustarme, encendió algo gélido en mi sangre. Lentamente, levanté la mano y rodeé la muñeca de Park.
—Te daré un último consejo —dije, y mi voz sonó tan calmada que el salón pareció congelarse—. Nunca confundas mi paciencia con debilidad. Yohan no me estaba protegiendo de ustedes... los estaba protegiendo a ustedes de mí.
Antes de que pudiera reaccionar, presioné un punto nervioso en su antebrazo. Park soltó un alarido y me soltó el cabello. No le di tiempo de recuperarse; me puse de pie y, con un movimiento fluido y seco, le propiné un golpe de palma en el mentón que lo mandó directo al suelo, haciendo que se mordiera la lengua.
Sus dos amigos se lanzaron contra mí. Eran torpes, predecibles. Esquivé el primer puñetazo inclinando el cuerpo y usé su propio impulso para estrellar su cara contra el borde de un escritorio. El sonido de la madera chocando con el hueso.