Betrayals || Lookism

CAPÍTULO 11

Esa sensación al sentir el cuerpo temblar con la mente apagada, sin sentimientos, sin emoción; todo eso para levantarte. Creo que eso sentí esa primera vez que maté. Yo… no no maté a nadie, yo me defendí. Pero ¿por qué me siento así? Estoy escuchando por primera vez mi corazón latir con una esquizofrenia.

​— Qué desperdicio —susurré, aunque mi voz tembló—. Qué maldito desperdicio de sentimientos.

Me encontraba acariciando la cabellera de Yohan; era tan lisa, tan fresca. Cada vez que mis dedos pasan por su cabello, este se desliza con facilidad. Se siente tan bien que te acaricien así... un acto así debe sentirse bien. Yo no pude experimentar algo como lo que estoy haciendo ahora ante él.

​Cerré mis ojos para continuar, pero al abrirlos, lo vi.

​— Tu educación comienza el día de hoy, así que esfuérzate.

​La voz resonó dentro del templo. Estaba sola; era un eco. Miraba la luz filtrarse por la puerta y las ventanas. No era mi padre, sino un subordinado del clan. ¿Cómo podía hablarme de esa forma?

​Volvió a entrar, esta vez cargando algunas cosas.

​— La educación siempre está en todas las personas, pero no todas poseen inteligencia. La inteligencia es la elegancia de todo; es el poder absoluto.

​Observaba cómo acomodaba todo. Mis manos, llenas de heridas por el entrenamiento de ayer, ni siquiera podía moverlas.

​— Toma asiento.

​Me senté sin dejar de mirarlo. No se veía diferente a los demás, pero sus ojos parecían caídos, cargados quizá con una profundidad de tristeza.

​— Dígame, ¿lo torturaron como a mí? —pregunté, mostrando mis heridas. Mi voz sonaba hostil.

​Él me miró con sorpresa; se notaba que lo habían arrastrado a este lugar a la fuerza.

​— Tal vez la inteligencia es poder, y la fuerza brutal es solo para personas sin modales. No se preocupe, no le daré problemas.

​El hombre se detuvo en seco. Sus manos, que hasta hace un segundo movían los objetos con una precisión gélida, temblaron apenas lo suficiente para que yo lo notara.

Dejó un tintero de piedra sobre la mesa y, por primera vez, me miró no como a una alumna o a la hija del líder, sino como a un reflejo en un espejo roto.

​— A mí no me torturaron el cuerpo, pequeña Shinobu —dijo, y su voz ya no sonaba hostil, sino vacía, como una cueva profunda—. A mí me obligaron a elegir: era yo o mi familia. El precio fue ver cómo los eliminaban a todos. Desde que llegué a este lugar, odio a cada persona que lo habita.

​Se sentó frente a mí, cruzando las piernas con una elegancia que ocultaba una rigidez dolorosa. No dije nada sobre el odio que sentía por ese sitio, porque yo también lo odiaba. Sus ojos caídos se clavaron en los míos.

​— La fuerza bruta deja cicatrices que el tiempo cierra, pero el alma sigue estando rota. Eres una niña aún, pero... una persona normal te vería con lástima, igual que a mí.

​Hizo una pausa, señalando mis manos heridas con un gesto sutil.

​— Una persona normal nos tendría lástima por nuestra apariencia, por nuestro dolor.

​El hombre abrió un libro de caligrafía antigua y lo deslizó hacia mí.

​— Empieza a escribir.

— Yo igual.

— ¿Tú igual qué?

— Odio a todas las personas de este lugar.

​El hombre abrió los ojos de par en par. Una sonrisa visible se formó en su rostro.

​— Nos enseñaron a odiarlo.

​Esta vez su sonrisa fue amplia; se veía feliz al encontrar a alguien con su mismo odio. Por un breve segundo, rompió la distancia reglamentaria y colocó su mano sobre mi cabeza, revolviendo mi cabello. Fue un acto inesperado. Un acto humano.

​Tal vez fue ese día, en aquel templo, pero no supe qué era esa sensación que provocó ese hombre; aquel acto de calidez, simplemente no supe apreciarlo en su momento.

​Ahora, se siente tan cálido. Mi rostro arde.

Abrí mis ojos ​Yohan se había despertado. No me miraba con odio. Sus ojos estaban fijos en los míos, cargados de una melancolía profunda, y su mano se había alzado para cubrir la mía, atrapándola contra su frente.

​— Nuna... —su voz fue apenas un susurro, pero llena de una vitalidad que me quemaba—. Tus manos están frías.

​Me quedé paralizada. Su mano acariciaba mi rostro mientras yo aún tocaba su cabello.

¿Desde hace cuánto se había despertado?

​— Lo siento —fue lo único que logré decir.

​Yohan me miraba con esos ojos, en silencio. Por un minuto pensé que tal vez me gritaría, que me reclamaría por lo sucedido en el almacén…

​Pero me empujó. En un movimiento rápido, ahora me encontraba debajo de él, atrapada contra el colchón.

​— Yohan... —susurré su nombre, con los ojos de par en par por la sorpresa de su reacción.

​— Nuna… esta es mi venganza.

​Su voz sonó suave pero profunda. Se acercó tanto que sentía su respiración caliente contra la piel de mi cuello. Entonces, me mordió.

​— Yohan, ah... eso duele —protesté. ¿Cómo es que le permitía esta cercanía? ¿Cómo es que no lo apartaba de un golpe?

​Seguía en esa posición, pero la energía cambió. Ahora sentía todo su peso; sus brazos me rodeaban y su cabeza quedó posada sobre mi pecho. Estaba acostado, tranquilo, encima de mí, como si el mundo exterior no existiera.

​— Quítate, estás encima de mí, idiota —me sacudí levemente para intentar quitarlo, pero era una mentira. Podía moverlo, pero a la vez, una parte de mí no quería hacerlo.

​Él se acomodó más, soltando un suspiro contra mi ropa.

​— Ya estamos a mano —murmuró con cansancio—. Iba a vomitar encima de ti, así que decidí morderte mejor.

En ese preciso instante, el sonido de la puerta al abrirse cortó el aire.

​El Sr. Kwon estaba allí, observando la escena con una ceja levantada y una sonrisa cargada de ironía.

Detrás de él, Kuro permanecía en la penumbra; su rigidez era absoluta y sus ojos estaban fijos en el brazo de Yohan

rodeándome. Su mandíbula se tensó tanto que parecía que iba a romperse; los celos eran evidentes en su mirada gélida.



#514 en Fanfic

En el texto hay: apariencias, lookism

Editado: 09.02.2026

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