“No existe crimen que no hubiera cometido, y por todo ello me alababan, y mis coetáneos me consideraban... un persona relativamente moral”
Se muy bien lo que está bien y lo que no, pero es día.. ese día… mi corazón latió con gran frenesí.
Viví esa crudeza en mi primer negocio. El hombre con el que negociaba quería algo más que un acuerdo firmado. Todavía puedo sentir el rastro de sus manos en mi cuerpo y recordar su rostro perverso, esa sonrisa que se extendía de oreja a oreja. Tenía tanto miedo que juraría que él podía escuchar mi corazón bombeando contra mis costillas. Yo siempre intentaba hacer todo bien... por mi padre, por el clan. Pero todo cambió ese día. Fue la primera vez que asesiné.”
—No… mi corazón bombeaba no por el miedo de ese dia —murmure para mi misma.
— Acaso no te dijeron, así es esto… las mujeres solo sirven para eso – el hombre seguía subiendo su mano a mi muslo — Tu padre tuvo el error de ponerte a ti –una cercanía al decirlo en mi oreja.
Entre en un trance veía todo en cámara lenta los forcejeos y al ser derivada al suelo, todo mi cuerpo… como podía …ser que mi cuerpo esté en ese estado un estado que ni yo podía ni pensar, acaso todo el entrenamiento no vasto para que no sucediera ésto, tan débil soy, luego, todo volvió a moverse pero no podía procesar lo que estaba sucediendo, solo podía sentir la adrenalina corriendo por mis venas, la velocidad y la sorpresa me habían dejando sin aliento, solo podía esperar a que todo se calmara.. que yo me calmará.
—Como recuerdo ese dia, tan magistral.
Japón
El Templo "Tenjō-ji”
Cerca del Monte Fuji
Quien visita el Valle de las Sombras de Cristal por primera vez, cree haber llegado al paraíso. El agua de las vertientes es tan clara que puedes ver tu propia alma, y el aroma a madera de cedro y lluvia te hace olvidar el mundo. Pero si miras con atención, notarás que los monjes del templo tienen cicatrices bajo sus túnicas y que las cámaras de seguridad están camufladas entre las linternas de piedra. En ese paraíso, el silencio no es paz... es obediencia al nombre Tsukasa.
No hay delincuentes, no hay grafitos, no hay droga en la calle. Los aldeanos locales adoran al clan y nosotros mantenemos el orden y la belleza del paisaje mejor que el propio gobierno.
El olor de la madera se entiende junto al tabaco, ese olor que solo el propio líder puede llegar hacer. Este lugar no es un hogar.
—Traigan a kaiza—ordenó este aun fumando.
—Sí señor.
Este se inclinó un hombre alto con la mirada serena, tal parece que en este lugar las caras parecen angelicales, buenas, pero todo desaparece por la vestimenta negra y la forma de hablar.
En el jardín una lluvia de pétalos de cerezo caían una tras otra no era el viento fuerte alguien la ayudaba a soplar fuerte, en medio de la lluvia de cerezo ella se encontraba danzando.
Los cerezos comenzaron a soltar sus flores, una lluvia rosada era casi irreal. Ella se movía en el centro del jardín una gracia que dolía ver, sus pies apenas rozaban el suelo, deslizándose entre los pétalos caídos como si fletaron sobre una nube de Seda.
En su rostro todavía se asomaba esa sonrisa de inocencia pura, una luz, una niña que aun no sabia lo que vendría, pero entonces el aire se volvió pesado un hombre la miraba la estaba esperando que terminara su danza.
Ella lo vio y en ese mismo instante su danza acabó, ella debió de terminar porque su danza ya no sería de inocencia, sería un baño de sangre, ya no transmitiria emoción o tal vez un poco.
El hombre se acercó con gentileza, mientras que Kaiza le daba la espalda y su miraba viendo los pétalos caer y llegar al suelo.
—Puedes repetir lo que dijiste, por favor —dijo ella, girándose lentamente para verlo. Sus ojos aún guardaban el reflejo de los pétalos cayendo.
El hombre se inclinó con una reverencia perfecta, manteniendo esa calma.
—Claro, señorita —respondió él con una dulzura que bordeaba lo artificial, casi como si hablara con una muñeca de porcelana —Su padre quiere verla. Él está en su oficina.
El coche se deslizaba por las carretera alejándose del santuario. En el asiento trasero Kaiza mantenía la espalda recta, con la carpeta que le había dado su padre apretándole contra su pecho. Al frente el hombre de confianza de su padre conducía en silencio absoluto, su mira fija al frente.
Kaiza miró por la ventana, el paisaje hermoso recordando las palabras de su padre.
—Quiero que tengas experiencia en estas cosas en adelante tú te encargas de esto. Quiero que cierres ese trato.
Pero ante todas las palabras se sentía extraña vestía un traje de seda blanca, impecable, que su padre mismo había elegido. "Para que parezcas pura ante un hombre sucio", le había dicho. En ese momento, ella creía que era un cumplido. No entendía que era un cebo.
—¿Falta mucho? —preguntó ella. Su voz sonó pequeña en la cabina del coche.
El hombre de confianza la miró un segundo por el espejo retrovisor. Sus ojos, siempre serenos, mostraron un destello de algo que parecía... ¿lástima?.
—Señorita… Recuerde no importa lo que Yamada diga o haga, usted representa el apellido Tsukasa. No se rebaj, pero sea amable. Él valora la... sumisión.
Kaiza asintió, tratando de calmar el leve temblor de sus manos. Estaba repasando mentalmente los puntos del contrato: logística, porcentajes, rutas de envío.
Pensaba que iba a una reunión de negocios. Creía que su entrenamiento en defensa personal era solo una formalidad que nunca tendría que usar de verdad.
El coche se detuvo frente a los portones de la mansión Yamada, a diferencia del templo de su padre, este lugar se sentía más pesado era horrible entre como entrar a un templo en ruinas, cargado de ostentación vulgar.
El hombre de confianza se bajó y le abrió la puerta a Kaiza. Antes de que ella saliera, él se inclinó y le susurró casi imperceptiblemente.