El olor de la flor se extendía por el lugar, amargo y dulce a la vez, galletas y libros para formar mi educación. Pero ¿dónde está?, siempre era puntual.
La puerta se abrió y ahí estaba él, firme al caminar y con una gran gracia. Su voz era suave al hablar, cuando te hablaba, parecía que estabas bajo un árbol de cerezo con un viento lugero acariciando tu rostro.
—Llegaste más temprano —Me dijo con suavidad, mis ojos se desviaron hacia la canasta que sostenía en sus manos.
—Terminó mi entrenamiento —le respondí, aun observando las flores que llevaba mientras las debaja sobre una mesa.
Al decir verdad, me gustaba este lugar, se sentía tan acogedor. No solo me gustaban sus enseñanzas, sino la forma en que él veía a las personas, como las describía…., este sitio era mi lugar seguro.
El notó que yo miraba las flores con una curiosidad que seguramente ya estaba describiendo en su mente.
—Las flores son para una medicina.
—¿Las flores pueden ser una medicina?.
—Todo puede ser una medicina para curar algo que esta roto.
El plasmó una sonrisa en su rostro al notar lo evidente, mi curiosidad por saber para que las ocuparía.
—Estás flores son para ti.
—¿Para mi?
—Sí, borraran todo lo que marca tu cuerpo, te ayudaran a relajarte.
¿Como unas simples flores podrian borrar estas cicatrices? Miré mis manos, las cuales plasmaban todo el rigor de mi entrenamiento.
—Diré que preparen el lugar para ti. Espera aquí, ¿si?.
Se fue alejando lentamente hasta que su silueta desapareció. Me acerqué a las flores para verlas de cerca.
—Como unas flores podrás curar algo roto — susurré para mi misma tomando una de ellas. Eran hermosas.
¿Como algo tan bello podría ser arrancado para curar a alguien, cuando por dentro la persona esta rota, golpeada y lastimada?
—Como unas flores podrás curar algo roto— susurré para mí, agarrando una de estas.
Son hermosas, como algo tan bello puede ser arrancado para curar a alguien, cuando por dentro de ella está rota, golpeada y lástima.
—¡Hermana! — se escuchó una voz dulce pero frágil, una voz tan pequeña que, para otros, serían un pecado escucharlo —¡Hermana!.
Volvió a gritar desde afuera. Esta vez se escuchaba desesperado, intentando alcanzar algo. ¿Pero que? Salí para ver, pero mis pasos se sentián pesados, era como si tuviera que arrastrarme para poder salir y encontrarlo.
—¡Hermana! Sal de ahí y vamos…
Al llegar al borde de la puerta,una luz celadora lo envolvió todo. Pero al salir, no habia nadie. Solo el viento frío golpeaba mis piel, un viento demasiado gélido para alguien que está solo.
¿Por qué siento algo frío recorriendo mis mejillas?¿Por qué mi cuerpo reacciona así?
En ese momento me desperté. Me toqué el rostro y me di cuenta de que estaba llorando. Fui directo al baño y me miré al espejo, mis ojos estaban empapados en lágrimas.
—Qué ridículo. Estoy así por algo tan… tan… tonto.
La amargura se había plasmado en mí. ¿Por qué yo?¿Por qué tenía que ser yo?
—Tengo que tranquilizarme. Debo bajar como si nada, si… eso tengo que hacer.
Así fue, me di un baño, me arreglé y bajé, desde arriba el aroma del café recién hecho y el desayuno inundaban la casa.
Al ir bajando directo a la cocina, vi la silueta de un hombre aún en pijama aun puesta, estaba preparando el desayuno, como queria que fuera cualquier otra persona para no ver a Goo, pero era él, me quedé estética, no sabía si entrar a mi propia cocina o no. Pero me sorprendí que él me hablará primero.
—Ven a desayunar.
Su voz era suave pero ronca, como si aún estuviera adormilado. No dije nada, avancé y me senté frente a él para poder verlo y hablar de una vez, intentando disipar la incomodidad.
—¿No me dirás nada? Sé que soy demasiado lindo como para que solo me mires.
—¡Lindo tú! Tú no eres para nada lindo, Goo.
—¿Segura?
Él me guiñó el ojo y se dispuso a desayunar; yo hice lo mismo.
—Dime, ¿le echaste veneno al desayuno o algo parecido?
—A la próxima lo haré. Y no estoy enojado contigo, solo quería que... —lo interrumpí.
—Tienes razón, a veces llego a ser meticulosa.
No me engañaré, algunas veces me gusta serlo, me gusta el orden. Así fue como me criaron y, además, fue por la admiración que sentía hacia un hombre de gran presencia y elegancia.
Nuestro desayuno transcurrió así, a veces Goo decía incoherencias y yo simplemente escuchaba. A decir verdad, en el fondo, me gusta la presencia de Goo. Ya habíamos terminado; aún era temprano, pero alguien más faltaba por bajar.
—Oye, Goo, ¿y el "ojos negros" no ha bajado a desayunar?
—De hecho, ya desayunó. Solo faltábamos nosotros.
Observé a Goo, con su pijama y el delantal puesto, se veía muy bien. Honestamente, era una ventaja que alguien cocinara por mí y lavara los trastes sucios, y él parecía encajar perfectamente en ese papel.
Me apoyé contra la mesa para detallarlo mejor, la luz del sol que entraba por la ventana le daba un toque espectacular, el cabello desordenado, los anteojos, ese rostro relajado…
—Oye, Goo.
—Te escucho, cariño. —Él seguía con lo suyo, pero atento a mi voz.
—¿Nunca te interesó ser modelo?
—¿Modelo? —Goo soltó una carcajada seca, rompiendo toda la magia del momento—. ¡Modelo X! Eso es lo que debería ser. Mi tarifa por foto sería más alta que el presupuesto de tus hoteles.
Arrugué la nariz de inmediato. El rastro de admiración que sentía se esfumó en un segundo, reemplazado por mi fastidio habitual.
—Ya arruinaste el momento, idiota —mascullé levantándome de la mesa—. Olvida que dije algo.
Me dispuse a salir de la cocina para no tener que escuchar sus delirios de grandeza, pero justo en el umbral de la puerta, me choqué de frente con un muro sólido de músculos y olor a colonia. Era Gun. Ya estaba aseado y vestido, con el cabello aún húmedo. Se veía impecable, si no fuera por la espantosa herida que cruzaba su ojo. Traía unas vendas limpias en la mano. Se quedó mirándome en silencio, bloqueándome el paso.