Sé que llegará el día en que pueda olvidarte,
Siempre que no escuche tu voz y pueda alejarme.
Me digo a mí misma que estoy mejor sin hablarte,
Que esto me puede ayudar a, de mí, borrarte.
Pero me sigo preguntando, ¿qué hubiera sido?
Mientras recorro aquellos lugares en los que estuvimos.
-Carta 2
El salón estaba decorado con serpentinas doradas y luces parpadeantes que competían con los destellos de los fuegos artificiales de afuera. Ronald, alto, con esa presencia que siempre atraía miradas, se movía entre grupos de amigos con la seguridad de quien sabe que todos lo reconocen.
Ivette lo observaba desde un rincón, con un vaso de refresco en la mano. Había algo en él que siempre la desarmaba, tal vez era la manera en que reía, la facilidad con la que conversaba, la energía que irradiaba. Y sin embargo, esa noche, mientras el reloj se acercaba a la medianoche, ella sentía un peso extraño en el pecho.
—¿Estás bien?— preguntó Ronald, acercándose con una sonrisa que parecía iluminar la sala.
—Sí, sólo estoy… pensando— respondió Ivette evitando su mirada.
La música subió de volumen, la cuenta regresiva comenzó, y todos se unieron en un coro de voces que anunciaba el nuevo año. Ronald la tomó de la mano y la llevó al exterior, el aire frío golpeó sus mejillas mientras los fuegos artificiales estallan en el cielo.
—Feliz Año Nuevo, Ivie— dijo Ronald inclinándose para dejar un beso en sus labios
Ivette sonrió, pero su corazón latía con una mezcla de alegría y temor. Sabía que algo estaba cambiando, que el futuro los estaba empujando en direcciones distintas.
Los suaves murmullos de la gente riendo y hablando sobre el nuevo año, llegan a sus oídos incluso dentro del auto. Eran las 2 de la mañana y Ronald la había llevado a casa en el vehículo de su padre.
Fuegos artificiales brillando en el cielo, la sonrisa que el hombre le dedica a Ivette es tan brillante que compite con las estrellas de aquella noche. El rubor en sus mejillas por el frío que acompaña aquel solitario sentimiento de que el fin se acerca y sus labios pronuncian la sentencia.
—Deberíamos terminar— susurra Ivette mientras vuelve su mirada hacia el frente, incapaz de poder mirar aquellos ojos marrón que aceleraban su corazón.
Actualidad
Su cuerpo tiembla mientras su padre maneja entre las calles para llegar a casa. Es increíble cómo a pesar de los años, Ivette sigue recordando el camino que debe de seguir para llegar a la casa de él. Sigue recordando el lugar en el que todo terminó siete años atrás y aún la persigue el recuerdo de las lágrimas a punto de caer cuando pronunció aquellas palabras.
—Tu madre ha preparado tu comida favorita para la cena— dice su padre.
—Esa es una de las cosas que más extraño de estar en casa— responde Ivette con una sonrisa.
—Te echamos de menos, Ivie— el auto se detiene frente a la casa en la que creció.
—Yo también los extraño —dijo Ivette bajando del auto y respirando el aire frío de diciembre.
El olor a especias y pan recién horneado la recibió apenas cruzó el umbral. Su madre la abrazó con fuerza, como si quisiera recuperar en segundos todos los meses de ausencia. La mesa estaba servida con cuidado, cada plato colocado como si fuera parte de un ritual que Ivette conocía de memoria.
—¿Y tu trabajo cómo va?— preguntó su padre.
—Bien, estoy intentando entrar a una editorial importante. Es mi sueño desde siempre—
—¿Y por eso necesitas la entrevista con Ronald?— cuestionó su madre.
Ivette dudó un instante antes de responder.
—Sí, necesito tener la exclusiva de su recuperación—
—Ivie, sé que no tengo que mencionarlo, pero no quiero que te exijas demasiado— su madre la miró y ella entendía a la perfección que era aquello que no le decía con palabras.
—Estaré bien, ya lo he superado— le aseguró.
El tema cambió hacia recuerdos familiares, anécdotas de la infancia, y por un momento Ivette se permitió disfrutar de la calidez del hogar. Pero en el fondo, la sombra de Ronald seguía presente.
Después de la cena, subió lentamente las escaleras hacia su habitación de la infancia. La puerta crujió al abrirse, revelando un espacio que parecía haberse detenido en el tiempo, las paredes aún guardaban los tonos suaves que eligió cuando era más joven y sobre el escritorio descansaban viejos cuadernos con poemas y borradores inconclusos.
Las fotografías eran imposibles de ignorar. Ahí estaba Ronald, con su uniforme de preparatoria, sonriendo con esa seguridad que la había enamorado. En otra imagen, él sostenía un balón de baloncesto, y ella, a su lado, parecía brillar con la misma intensidad.
Ivette se dejó caer sobre la cama, cerró los ojos y recordó la última vez que lo vio antes de que todo se derrumbara. Los fuegos artificiales, el frío de la madrugada, el murmullo de la gente celebrando el nuevo año. Y su propia voz, temblorosa, pronunciando la sentencia que los separó.
El presente la golpeó de nuevo. Ronald estaba en el pueblo, recuperándose de su lesión. Y ella necesitaba hablar con él, pedirle la entrevista que abriría las puertas de la editorial de sus sueños.
Abrumada por los recuerdos, decidió salir a despejarse. La tienda local, con su luz cálida y estantes abarrotados, le ofrecía un respiro para todo aquello que estaba sintiendo por regresar a casa. Caminó entre pasillos de productos conocidos, buscando algo que no necesitaba, sólo para tener algo entre sus manos.
El silencio del lugar era reconfortante, hasta que una voz grave rompió la quietud.
—Ivette, has regresado— aquella voz podía reconocerla en cualquier lugar y siempre provocaría que su corazón se acelerara.
El tiempo se detuvo. Giró lentamente y lo vio. Ronald, con una sudadera oscura, movimientos lentos y algo mecánicos que delataban la lesión en su rodilla, y esos ojos marrón que no habían cambiado en absoluto. La sorpresa en su rostro era tan evidente como la tensión que llenaba el aire.