Between Letters and Rebounds

Capítulo 8: Entre viajes en auto y ejercicios de equilibrio

Este amor me ha tirado al suelo,

pero a pesar de todo, eres lo único que quiero.

Ninguna tristeza me ha reconfortado,

ningún dolor me ha levantado.

Una herida de bala directo al corazón,

pero sigo esperando sin razón.

-Carta 8

Ivette se preparó para asistir a la rehabilitación, Ronald dijo que pasaría por ella a su casa ya que el centro donde se estaba entrenando estaba cerca de allí. Su cuerpo entero se sentía tenso, en una mezcla de no saber qué era lo que podía esperar ese día y la otra de volver a verlo.

Por más que intentara calmarse, su corazón latía tan rápido como si estuviera corriendo un maratón y el problema era que aunque se dijera que sólo lo estaba viendo por la entrevista, su cuerpo no parecía entenderlo.

Cuando Ronald le envía un mensaje anunciando que la espera afuera de su casa, Ivette toma una respiración profunda y su bolso por cualquier anotación que quisiera tomar. El frío del exterior golpea su rostro, enrojeciendo sus mejillas.

Cuando observó la camioneta de Ronald frente a su casa, su corazón dio un salto involuntario. El rugido del motor rompió el silencio que abundaba en las calles mientras pequeños copos de nieve caían del cielo, y por un instante, Ivette recordó las incontables veces que lo había visto llegar en su juventud, cuando todo era más sencillo.

Ronald bajó la ventanilla, el cabello rizado y despeinado bajo la capucha de su sudadera. Sus ojos la observaban con una mezcla de vergüenza y dolor, ese que no había abandonado su mirada desde que se encontró con él en el supermercado.

—¿Lista?— preguntó con esa voz grave que siempre le había parecido un refugio, aunque ahora sonaba distante.

Ivette asintió. El recuerdo de la discusión del día anterior aún pesaba entre ellos, como una sombra que ninguno quería nombrar.

El trayecto fue breve, pero ninguno de los dos sabía cómo terminar con ese incómodo silencio que se había vuelto tan familiar. Ronald mantenía la mirada fija en la carretera, mientras Ivette lo observaba de reojo, preguntándose si alguna vez podrían volver a hablar sin terminar en una discusión.

Al llegar al centro de rehabilitación, Ivette siguió a Ronald que caminaba con paso firme, aunque ella sabía que cada movimiento era un recordatorio de la lesión que lo había alejado de las canchas y de los Golden Knights. El fisioterapeuta lo esperaba junto a un bosu y varias bandas elásticas. Era el día de entrenar su equilibrio, una etapa delicada en su recuperación, según lo que había estado investigando.

Ronald calienta sus músculos antes de comenzar con sus ejercicios correspondientes, para el primero de ellos, se colocó sobre el bosu, manteniendo el equilibrio en una pierna. El balón medicinal pasó de mano en mano, y cada vez que lo atrapaba, sus músculos se tensaban con precisión. Ivette lo miraba con una mezcla de admiración y nostalgia. Había algo en su concentración, en la forma en que apretaba la mandíbula, que le recordaba al chico que había amado en ese mismo pueblo, hace tantos años atrás.

—¿Vas a escribir que me tambaleo?— preguntó Ronald de pronto, rompiendo el silencio con una ironía que escondía vulnerabilidad.

Ivette lo miró, sorprendida. Mientras levantaba la mirada de su tablet.

—Voy a escribir lo que vea— respondió su voz tembló un poco mientras lo miraba a los ojos.

El fisioterapeuta pidió que cambiara de pierna y añadiera un pase lateral. Ronald obedeció, pero sus ojos volvieron a encontrarse con los de Ivette. Fue una mirada breve, cargada de reproches y de algo más profundo, un deseo contenido tal vez o un recuerdo que ninguno estaba dispuesto a pronunciar.

Ella anotaba cada detalle, pero en su interior la batalla era otra. ¿Cómo escribir sobre un hombre que era noticia y, al mismo tiempo, parte de su propia historia? Cada salto controlado, cada desplazamiento lateral con la banda elástica, era también una metáfora de lo que habían perdido y de lo que aún podía recuperarse.

Cuando la sesión terminó, Ronald tomó la toalla y se secó el sudor. Se acercó a ella, todavía con el gesto serio.

—Te llevo de regreso a casa— dijo sin esperar respuesta.

Ivette guardó su tablet en su bolso y luego de despedirse del fisioterapeuta, lo siguió. Afuera, la nieve seguía cayendo, como si el pueblo quisiera congelar ese instante en el que dos vidas se cruzan de nuevo.

—Lamento haberte hablado de esa manera ayer— susurra Ronald en voz baja provocando que el movimiento de sus manos se detenga sobre el cinturón de seguridad.

—No necesitas disculparte, es tu entrevista, deberías de hablar sobre todo aquello que quieras— responde Ivette.

Eran las palabras que había practicado decirle, pero aún así, se sentía extraño pronunciarlas en voz alta.

Ronald asintió, pero sus manos apretaron el volante con una fuerza innecesaria. El camino hacia la casa de Ivette se sentía como una cuenta regresiva que ninguno de los dos quería que terminara, a pesar de la tensión que seguía latente entre los dos. Aunque el día en el centro de rehabilitación había sido una especie de tregua, el silencio era incómodo por todo lo que no se decían.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.