El viento mueve las hojas del bosque, el silencio no era pacífico, era denso. Cargado con el olor de la sangre fresca y la madera húmeda y astillada. Frente a ella, apoyado a un lado de la carretilla destruida se encuentra la silueta del chico con una mano aun hundida en su costado.
—Pero algo me dice —Dijo, observando las manos ensangrentadas de Ashley—. que tampoco vienes de un buen lugar.
Apartando con disgusto su vista de los cuerpos inertes de los caballos, un leve ardor crece dentro de ella. El chasquido agudo y metálico resuena por el bosque.
Cegada por la furia, antes de que este pudiera si quiera parpadear. La punta de la daga, esa que aún conservaba el brillo frío del forastero muerto, presionaba la piel lívida de su mejilla, justo debajo del ojo.
—Vuelve a usar esa lengua de trapo y te juro... —Masculló ella, con una voz que no parecía la suya—.
El chico observa cada movimiento de Ashley, no parece sorprendido. Deja escapar una pequeña exhalación por la nariz, con un rostro que mostraba resignación por sobre otra cosa.
—Tenía cuidado con mis palabras —Dijo, bajando la voz—. Si no fuera así, no estaría aquí, desangrándome frente a vos.
El chico se mueve apenas, soltando un quejido al sentir un dolor agudo. Ashley observa como su mandíbula se tensa, una sombra cruzaría sobre su rostro.
—¿Qué mal te ha alcanzado? —Soltó ella, con el aliento entrecortado—. ¿Quién te ha dejado en ese estado de despojo?
—Mi carretilla fue atacada hace una hora, más al norte del camino... —Dijo, señalo débilmente el camino más denso—. Bandidos, o eso creí al principio...
Hace una pequeña pausa, dándole un pequeño vistazo al estado de su carretilla junto a las heridas profundas de sus dos caballos.
—Pero los bandidos normalmente no llevan armadura. —Dijo, aún presionando sobre su costado—. Ni montan caballos de guerra.
La daga baja lentamente mientras el rostro de Ashley cambia a uno más tranquilo. Sin perder su preocupación por todo lo que estaba pasando. El silenció es interrumpido por el crujir de tela, Ashley rasgando una gran parte de su manga ya algo gastada por el trabajo de campo.
—Me dejaron por muerto... —Añade el chico, dejando su herida al descubierto—. Y tú, parece que pasaste por lo mismo.
Este observa la gran columna gris elevándose entre las colinas, soltando un quejido al sentir un leve rocé de la mano de Ashley sobre su herida, golpeando su cabeza en protesta.
—Con cuidado. —Dijo, recuperando la voz con una serenidad antinatural para alguien en su estado—. No me queda mucha sangre, y vuestra mano es... descuidada.
Su palabra no tenía veneno ni burla. Era una observación objetiva, dicha con la misma calma con la que un tutor corregiría un error en un libro de cuentas.
—Conozco vuestra aldea, ¿Qué ocurrió? —Pregunto con la misma curiosidad de un extraño que contempla un incendio desde la distancia—.
El silencio vuelve a aparecer en el bosque, evitando la pregunta por un par de segundos mientras vendaba la herida de este extraño. El viento silba tenuemente, las hojas caen suavemente sobre la cabeza de Ashley.
Una visión familiar recorre por su cabeza al observar la herida del chico, el rostro vacío y sin vida de aquel hombre, escuchando sus gritos ahogados y húmedos dentro de su cabeza, soltando una leve arcada, apretando los dientes mientras el sabor amargo de la bilis sube por su garganta. No era el asco de la herida del chico, era el fantasma de su propio crimen devolviéndole la mirada.
—Ellos... destruyeron mi aldea. —Dijo Ashley, su voz se sentía extraña, como si las palabras pertenecieran a otra persona—. la quemaron hasta las cenizas.
Hizo una pausa, forzando una respiración que le quemó hasta el pecho. La columna de humo en el horizonte era una prueba evidente de su pérdida, pero esta sacudió la cabeza con brusquedad.
Ashley se limpió los labios con el dorso de la mano, tragando el amargor que aún sube por su garganta. Evito mirar directamente a la herida mientras con un dedo apuntaba al caballo con un gestó rígido
—No es momento para hablar de eso ahora. —Dijo tratando de mantener la compostura, dando la vuelta final sobre su herida—. Monta, vas a llevarme a la aldea más cercana que conozcas.
Murmuró dándole la espalda para ocultar su debilidad. Dirigiéndose de vuelta al caballo que se encontraba pastando en una zona apartada del camino, evitando el pesado olor de la sangre.
—Si intentas cualquier maniobra extraña —Añadió, subiendo al caballo con el mismo esfuerzo de antes, soltando un suspiro pesado—. Te aseguro que tu herida no será lo único que te preocupe.
El rostro de Ashley parece suavizarse, como si la máscara de hierro que se había impuesto finalmente mostrara unas grietas. Se obligo a mostrar una sonrisa ligera, una la cual apenas curvaba sus labios pero que cargaba con todo el peso de su cansancio.
—¿Eres un mercader? —Pregunto, apuntando a su ropa, la cual pese los rasguños por el corte se notan que son de calidad—. Debes de conocer las rutas mejor que yo.
El desconocido soltó un resoplido inesperado. Fue un ruido seco, casi como un quejido acompañado de pequeños silbidos que escapaban de sus labios. Pese a la gravedad de su estado, sus ojos muestran una leve sombra de humor. En el momento que este recupera la misma calma de antes.
—¿Mercader? —Repite, haciendo una pausa para observarla con curiosidad—.
Hizo una pausa larga, apoyándose con esfuerzo en la madera astillada, comenzó a caminar con un paso vacilante con un paso vacilante junto al caballo.
—Supongo que... —Añadió con un tono neutro, recuperando la calma imperturbable de antes—. Dadas las circunstancias, hoy podría pasar por uno.
Cuando llega al animal, pasa una mano por el costado del caballo con familiaridad que denotaba años de tratos con bestias de guerra. Sus dedos se hundieron brevemente en la crin, buscando quizás el calor que este mismo estaba perdiendo.