El galope moderado de Ashley que esta trataba de sostener se volvió de pronto un estrépito demasiado ruidoso en la quietud de la noche. El viento, que antes siseaba entre los árboles pareció detenerse, dejando que el mundo se sumergiera en una calma antinatural.
Fue entonces cuando la voz de Arven, cargada con una gravedad nueva corta el aire justo detrás de su oído.
—Ashley.
Había un ligero tono de advertencia en su voz, una vibración que no nacía del miedo, sino de la experiencia de quien sabe leer el peligro antes de que este llegue. La muchacha sintió como la mano de él se tensa sobre su hombro.
—Detén el caballo. —Ordenó. No sonaba alarmado, pero si atento—.
—¿Qué sucede? —Quiso preguntar ella, pero Arven la interrumpió antes de que la primera sílaba escapara de sus labios—.
—Escucha.
Ashley tiró de las riendas con firmeza, reduciendo la velocidad hasta que el caballo quedó inmóvil, resoplando vaho en el aire frío. El bosque quedó en un silencio absoluto por un momento, un vacío que solo era llenado por los latidos acelerados en el pecho de la chica. Entonces, el sonido llegó.
Era lejano, apenas un rítmico repiqueteo contra la tierra endurecida, pero inconfundible. El eco de cascos golpeando el suelo. Más de uno, aunque no eran muchos. Provenían de algún lugar detrás de ellos, ocultos por las curva del camino y la espesura de los grandes árboles que acababan de dejar atrás.
Arven se inclinó hacia adelante con dificultad, bajando la voz hasta convertirla en un susurro gélido que contrastaba con el ruido lejano de los cascos que cada vez se hace más fuerte.
—Patrulla. —Susurró, aquellas palabras erizando la nuca a Ashley—.
—Probablemente están siguiendo las huellas del caballo —Susurró Arven. Su mirada, aunque febril, recorría el entorno con una rapidez analítica que a Ashley le resultaba fascinante—.
El bosque a su alrededor era una muralla de sombras espesas, pero el sendero bajo ellos era demasiado claro, una invitación abierta para cualquier rastreador veterano. Un caballo de guerra no pasa desapercibido; deja marcas profundas, rastro de herraduras que gritaban su posición en la tierra húmeda y el barro.
Arven se tomo un minuto para evaluar el terreno. A la derecha, la maleza era tan densa que el animal quedaría atrapado entre las ramas. A la izquierda, sin embargo. El terreno se quebraba en una pendiente abrupta, descendiendo hacia un pequeño arroyo que serpenteaba entre rocas cubiertas de musgo y raíces retorcidas.
El sonido de los cascos detrás de ellos se volvió mucho más nítido. No venían galopando; el ritmo era lento, metódico. Estaban rastreando, seguros de que su presa estaba cerca.
—Tenemos poco tiempo antes de que aparezcan en esa curva —Dijo él, con una voz que apenas era un aliento gélido contra su nuca—.
Ashley clavó su vista en el recodo del camino, a unos pocos metros de distancia. En cualquier momento, las siluetas de los jinetes recortarían el horizonte gris. El aire parecía haberse congelado en sus pulmones. Arven no intentó darle una orden directa.
—Tú decisión.
El bosque guardó su respiración. El chapoteo lejano de los caballos enemigos se escuchaba cada vez más cerca, implacable.
Ashley no dudó ni un segundo más. No podían seguir en el camino abierto; sería entregarse al verdugo. Apretó las riendas con una fuerza que le blanqueó los nudillos y viró la cabeza del animal hacia la izquierda, hacia el vacío.
—Sujetaos —Masculló entre dientes, más para convencerse a sí misma que para advertirle a él—.
Espoleó al caballo hacia la pendiente. El animal relinchó con desconfianza, pero la determinación de la muchacha fue superior. Se lanzaron hacia el descenso de rocas y raíces, dejando atrás la seguridad del camino para hundirse en la incertidumbre del río abajo, esperando que el agua borrara los rastros que su vida ahora dejaba tras de sí.
El descenso fue una lucha contra el pánico. El caballo se hundió en la pendiente con un sonido sordo de tierra desplazándose bajo sus cascos, mientras las raíces de los árboles viejos sobresalen del suelo como trampas diseñadas para quebrar a cualquier intruso que pase por ahí. Ashley, sin embargo, no permitió que el miedo del animal dictara el rumbo; guio al caballo con una firmeza que nacía de la pura desesperación. A su espalda, sintió a Arven inclinarse hacia delante, buscando el equilibrio mientras su peso se volvía una carga inestable en medio del descenso abrupto. intentó no detenerla; aceptaba el riesgo con un silencio sepulcral.
Cuando los cascos golpearon finalmente el lecho del arroyo, el sonido del agua comenzó a cubrir parcialmente el ruido de su huida, Ashley giró la cabeza apenas un segundo hacia la curva del camino, varios metros arriba.
En ese preciso instante, las primeras luces de las antorchas perforaron la penumbra entre los troncos, varias luces asomándose entre las sombras. Las siluetas de los jinetes empezaba a dibujarse contra la neblina del bosque como espectros hambrientos.
El caballo piso el agua con un estallido de salpicaduras plateadas antes de que ella lo dirigiera hacia las piedras más grandes, forzándolo a avanzar sobre la roca sólida para evitar que el barro del fondo revelara su dirección. El arroyo murmuraba bajo ellos mientras avanzaban corriente abajo, uno que se mezclaba con el jadeo ronco del caballo, cuyo aliento se convertía en vaho en el aire.
Durante un minuto que parecía eterno, el mundo se redujo a tres sonidos: el fluir del agua, la respiración agónica del par de chicos junto al animal y el siseo del viento entre las ramas. Las voces llegaron desde lo más alto del camino. Eran lejanas, pero cargadas de la misma autoridad violenta. Uno de los jinetes lanzó un grito al aire, una palabra que el viento deformó pero que cargaba con una evidente frustración.
Arven giró ligeramente la cabeza, aguzando el oído con una fijeza animal mientras Ashley seguía guiando al animal entre las piedras.