—Puedo intentarlo... —Susurró Ashley, su voz perdiéndose casi por completo entre el murmullo del agua—.
Ignorando la advertencia implícita en el silencio de Arven, Se deslizo fuera de la montura, sus ojos permaneciendo clavados en la bestia. El miedo, que hasta hace un momento la asfixiaba, se disolvió lentamente; desde que tenía memoria siempre había sentido un vínculo inexplicable con los animales, una empatía que ahora le empujaba hacia adelante. Al ver la pata trasera, destrozada por lo que parecía el beso cruel de una trampa de hierro o una piedra afilada, Ashley sintió un tirón en el pecho.
—Shhh... Quieta. —Dijo Ashley, su voz portando una cadencia antigua, casi como un rezo—. No te haré daño.
El viento sopló con fuerza a través de la garganta, arrastrando el gruñido bajo y vibrante de la criatura. De cerca, su tamaño era abrumador; casi igualaba la estatura de la muchacha, una masa de pelaje pálido que, bajo los últimos reflejos del cielo revelaba matices de un rojo oscuro y denso.
Ashley se acercó centímetro a centímetro, sacando el retazo de tela sobrante del vendaje de Arven. Con un movimiento que rozaba la imprudencia, se arrodilló sobre las piedras húmedas, entregándole su total confianza al animal. Este dio un paso atrás, sus ojos siguiendo cada gesto de la chica con miedo. Ashley pudo ver el brillo de los colmillos cuando el hocico fino se contrajo en un nuevo aviso, pero no retrocedió.
Con cuidado, extendió la mano hacia la extremidad herida. El tiempo pareció detenerse; el arroyo fluía y el viento movía las hojas, pero entre la chica y la bestia solo existía la respiración rápida de ambos. Ashley ignoró el peligro de los dientes frente a su rostro, concentrándose únicamente en la carne abierta de la pata trasera, tratando de no temblar mientras iniciaba el delicado proceso de cerrar aquella herida.
Tras unos segundos eternos, el animal cesó su gruñido. No se relajó del todo, la tensión seguía vibrando bajo su piel, pero algo en su postura cambió. La curiosidad parecia haber vencido al miedo.
Ashley pudo ver la herida con claridad, la sangre había teñido su pelaje blanco como la nieve. Pero, por fortuna, el hueso parecía intacto. Con la delicadeza de quien toca un cristal antiguo, Ashley comenzó a limpiar la carne abierta usando el retazo de tela sobrante, la criatura se estremeció violentamente y un pequeño gemido, casi humano, escapó de su garganta. Sin embargo no hubo dentellada.
—Ya casi... —Susurró ella, su pulso firme mientras envolvía la pata con el vendaje improvisado. Algo inexperta, pero bastaría para contener la vida que se le escapaba por la herida—.
Al terminar, la criatura permaneció inmóvil, escrutándola. Bajó la extremidad herida con cautela y probó apoyar su peso sobre las piedras. Cojeaba un poco, pero podía sostenerse. Los ojos amarillos del animal brillaron con una intensidad sobrenatural, evaluando a la muchacha.
Arven, que no había osado ni respirar sobre la montura, observaba la escena con una expresión indescifrable. La sorpresa terminó por romper su guardia y murmuró para sí mismo.
—No pensé que fuera a funcionar... —Dijo con la misma calma inexplicable—.
El animal dio un pequeño paso hacia Ashley, olfateando el aire cerca de su mano, reconociendo el rastro de la tela y el aroma de la joven. No había agresión alguna en su gesto, pero tampoco la sumisión de una mascota. Era algo distinto, un respeto mutuo.
El momento se rompió con una vibración sorda que subió desde las piedras hasta las plantas de sus pies. Un sonido lejano, casi un eco, pero inconfundible para el oído de los jóvenes. El galope rítmico y pesado de los jinetes no se habían rendido. Siguieron el rastro de sangre y ahora la distancia entre la vida y la muerte se acortaba con cada golpe de casco.
La criatura no huyó. Mantenía sus ojos amarillos fijos en Ashley, como si el sonido de los perseguidores también fuera algo conocido para ella. Arven tensó las riendas del caballo, su mirada saltando de la espesura del bosque a la silueta de la joven hincada en las piedras.
—No hay más tiempo para la piedad —Advirtió Arven, su voz baja como un crujido de madera—. Vienen.
La boca de la cueva bostezaba a pocos metros, una mancha de oscuridad absoluta en la pared de piedra que prometía refugio, o quizás una tumba.
Ashley, en un último arranque de vulnerabilidad, hundió el rostro contra la cabeza de la criatura. El pelaje resultó ser más suave de lo que su aspecto rústico sugería, aunque conservaba la aspereza de la tierra y la suciedad de quien ha vivido mil inviernos a la intemperie. No huyó, permaneció inmóvil, permitiendo que la muchacha volcara sus lágrimas sobre su pelaje claro. Sus orejas se movían al ritmo del agua y de un viento que cada vez traía peores noticias.
Por un segundo, el tiempo en la garganta se detuvo, pero el mundo real, el mundo de hierro y sangre reclamó su lugar. El eco de los cascos rebotó contra los troncos viejos, más nítido, más cruel. Los rastreadores estaban encima.
—¡Ashley! —La voz de Arven fue un latigazo de urgencia—.
Ella se puso en pie con el corazón tronando en el pecho y montó de un salto. El caballo, sintiendo el pánico en las riendas, inició un avance nervioso a través del arroyo, salpicando el agua gélida mientras se internaban en la estrechez de la garganta.
—¡Venid! —Llamó Ashley, girándose sobre la silla para ver a la criatura que estaría detrás de ellos—. ¡No os quedéis atrás!
La criatura ladeó la cabeza, observando a la humana con una fijeza sobrenatural. Tras un instante de duda, dio un salto ágil sobre una roca prominente, la pata vendada la hizo flaquear un segundo, una cojera sutil que no le impidió seguir el ritmo. No se acercó demasiado. Simplemente avanzó por las piedras, como una sombra rojiza que custodiaba el flanco del arroyo.
El caballo se internó en la garganta, donde las paredes de roca se alzaban como gigantes de piedra cubiertos de musgo espeso y raíces que se retorcían como dedos suplicantes. Más adelante, la boca de la cueva reveló entre la maleza un refugio angosto, pero con la profundidad necesaria para tragarse al animal y a sus jinetes, si es que estos se movían con la cautela suficiente.