Between Order and Decay: Edrath

Lo que buscaban

Ashley soltó un suspiro largo y pesado. Se incorporó lentamente abandonando el frío suelo para quedar sentada, flexionando una pierna para apoyar su cabeza sobre su rodilla. El silencio se instalo de nuevo entre ellos durante unos segundos, llenado unicamente por el ruido del arroyo.

—¿Realmente crees que una simple campesina como yo tenia acceso a la capilla para algo más que rezar? — Preguntó con un tono teñido en sarcasmo amargo.

Deslizó la mano hacia su tobillo y extrajo la pequeña daga jugueteando con ella, girando el filo entre sus dedos casi por inercia mientras clavaba su mirada vacía hacia la figura de Arven.

—Si te soy sincera, Arven... Yo no era una chica completamente devota que digamos — Continuó, arrastrando las palabras—. No acudía mucho a la capilla y, bueno... mi familia tampoco.

La hoja de la daga capturó un débil destello de la penumbra. Sus dedos temblaron apenas.

—Y mucho menos ahora... — Su voz se rompió, elevando su tono con brusquedad—. ¡Que he asesinado a un hombre!

El tintineo de la daga al caer sobre la piedra caliza marcó su rendición. Ashley se llevó ambas manos al rostro frotándose los ojos con desesperación durante unos segundos.

—Lo siento... —murmuró detrás de sus manos, ahogando su frustración que le apretaba el pecho—. Creo que me he desviado un poco...

La daga aún gira distraídamente entre sus dedos temblorosos, Arven dejó escapar una exhalación lenta y profunda. No había rastro de ofensa en su rostro por el repentino sarcasmo. Tampoco sorpresa alguna por su quiebre emocional.

—No esperaba que tuvieras acceso a los registros. —su voz baja, con un tono medido diseñado para no alterar los nervios de la muchacha—. Los santuarios de los pueblos rara vez exhiben sus verdaderas reliquias a la vista de los fieles.

Hizo una breve pausa. Sus ojos, ya acostumbrados a la negrura de la gruta, observan el acero desnudo que Ashley sostiene, observando por un instante el rostro empapado de la joven.

—Pero, en ocasiones custodian cosas cuya naturaleza ni ellos mismos comprenden.

El murmullo del agua continuó llenando los rincones de la piedra, sordo al drama que desarrollaba en su interior. La confesión cruda de que se había cobrado la vida de un hombre. Arven, con la quietud solemne de quien conoce demasiado bien el abismo que sigue a la primera muerte, guardó silencio unos segundos más.

—No has asesinado a un hombre.

Hizo una pausa, dejando que la rotundidad de la frase se asentara en el frió de la caverna.

—Has matado a un soldado que participaba en la destrucción de tu hogar.

Sus palabras carecían de adornos o falsa piedad. No intentaban suavizar el golpe de la realidad ni ofrecer un consuelo vacío.

—Si ese soldado hubiera tenido la oportunidad, lo más probable es que te habría dado muerte a ti también.

Arven acomodó ligeramente el hombro contra la pared de la piedra caliza. El movimiento le arrancó una mueca seca.

—La primera sangre siempre pesa —Añadió, entrecerrando los ojos tenuemente—. Pero en días como este... Sobrevivir exige tomar decisiones crudas.

La extraña criatura permanece echada cerca de las raíces nudosas, con su mirada clavada en la negrura del exterior.

Arven bajó un poco la voz, devolviendo la conversación a la urgencia que los acechaba.

—Y en cuanto a la capilla... —Hizo una nueva pausa, midiendo el peso de la información—. Las órdenes antiguas como el Velo Negro no reducen aldeas a cenizas por simple superstición.

Su mirada se tornó más analítica, perdiéndose por un instante en los engranajes de su propia deducción.

—Buscan objetos. Reliquias. Manuscritos perdidos. Artefactos antiguos. Cosas que pueden yacer desapercibidas durante generaciones enteras. —Volvió a fijar sus ojos en Ashley, escudriñando su reacción—. Y, muchas veces, esos objetos terminan acumulando polvo en lugares como santuarios rurales. No porque alguien los haya ocultado, sino porque el tiempo devora la memoria y ya nadie recuerda su verdadero origen.

El silencio regresó, más denso y expectante que antes. Arven pareció sopesar sus siguientes palabras con sumo cuidado.

—Ashley... —murmuró, con un tono inusualmente cauteloso—. Haz memoria. ¿Alguna vez viste algo extraño en ese santuario?

Ashley bajó la mirada, dejando escapar un leve sollozo que se ahogó en la penumbra. Las palabras de Arven no lograron apaciguar del todo la tormenta en su pecho, pero, al menos, consiguieron quitarle parte del plomo que le aplastaba los hombros.

—Pues... Los rumores siempre encontraron terreno fértil en un rincón tan pequeño como Grey Hollow —comenzó a decir, su voz aún frágil—. Hubo un tiempo en que corrió la voz d e que en el interior del santuario...

Se interrumpió, dejando escapar un suspiro denso que delataba el peso de sus propios recuerdos.

—... se custodiaba un objeto que, según decían, había pertenecido a un dios antiguo. O a un héroe de las viejas leyendas locales. Pero...

Ashley frunció el ceño, intentando desenredar las historias que los ancianos solían murmurar cuando creían que los niños no escuchaban.

—Pero aquellas figuras no eran tan nobles como se les retrataba. De hecho, se asemejaban más a seres perversos que a verdaderas deidades u hombres ilustres. Si te soy sincera, jamás presté fe a tales relatos... pero, de un día para otro, la gente simplemente enmudeció. Nadie en la aldea volvió a pronunciar sus nombres.

Arven clavó la mirada en la piedra caliza del suelo durante unos largos segundos, dejando que las palabras de la muchacha resonaran en silencio. Cuando finalmente habló, su voz era un susurro bajo.

—Eso no es habladuría cualquiera. —levantó la cabeza, observando a Ashley detenidamente—. Los cuentos sobre reliquias de dioses antiguos casi siempre son meras exageraciones de campesinos, pero nunca brotan de la nada.

Hizo una pausa, permitiendo que el fluir del arroyo llene el vacío mientras ordena sus pensamientos.



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En el texto hay: intriga, fantasia oscura, grimdark

Editado: 19.07.2026

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