Between Order and Decay: Edrath

Dunmarrow

—Muy gracioso, Arven —replicó Ashley, con la voz llena de sarcasmo que, por primera vez logró abrirse paso entre la tragedia—. Tal vez debí dejar que esta hermosa fiera te arrancará un par de dedos antes de ayudarla.

Continuó hundiendo las manos en el espejo pelaje del animal, que mintió un ronroneo grave en respuesta. Mientras sentía el calor que el animal le brindaba, un nombre acudió a su mente. Nabia. Sí, Nabia le sentaba bien.

—Seguiré recorriendo este camino —Añadió la joven—. Caminaré hasta encontrar las respuestas que busco, Arven.

Ashley alzó la mirada hacia él, pero sus ojos ya no buscaban consuelo ni orientación. Escudriñó la silueta del hombre recostado contra la piedra, su postura tensa a pesar de la herida.

—Tú pareces saber mucho más de lo que aparentas —aventuró, acortando la distancia entre ambos con el peso de sus palabras—. En el bosque me dejaste claro que no eras un simple mercader. Entonces, ¿qué eres?, ¿Quién eres realmente, Arven Calder?

Cuando las palabras cargadas de sarcasmo abandonaron los labios de Ashley, Arven dejó escapar un leve sonido por la naríz. Esta vez, el gesto rozó la risa

—Tal vez habría sido una lección justa —Murmuró—.

Al escuchar la pregunta directa sobre su identidad, el rostro del hombre cambió sutilmente. La caverna se sumió en un tenso silencio durante varios segundos, quebrado únicamente por el siseo del viento que se colaba por la entrada

Arven no respondió de inmediato. Sopesó sus palabras. Finalmente, rompió la quietud.

—No soy un mercader. —Hizo una pausa—. Pero, en ocasiones, resulta de gran utilidad aparentar serlo.

Apoyó la cabeza contra la escarpada pared de piedra a su espalda, controlando su respiración.

—Viajo —continuó, con una voz serena y desprovista de alarde—. Recopiló información. Indigo en asuntos que la mayoría de los hombres preferiría sepultar en el olvido.

—... Historias de tiempos remotos. Órdenes que el tiempo devoró. Artefactos que por el bien de este mundo, no deberían existir.

Ashley exhaló un suspiro largo y pesado al escuchar las palabras de Arven, este dejó que el sonido del agua lavara el peso de sus confesiones antes de añadir la última pieza faltante.

—Años atrás, prestaba servicio a una institución —reveló, bajando el tono de su voz—. Una orden académica, si se la quiere llamar así. Dedicada en cuerpo y alma a estudiar reliquias antiguas.

—... Pero hace ya mucho tiempo que dejé de trabajar oficialmente para ellos.

Su mirada se tornó distante por un instante fugaz, pérdida en pasillos y rostros que habían quedado muy atrás.

—Ahora, sencillamente… sigo los rastros que encuentro a mi paso.

—... Rastros como ese.

Hizo un leve gesto con la cabeza hacía el zurrón donde reposaba el amuleto. Arven observó a la criatura por un instante antes de devolver su atención a la joven.

—Y tú, Ashley Albellane… —Su voz se tornó más suave, despojado de su dureza habitual—. Acabas de tropezar de lleno con uno de esos rastros.

El viento silbó de nuevo en la entrada, un recordatorio de la noche profunda e insondable que reinaba en el exterior. Arven exhaló con lentitud.

—Pero de eso… podemos preocuparnos mañana.

Su respiración se volvió más lenta, rítmica y pesada. El sueño y la pérdida de sangre comenzaba a exigir su tributo.

—Por ahora… Intenta dormir un poco. El mundo seguirá siendo exactamente igual de peligroso cuando amanezca.

Y con esas últimas palabras, la cueva quedó envuelta en un absoluto y sosegado silencio.

Ashley frunció el ceño levemente. Lejos de aplacar su intriga, las enigmáticas palabras de Arven solo habían logrado sembrar un sinfín de nuevas preguntas en su cabeza.

—Está bien… —Aceptó, en un susurro a regañadientes—. Pero mañana me contarás sobre tu vida.

Un leve puchero se dibujó en sus labios, traicionando por un segundo la madurez que la tragedia le había forzado a adoptar. Siempre había sido demasiado curiosa; la sola idea de dejar un misterio a medias la carcomía por dentro. Sin embargo, su propio agotamiento le recordaba que había asuntos mucho más apremiantes el día siguiente. Todo a su debido tiempo, se dijo a sí misma.

Se acurrucó por completo junto a Nabia. Apoyó la mejilla sobre el pelaje de la criatura, áspero y enmarañado por la rudeza de la vida salvaje.

—Buenas noches, Arven… —Murmuró en la penumbra, antes de rendirse por fin al peso del cansancio—.

La pálida luz del alba comenzó a filtrarse lentamente por la boca de la caverna, tiñendo las paredes de un gris ceniciento. Afuera, la espesura despertaba al compás de los trinos distantes de las primeras aves, aunque la brisa matutina aún conservaba la punzante mordedura del frío helado.
Por el momento, la amenaza inmediata parecía haber concedido tregua.

Nabia ya aguardaba despierta. Esta permanece erguida cerca de la entrada, con las orejas atentas y la vista fija en la bruma que flotaba entre los árboles. A poca distancia, la silueta del caballo continuaba pacíficamente junto al arroyo.

Aún recostado contra el frío muro de piedra, Arven abrió los ojos con lentitud conforme la claridad invadía la cueva. Llevó instintivamente la mano áspera hacia su costado para palpar el vendaje mojado; la hemorragia parecía haberse detenido, al menos por ahora.

Al percatarse de que Ashley se estaba despertando, el hombre la observó con una mirada sobria.

—Buenos días. Ashley.

El cabello de Ashley se agitó levemente cuando la brisa matutina se coló en la caverna. El aire frío y húmedo que ascendía desde el arroyo terminó por despertarla. Con lentitud, se incorporó sobre el duro suelo de piedra y parpadeó con dificultad. Se frotó el rostro con ambas manos. Todavía permanecía entumecida tras el profundo sueño provocado por el agotamiento del día anterior.

«¿Cómo es posible que Arven logre despertar tan temprano?», pensó para sí misma. Su mirada adormilada se desvió hacia Arven. A pesar del dolor de su costado, ya se encontraba erguido cerca de la salida.



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En el texto hay: intriga, fantasia oscura, grimdark

Editado: 30.07.2026

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