Between sky and sea

Capítulo 2

Shelly:

Salgo corriendo de mi apartamento rumbo a la calle donde sé perfectamente que estará llena de taxis disponibles porque con los últimos acontecimientos del vecindario, nadie toma esa ruta.

Veo muy poca concurrencia por aquí, y es algo que, en lo personal, me gusta y me espanta. Sobre todo en esa avenida.

Doblo en una esquina que verdaderamente da miedo. Y es que solo a Shelly Towers se le ocurre caminar por aquí, con una falda algo ajustada a sus curvas, un bolso de mano algo llamativo, y encima con tacones de aguja.

Vamos reservando en el cielo un lugar para mí, porque la verdad ni yo misma tengo fe de salir con vida de aquí. Menos cuando ya voy saliendo del callejón donde me metí sin estar en mis plenas facultades mentales y veo a tres chicos salir de una entrada muy poco confiable.

Esto no se ve bien.

—Mira que tenemos aquí— Habla con cierta ¿dulzura? el más alto de los tres, mirandome de pies a cabeza y deteniendose con cierta curiosidad en mi bolso. ¡Carajo!

—¿Qué hace una chica tan linda como tú por aquí?— Supongo qué me habla a mí, aunque le dirije la mirada a los otros dos.

Hay otro chico, parecen ser hermanos los tres porque se parecen mucho. Qué guapos son.

Concéntrate Shelly, ellos no son buenos.

—Te hice una pregunta, bonita— Ahora ya no es tan dulce como antes, más bien su tono de voz es ¿seductor? Camina hacia mí como si fuera modelo, pero luego se detiene, y justo ahora me doy cuenta de que estoy apretando mi bolso con mucha fuerza hacia mi pecho.

—Bue-e-enos días— Respondo más torpe que nunca. ¿En serio educación ahora? Ya estoy muerta.

—Primera persona que vamos a asaltar que es tan educada—Habla con cierta ironía el tercer chico—Buenos días.—Al menos es un delincuente educado, vamos avanzando como país.

—Bien, dejémosno de tanta educación y dame tu bolso. Si lo haces y sales callada por donde viniste, no te pasará nada—Me habla el primer chico. Recién noto que tiene ojos verdes, no como los míos, no, los suyos parecen de otro mundo. No los olvidaré jamás.

—A ver queridos compañeros—Hablo con la valentía que no sabía que tenía hasta ahora—Hagamos un trato.

—¿Un trato?—Me habla uno de ellos con un tono gracioso.

Perros, hay que sacar la prohibida. Adiós a mi dignidad por hoy.

—Sí, un trato.—Respondo.—Yo les hago un oral a cada uno y me voy—continuo, ¿de verdad?— Verdaderamente más que nunca necesito salir ilesa y con mi bolso en perfecto estado—Intento sonar desesperada.

—Verán, mi padre está de parto y mi mamá no ha llegado al hospital—Continúo, dándome cuenta tres segundos después de la perra estupidez que acabo de soltar.—¡No! Mi papá está trabajado y mi mamá de parto, ¡eso es!

No hay respuestas, pero sí muchas carcajadas que confirman de que aquí salgo sin bolso, con la cuca rota y aprendiendo a mentir.

Obtengo un asentimiento por parte del más alto, el de ojos imnotizantes. Supongo que esa es mi señal para perder mi dignidad.

Miro mis tacones, ¡Demonios! Son de aguja. Miro a mi alrededor, imposible que alguien me escuche incluso si grito con toda mi alma.

—¿Y bien, cuando empiezas?—Me miran con cierta intensidad.

En mi bolso tengo espacio suficiente para guardar mis tacones. Unos Loubottion que me compró Eveling por mi cumpleaños la semana pasada. No me dijo nada, pero sé que le costaron un pastón.

Pongo mi cartera en el suelo y me quito los tacones para ponerlos dentro del bolso. Subo mis manos hasta mis pechos y desabotono la camisa que traigo puesta hasta dejar una vista bastante considerada. Adiós dignidad o ¿no?

La mirada de cada uno de los tres está sobre mis movimientos. Subo un poco más mis brazos, y con una liga para cabello, sujeto mi pelo en un moño alto.

Veo mucha lujuria por aquí.

Me voy acercando a ellos que están quietos, pero les veo intenciones de caminar hacia mí.

Cuando menos se lo esperan, doy vuela en U, tomo mi bolso y salgo corriendo. Corro tan rápido como mis piernas me lo permiten. Miro hacia atrás, y ellos vienen tras de mí cuales perros infernales que son.

Doblo por las esquinas por donde vine y recuerdo todos los entramientos de atletismo que mi profesor de secundaria me obligaba a hacer. ¡Benditos ahora! Los perros vienen tras mí cómo si de verdad necesitasen que les mamara el pene. Están buenos, que vallan a un burdel y juraría que se lo harán gratis.

—¡Perra mentirosa!, ¡regresa aquí!—Me grita uno de ellos mientras doblo a toda velocidad en una esquina donde recuerdo que había cristales rotos por todo el suelo cuando iba de camino. Carajo.

—¡Púdranse si pensaron que se las iba a chupar, infelices!—Grito de regreso, sigo corriendo tan rápido como puedo. Siento como pequeños trozos del mugroso vidreo se incrustan en mis delicados pies.

Demonios me hice la pedicura hace ¡dos días!

—¡Fíjate que ya me estoy pudriendo!—Me responde otra de las tres voces. Imbéciles.

Ya veo la salida, unas cuantas sancadas más y me puedo mezclar entre el tumulto de la gente. Veo la luz del túnel.

Ah, no, solo es el reflejo de un auto en un maldito cristal.

Corro aún con más fuerza, la que ya no tenía y logro mezclarme entre los neoyorquinos que viven en la monotonía de la vida.

A lo lejos logro divisar a una silueta femenina que conozco muy bien. Eve. Miro por detrás de mí hombro y los tipejos ya se detuvieron. Me miran muy muy feo, pero me vale porque ya se detuvieron.

Regreso la mirada hacia adelante y perdí de vista a Eve. Lo más probable es que esté escuchando la lista de reproducción que organizamos para parecer modelos de Victoria's Secret mientras caminamos. No importa si no la alcanzo ahora, la encontraré en la sala de espera para candidatas, de DreamAir Company.

Busco con calma un lugar donde sentarme. Encuentro uno perfecto: un banco, donde duerme un señor en situación de calle. Solo espero no molestarlo para que pueda descansar.




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