Between takes

Elio

Las emociones se arremolinaban por la ambulancia, haciendo que el aire se volviera pesado. Sentía que respirar se le dificultaba. Esperaría que, con ocho años trabajando en estas situaciones, se volvieran más fáciles de llevar, pero la verdad era que no; ahora creía que nunca sería más fácil.

​El miedo del hombre sobre la camilla era absorbido por él con violencia; la adrenalina se le clavaba como una flecha en el pecho y saboreaba la impaciencia del conductor por encontrar la ruta más rápida para llegar al hospital.

​Él mismo sentía cómo sus emociones fluían directo al hoyo negro que tenía en el estómago.

​—¡La presión está cayendo! —gritó su compañero, ajustando desesperadamente el flujo del suero mientras el monitor cardíaco lanzaba alertas agudas que perforaban los oídos—. ¡80/50, Elio! Lo perdemos, ¡necesitamos hacer algo ya!

​Elio apretó los dientes. El hoyo negro en su estómago dio un vuelco, succionando el pánico que inundaba la unidad con una fuerza que le hizo vibrar los molares. Podía sentir el corazón del hombre bajo sus manos latir erráticamente.

​El hombre, que hasta ese momento tenía los ojos abiertos inundados de terror, los estaba cerrando poco a poco.

​—¡Señor, no se duerma! ¡Lo necesito conmigo! —le dijo Elio con la voz cargada de desesperación. Sentía su cuerpo vibrar por la energía contenida y por la que seguía absorbiendo.

​En un movimiento rápido, se subió a la camilla a horcadas del paciente. El hombre no tenía heridas visibles, pero cuando llegaron al lugar estaba en el suelo convulsionando. Ya en la ambulancia, había quedado en completo shock, engarrotado y con su cuerpo emanando miedo por montones.

​—¿Cuánto nos falta? —gritó, poniendo sus manos sobre el pecho del paciente. Necesitaba concentrarse antes de que tuviera un infarto.

​—¡Llegamos en cinco!

​—Miller, prepárate para bajar la camilla solo. Lo voy a estabilizar hasta que entremos.

​Miller asintió.

​Aunque las emociones seguían espesando el aire a su alrededor, Elio se concentró en la energía crepitante en su interior. La sintió fluir por sus antebrazos; dicha maniobra necesitaba de una concentración quirúrgica. Una microdescarga de vibración constante viajó desde sus palmas directamente al miocardio del paciente.

Pum, pum.

​Sincronizó su ritmo cardíaco, empujando la sangre y estimulando las arterias.

​—¡Se estabiliza! —miró al frente y dijo—: Estamos a dos calles.

​Elio no contestó. Ahora necesitaba prestar atención a la raíz del problema, algo que no cualquier doctor podría solucionar.

Estrés singular.

​Día con día, las crisis de estrés singular se volvían más frecuentes. Una persona normal, sin ningún poder, sucumbía al estrés o, por un fuerte choque emocional, el gen singular inactivo en su interior explotaba.

​Era una mera casualidad que Elio pudiera manipular la energía; al fin y al cabo, las singularidades eran, en palabras sencillas, energía pura.

​Si bien manipular energía era una parte clave de su poder, no era el matiz principal. Emociones. El motor de su poder y el detonante de estas crisis.

​Con las manos aún sobre su pecho, se concentró en el miedo que se envolvía sobre el corazón del hombre; requería de sutileza. Si arrebataba la emoción de un golpe, el paciente entraría directo en paro y cada pequeño vaso sanguíneo explotaría.

​La ambulancia entró al estacionamiento del hospital y se detuvo en urgencias, donde un grupo de enfermeras y doctores los esperaba. Miller abrió las puertas de golpe y bajó de un salto.

​—¡Necesito ayuda con la camilla! —gritó.

​Un par de camilleros corrieron a ayudarlo junto con un doctor de la Unidad de Emergencias que los seguía apresurado.

​—Masculino de unos cuarenta años, sin heridas visibles, con ataque epiléptico y caída de presión estabilizada.

​—¡Es una crisis de estrés singular! —La camilla se sacudió cuando fue bajada; rápidamente se encontró siendo empujado hacia el interior del hospital mientras el doctor los seguía—. Me estoy encargando del detonante.

​Sintió una gota de sudor bajar por su frente y sus ojos se encontraron con los del paciente. Unos ojos en shock le devolvieron la mirada; vio el momento justo en que el cuerpo del hombre se relajó y cerró los ojos.

​Elio se sentía cargado, caliente y el cuerpo le zumbaba. Con agilidad, se bajó de la camilla.

​—Su presión volverá a caer —le informó al doctor, quien rápidamente se llevó al paciente.

​Se sentía cansado y agitado, como un refresco hinchado buscando el mínimo espacio para escapar. Miller lo esperaba sentado en la ambulancia.

​—Eso estuvo... —chifló, como si él también necesitara dejar salir un poco de energía—. Intenso. Vete a casa, yo me encargo de limpiar la unidad.

​No se negó.

​Después de sacar sus pertenencias de los casilleros, se detuvo en el callejón trasero para cambiarse. Una chaqueta técnica y una máscara que le cubría de frente a nariz lo saludaron. Se tomó su tiempo para transformarse.

​Ahora, sin la necesidad de contenerse, dejó que la energía acumulada saliera como una pequeña explosión que lo impulsó hacia arriba.



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Editado: 07.05.2026

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