Bitácora para un sueño inquieto

La vela que amaba la oscuridad

En el rincón más profundo de un antiguo cajón de madera, vivía una vela de cera blanca y mecha impecable. A diferencia de sus compañeras, que soñaban con el brillo de los candelabros y el calor de las mesas festivas, ella amaba la quietud de su encierro.

Había escuchado las historias de las velas que regresaban al cajón convertidas en restos deformes y fríos, y había decidido que su mayor tesoro era su propia integridad. "Mientras permanezca aquí, en la oscuridad, seré eterna", se decía a sí misma, acariciando su cuerpo liso y perfecto.

Para ella, la oscuridad no era un vacío, sino un escudo que la protegía del destino inevitable de todas las de su clase: consumirse hasta desaparecer.

Pasaron los inviernos y la vela se volvió experta en el silencio. Veía cómo otras velas entraban y salían, escuchaba el clic de los fósforos y el suspiro final de las llamas al apagarse.

Cada vez que la mano de un humano rozaba el cajón, ella se encogía hacia el fondo, rezando para no ser elegida. Pensaba que la luz era una enfermedad que devoraba la existencia, y que su blancura era un monumento a la prudencia.

Sin embargo, en su afán por conservarse, la vela empezó a sentirse extrañamente vacía. Estaba completa por fuera, pero por dentro era solo un bloque de cera endurecida que nunca había sentido el calor de un propósito.

Una noche, el mundo fuera del cajón se volvió caótico. Se escuchó el estruendo de un trueno y, de pronto, el silencio absoluto de un apagón.

La tapa del cajón se abrió con violencia y una mano temblorosa buscó desesperadamente en el fondo. Esta vez no hubo lugar donde esconderse.

La vela sintió el aire frío de la habitación y, antes de que pudiera protestar, el rudo roce de un fósforo encendió su mecha. Al principio, el dolor fue agudo; sintió cómo el fuego devoraba su cabeza y cómo la primera gota de cera caliente resbalaba por su costado.

"Este es el fin", pensó con terror, viendo cómo su cuerpo perfecto empezaba a menguar.

Pero entonces, la vela miró hacia adelante. La luz que emanaba de ella estaba iluminando el rostro de un niño pequeño que lloraba en una esquina, aterrado por las sombras de la tormenta.

Al ver el brillo de la vela, los ojos del niño se secaron y una pequeña sonrisa de alivio apareció en sus labios. El niño tomó la vela entre sus manos y sintió su calor.

En ese instante, la vela comprendió algo que la oscuridad nunca le pudo enseñar: su blancura no servía de nada si nadie podía verla, y su eternidad en el cajón era solo una forma lenta de estar muerta. Cada gota de cera que perdía no era una pérdida, sino un regalo de seguridad para alguien más.

La noche fue larga y la vela se fue haciendo cada vez más pequeña. Sintió cómo su mecha se acortaba y cómo el calor llegaba al final de su cuerpo.

Mientras veía al niño dormir profundamente, arrullado por el suave baile de su llama, la vela se sintió más brillante y viva que nunca en su larga vida de sombras.

Cuando el primer rayo de sol entró por la ventana y el niño la apagó con un soplo suave, solo quedaba de ella un pequeño círculo de cera tibia. La vela murió esa mañana, pero se fue sabiendo que haber brillado una sola noche para disipar el miedo valía mucho más que mil años de perfección en la oscuridad.




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