Dax era un grillo pequeño que vivía en un rincón del jardín donde la maleza crecía tanto que el sol casi nunca llegaba a tocar el suelo. Mientras los otros grillos de la colonia pasaban las tardes saltando de una piedra a otra, compitiendo por ver quién era más rápido o quién encontraba el mejor trozo de fruta caída, él prefería quedarse inmóvil bajo la sombra de una hoja seca.
No era que Dax fuera perezoso o que le faltaran fuerzas, simplemente tenía una paciencia distinta. Él no buscaba llenar su estómago para el invierno ni le interesaba demostrarle nada a nadie; su vida entera estaba volcada hacia el momento en que el cielo se ponía oscuro y aparecía la dueña de todos sus pensamientos.
Para Dax, la Luna no era un objeto lejano ni una luz fría que alumbraba por casualidad. En su pequeña cabeza, él estaba convencido de que esa esfera de plata era una presencia viva que bajaba cada noche para vigilar su rincón del mundo.
Se sentía tan diminuto e invisible que la idea de tener a alguien tan grande cuidándolo desde arriba era lo único que le daba sentido a sus días. A veces, cuando el viento soplaba fuerte, él se aferraba a su hoja y miraba hacia lo alto, jurando que si lograba cantar con suficiente amor, ella terminaría por conmoverse y bajaría a decirle que no estaba solo.
Esa esperanza era su alimento y su única posesión.
La desgracia llegó con una noche de octubre que trajo consigo un frío que el jardín no estaba listo para soportar. La escarcha empezó a cubrir las hojas y el aire se volvió tan pesado que quemaba al entrar en los pulmones.
Dax sintió que sus patas ya no respondían con la misma agilidad y que sus alas, que antes eran brillantes y elásticas, ahora se sentían rígidas y quebradiza. Entendió entonces que el invierno no iba a darle tiempo de despedirse.
Su corazón latía cada vez más lento, como un reloj que se queda sin cuerda en medio de la noche.
Miró hacia el cielo y vio que la Luna estaba más redonda y brillante que nunca, reinando sobre un firmamento limpio de nubes. Con un esfuerzo que le recorrió todo el cuerpo como un escalofrío doloroso, Dax se puso de pie y se preparó para su última función.
No fue un chirrido potente como el de sus años de juventud, sino un sonido suave y arrastrado que parecía un susurro largo en medio del silencio absoluto. Cantó sobre las noches que pasó temblando bajo la lluvia, sobre lo mucho que agradecía su luz y sobre cómo haberla amado desde lejos había sido lo mejor de su existencia.
Con cada movimiento de sus alas sentía que se le escapaba un pedazo de vida, pero no se detuvo hasta que el último aliento de aire salió de su pecho.
Las fuerzas se le terminaron de golpe y Dax cayó de lado sobre la tierra que ya empezaba a congelarse. Todo se volvió borroso y el miedo de morir en la oscuridad total empezó a rodearlo.
Sin embargo, en ese último instante, una gota de rocío pesada resbaló de una rama de menta y se quedó suspendida en el suelo, justo a unos milímetros de su cara. En el centro de esa gota se reflejó la Luna llena, viéndose inmensa y cercana debido a la curva del agua.
Dax estiró una de sus patitas temblorosas y tocó la superficie fría del rocío, sintiendo que finalmente estaba tocando el rostro de su amada. Murió con esa paz en los ojos, creyendo que ella había bajado del cielo solo para no dejarlo irse solo.