Bitácora para un sueño inquieto

La ciudad de los relojes de arena

En la ciudad de Altagracia, nadie nacía con un nombre, sino con un peso colgado al cuello: un reloj de arena, sellado con plomo. No era un reloj para medir el paso de los días ni las estaciones. El mecanismo era mucho más cruel. La arena solo caía cuando estabas en presencia de la persona a la que estabas destinado a amar. Si estabas solo, los granos permanecían estáticos, suspendidos en un presente eterno; pero en cuanto tus ojos se cruzaban con los de esa persona, el tiempo empezaba a escurrirse con un siseo metálico que solo tú podías oír.

Mateo descubrió quién era su otra mitad a los diecisiete años, en una plaza inundada de gente. Fue ver a Clara y sentir un tirón en el pecho, seguido del primer "clac" de un grano de arena golpeando el fondo del cristal. Se asustó. Miró su reloj y vio que el compartimento superior estaba rebosante, pero el hilo de polvo dorado ya había comenzado su descenso. Clara también lo miraba, con la mano apretada sobre su propio pecho, donde su reloj latía con la misma urgencia.

Al principio, se entregaron al incendio. Pasaban tardes enteras bajo los fresnos, hablando de todo y de nada, viendo cómo la montaña de arena crecía abajo mientras el vacío ganaba terreno arriba. Pero un día, Mateo hizo el cálculo. A ese ritmo, en cinco años el cristal estaría vacío. Y la ley de Altagracia era absoluta: cuando el último grano caía, la presencia del otro se volvía insoportable, un rechazo físico que obligaba al exilio o al olvido.

El miedo se instaló en el cuarto de Mateo antes que la madurez. Empezó a cronometrar sus citas. Si Clara quería ir al cine, él decía que solo podían verse en el intermedio. Si ella quería caminar por el río, él insistía en ir corriendo para que el encuentro durara menos. Clara lo miraba con una tristeza que Mateo confundía con cansancio.

—Mateo, mírame —le decía ella, intentando tocarle la cara.
—No puedo, Clara, si te miro, la arena cae más rápido —respondía él, cerrando los ojos con fuerza, ahorrando segundos como si fueran monedas de oro.

Finalmente, Mateo tomó la decisión más lógica y más cobarde. Se mudó a la periferia de la ciudad, donde las calles eran de tierra y no había riesgo de encontrársela. Se convenció de que estaba siendo un héroe, un guardián de su amor. "Si no la veo, la arena no cae. Si la arena no cae, nuestro amor no se termina nunca", se repetía mientras cenaba solo en una mesa para uno.

Pasaron las décadas. Mateo se convirtió en un anciano de movimientos lentos y ojos amarillentos. Su reloj de arena estaba casi intacto; el compartimento superior seguía lleno hasta el borde, un tesoro de tiempo que nunca se atrevió a gastar. Se sentía orgulloso. Había vencido al destino. Había conservado la posibilidad del amor durante cincuenta años, aunque no hubiera sentido el calor de una mano en todo ese tiempo.

Un invierno, sintió que el frío se le metía en los huesos de una forma definitiva. Comprendió que de nada servía tener el reloj lleno si el cuerpo que lo cargaba se estaba apagando. Con las manos temblorosas, caminó de regreso al centro de Altagracia. Buscó la casa de Clara, impulsado por la idea de que ahora, al final, podrían gastar toda esa arena acumulada en un último y glorioso incendio.

Encontró la casa, pero no a Clara. Una mujer joven, con un reloj medio vacío al cuello, le abrió la puerta y le dijo que Clara había muerto hacía años. Le entregó una pequeña caja de madera que le había dejado encargada "al hombre que vivía con los ojos cerrados".

Mateo abrió la caja en la soledad de la plaza donde se conocieron. Dentro estaba el reloj de Clara, completamente vacío. El cristal inferior estaba lleno de un polvo grisáceo y desgastado de tanto rozar contra sí mismo. No quedaba ni un solo grano arriba.

Mateo entendió entonces que Clara no se había escondido. Ella se había gastado su tiempo buscándolo en las esquinas, mirando hacia su ventana, pronunciando su nombre al viento y aceptando cada segundo de pérdida con tal de mantener viva la llama de su recuerdo. Ella había muerto en la indigencia del tiempo, pero con el corazón exhausto de tanto haberlo usado.

Mateo miró su propio reloj, tan pesado y lleno de arena dorada y brillante. Intentó sacudirlo para que cayera, para regalárselo a la sombra de Clara, pero el cristal estaba sellado y el tiempo no tiene marcha atrás. Se quedó siendo el hombre más rico en segundos de toda Altagracia, descubriendo demasiado tarde que la arena que se ahorra se convierte en ceniza, y que el tiempo que no se entrega a otro no es tiempo ganado, sino vida desperdiciada en un frasco de vidrio que nadie más va a tocar.




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