Pipo era un pelícano que vivía en un muelle donde los pescadores limpiaban sus redes. Mientras los demás pelícanos buscaban peces vivos en el mar, Pipo se quedaba en la orilla esperando las sobras. No quería pescar; quería acumular.
Su obsesión no era el sabor, sino la sensación de tener el pico lleno. Un día, encontró un mercado de mariscos desatendido. En lugar de comerse un par de pescados y seguir su camino, Pipo empezó a meterse todo lo que veía en la bolsa del pico: sardinas, cabezas de salmón, trozos de hielo, incluso un par de cangrejos vivos que le pellizcaban la garganta.
—"Pipo, suelta eso,"— le dijo una gaviota. —"Si intentas volar con tanto peso, te vas a hundir."
Pero Pipo no podía responder porque no le cabía ni un suspiro. Sus ojos estaban desorbitados y fijos, tensos por el esfuerzo monumental de mantener el pico cerrado y que nada se escapara. Vio a lo lejos que un pescador tiraba una red llena de desperdicios en una roca mar adentro. Era el banquete final.
Pipo intentó despegar. Sus alas batieron el aire con desesperación, pero sus patas apenas se separaban del suelo. En lugar de escupir un poco de carga para aligerarse, decidió que si caminaba por el muelle y saltaba desde la punta, el viento haría el resto.
Corrió con el cuello balanceándose. Al llegar al final, saltó. Por un segundo sintió que flotaba, pero la gravedad no perdona a los glotones. Cayó al agua como una piedra. La bolsa de su pico, pesada y llena de agua de mar que entró al abrirse, lo arrastró hacia el fondo.
Bajo el agua, Pipo veía la luz del sol allá arriba, pero su propia "riqueza" lo mantenía anclado. Solo cuando empezó a quedarse sin aire, tuvo que soltarlo todo. Pero para cuando vació el pico, sus alas estaban empapadas y sus fuerzas agotadas. Logró salir a la superficie, pero pasó tres días flotando como un tronco, viendo cómo otros se comían lo que él no pudo disfrutar por querer quedárselo todo.