Bitácora para un sueño inquieto

La ventana de los paisajes

En el hospital de San Judas, un edificio de paredes descascaradas y olor a desinfectante, compartían habitación dos hombres que el destino había unido en el crepúsculo de sus vidas. El primero, situado junto a la puerta, era un hombre joven llamado Adrián, cuya amargura era tan espesa como la niebla. El segundo, junto a la única ventana del cuarto, era Don Elías, un anciano de manos nudosas y ojos que parecían guardar chispas de una fogata antigua.

Adrián pasaba los días mirando el techo, contando las grietas del yeso, quejándose del ruido de los carritos de comida y del brillo excesivo de las lámparas fluorescentes. Para él, la habitación era una celda de castigo. Don Elías, en cambio, pasaba horas sentado frente al vidrio, narrando en voz alta lo que veía afuera.

—¡Muchacho, no te imaginas lo que está pasando hoy! —decía el viejo con entusiasmo—. Han instalado una feria justo debajo. Hay una rueda de la fortuna que llega casi hasta nuestra altura, pintada de un rojo tan brillante que parece fuego. Hay niños corriendo con algodones de azúcar, y un domador de leones que acaba de hacer una reverencia a una mujer vestida de seda.

Adrián escuchaba en silencio. Al principio con escepticismo, pero pronto empezó a vivir a través de las palabras de Elías. Gracias al viejo, Adrián vio desfiles de elefantes con mantas bordadas en oro, vio tormentas de nieve donde los copos bailaban como bailarinas de ballet, y vio mercados flotantes donde los barcos vendían frutas que brillaban como joyas.

Durante meses, el callejón invisible se convirtió en el escenario de las fantasías más hermosas del mundo. Adrián dejó de quejarse; ahora esperaba el amanecer para que Elías abriera las cortinas y le contara qué milagro había decidido ocurrir ese día.

Sin embargo, la envidia comenzó a pudrir la esperanza de Adrián. "¿Por qué él tiene la ventana?", pensaba por las noches. "¿Por qué él es quien ve los desfiles y yo solo recibo las sobras de su relato?". La amargura regresó, pero esta vez dirigida al anciano.

Una madrugada, Don Elías comenzó a toser con una violencia que sacudía su frágil cuerpo. Buscó desesperadamente el botón de emergencia, pero se le escapó de las manos y cayó al suelo. Adrián lo vio todo desde su cama, en la penumbra. Sabía que si gritaba o pulsaba su propio botón, las enfermeras llegarían a tiempo. Pero no lo hizo. Se quedó inmóvil, mirando el techo, pensando que, si el viejo se iba, la ventana por fin sería suya.

Al amanecer, las enfermeras se llevaron el cuerpo frío de Don Elías. Adrián, con prisa, pidió que lo trasladaran a la cama de la ventana. Las enfermeras, extrañadas por su urgencia, lo ayudaron a mudarse.

En cuanto se quedó solo, Adrián, temblando de anticipación, se incorporó sobre los codos y miró por el vidrio. Esperaba ver la rueda de la fortuna, el mercado de seda o al menos un árbol lleno de pájaros. Pero al asomarse, se quedó petrificado.

Del otro lado del cristal no había nada más que una pared de ladrillos grises, sólida y muda, situada a menos de un metro de distancia. No había feria, ni niños, ni nubes, ni desfiles. Solo el vacío de un callejón ciego y sucio.

Adrián se hundió en las almohadas, sintiendo que el aire le faltaba de una manera distinta.

Don Elías no era un mentiroso, sino un creador. El anciano no le había descrito la realidad que sus ojos veían, sino la belleza que su espíritu necesitaba para sobrevivir. Elías había construido un universo entero de ladrillos y sombras para salvar a Adrián del mismo odio que terminó por matarlo.

Don Elías se había ido rico en mundos imaginarios, mientras que Adrián se quedaba solo, dueño absoluto de una ventana.

El mundo no es lo que tienes frente a los ojos, sino lo que decides construir con lo que tienes. La verdadera ceguera no es la de la vista, sino la del corazón que prefiere la verdad gris a la bondad que ilumina.




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