Bitácora para un sueño inquieto

El salmón y el caracol

Seba era un salmón de casi un metro, con escamas plateadas y una cola que parecía un motor. En el río, todos lo conocían porque no perdía el tiempo en las orillas; siempre estaba en el centro, donde la corriente es más fuerte, solo para demostrar que podía. Era el tipo de pez que daba saltos fuera del agua solo para que las moscas lo vieran.

En la base de la Gran Cascada, una pared de piedra lisa de doce metros de altura, Seba se encontró con Rito, un caracol que apenas medía un par de centímetros. El caracol ya estaba pegado a la roca, moviéndose a un ritmo que daba sueño solo de verlo.

—"Oye, estorbo, quítate de ahí,"— gritó Seba, golpeando el agua con la cola para salpicar al caracol. —"Esa pared es para animales con músculos, no para mocos con concha. Vas a tardar un año en subir un metro y yo voy a estar arriba en tres saltos. Me estorbas la vista."

Rito no se detuvo. Ni siquiera sacó las antenas para mirar quién le gritaba. Se limitó a apretar su cuerpo contra el granito húmedo y avanzar otro milímetro. Para él, Seba no era un campeón, era solo ruido.

Seba se alejó un poco para tomar impulso. Nadó hacia el fondo, acumuló velocidad y salió disparado. Fue un salto impresionante: tres metros de altura. Pero la pared de piedra no tenía dónde agarrarse. Seba golpeó el granito con la nariz y cayó de espaldas al agua. El impacto lo dejó mareado unos segundos.

—"Fue un error de cálculo,"— se justificó Seba ante un grupo de truchas que miraban. —"El ángulo del sol me dio en los ojos. El siguiente será el definitivo."

Mientras tanto, Rito ya había avanzado diez centímetros. Su técnica no tenía estilo: avanzaba, succionaba la piedra, descansaba un segundo y repetía. No intentaba nada heroico, simplemente no dejaba de moverse.

Seba saltó por segunda vez. Llegó a los cuatro metros, pero la gravedad lo jaló de nuevo hacia abajo. Se golpeó el costado contra una piedra del fondo y perdió un par de escamas. La rabia le empezó a ganar al talento.

—"¡Esta maldita cascada está mal hecha! ¡El agua baja con demasiada presión!"— gritaba Seba, cada vez más agitado.

Pasaron las horas. Seba saltó cincuenta veces. En cada intento usaba más fuerza, pero su técnica se volvía descuidada por la desesperación. Sus músculos empezaron a acalambrarse. Se quedó en una poza lateral, jadeando, con la boca abierta y las aletas temblorosas.

—"Voy a esperar a que llueva,"— decidió Seba, dándose por vencido. —"Cuando el nivel del río suba, esto será pan comido para alguien como yo. No tiene sentido gastar mi energía en condiciones tan mediocres."

Se quedó dormido en el fango de la orilla, convencido de que su "gran momento" llegaría después.

A la mañana siguiente, cuando el sol apenas salía, Seba despertó y miró hacia arriba. En el borde superior de la cascada, justo donde el agua se vuelve plana y tranquila, había un pequeño rastro de baba que brillaba con la luz del amanecer. En la punta de la piedra, Ciro terminaba de subir el último centímetro.

El caracol no estaba cansado ni herido. Simplemente había pasado toda la noche haciendo lo mismo: avanzar un milímetro tras otro. No necesitó el "momento perfecto", ni que subiera el río, ni dar saltos espectaculares. Solo necesitó no detenerse.

Seba se quedó abajo, con sus músculos de atleta y su talento desperdiciado, esperando una lluvia que no llegaba, mientras el caracol, que no tenía nada más que terquedad, ya estaba en la laguna de arriba disfrutando del agua fresca.

Seba entendió que el talento sin trabajo es solo una promesa vacía. El que confía solo en su capacidad natural se rinde en cuanto las cosas no salen a la primera o cuando se aburre del esfuerzo. La constancia es aburrida y lenta, pero es la única que llega a la meta cuando el talento se cansa de presumir.




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