Bitácora para un sueño inquieto

El perro de la ventana

Bruno era un perro mestizo, de pelo corto y color arena, que pasaba la mayor parte de su vida sobre una silla de madera vieja, pegado al marco de la ventana que daba a la calle. Al principio, cuando llegó a la casa, el panorama era distinto; su dueño jugaba con él en el patio trasero por las tardes y la casa se sentía llena. Pero con el paso del tiempo, el hombre consiguió un trabajo más demandante en el centro de la ciudad. Las rutinas cambiaron, los horarios se alargaron y los fines de semana comenzaron a llenarse de planes donde los animales no tenían espacio.

Bruno no entendía de contratos ni de horarios, pero entendía de ausencias. Dejó de dar vueltas por el jardín, arrumbó su pelota de goma debajo de la sala y concentró toda su existencia en ese pequeño vidrio. Se pasaba las horas con las orejas levantadas, el cuerpo tenso y los ojos fijos en el pavimento, observando pasar los carros. Su corazón se aceleraba cada vez que un motor similar al de su dueño bajaba la velocidad en la esquina.

Pasaba el día entero despierto, con las patas entumecidas por la falta de movimiento y los ojos enrojecidos por el polvo del ventanal, repitiéndose a sí mismo que debía estar alerta para el momento del regreso.

Los vecinos se acostumbraron a ver su silueta inmóvil a través del cristal. El perro se estaba gastando las fuerzas en una vigilia interminable, descuidando su propia vida, su comida y su descanso por el puro miedo a perderse el instante exacto en que el coche diera la vuelta por la acera. Vivía con el corazón cansado de tanto esperar.

Una noche de viernes, el reloj de la sala marcó las tres de la mañana. Bruno seguía en la silla, con el hocico apoyado en el marco de madera fría. Finalmente, los faros del carro iluminaron la pared de la entrada. El motor se apagó y se escuchó el tintineo de las llaves detrás de la puerta.

Bruno, a pesar del dolor en sus articulaciones y el cansancio acumulado de las horas de espera, saltó de la silla con las pocas fuerzas que le quedaban. Corrió a la entrada moviendo la cola de lado a lado, saltando y emitiendo un pequeño quejido de desahogo y alegría por ver que el hombre por fin estaba ahí.

El dueño entró arrastrando los pies, oliendo a alcohol y con la corbata floja. Venía de malas, fastidiado por el tráfico y la hora. Al sentir que el perro se le encimaba y le estorbaba el paso, el hombre soltó un bufido de frustración, estiró la pierna con fuerza y empujó a Bruno hacia un lado, obligándolo a retroceder contra la pared.

—Quítate de aquí, déjame en paz —le gritó con voz áspera, sin siquiera mirarlo a los ojos.

El hombre caminó directo a su recámara, cerró la puerta de un golpe y dejó la casa en completo silencio. Bruno se quedó solo en el pasillo oscuro, con el pecho agitado y la cola inmóvil. Sintió un peso enorme en el cuerpo, un dolor que no venía de las patas ni de los años, sino de la certeza de saber que era invisible.

Caminó despacio de regreso a la sala, subió a la silla con dificultad y volvió a pegar la nariz al vidrio frío de la ventana, entendiendo con una tristeza que se estaba matando la vida por alguien para quien él era solo un mueble más que estorbaba al pasar.

Hay corazones que se desgastan y se vuelven viejos esperando migajas de atención. Nos pasa cuando nos aferramos a personas que ya hicieron su vida y no tienen espacio para nosotros, destruyéndonos en una espera eterna por alguien que ni siquiera se detiene a pensar en lo mucho que nos está costando esperarlo.




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