Blacks Queen

Capitulo 1

Bajo un eclipse solar, una pequeña criatura humana fue dejada a los pies de un árbol de ramas caídas. El tronco inclinado parecía un refugio improvisado, como si la propia tierra hubiese abierto los brazos para recibirla.

Era un bebé de ojos violetas y profundos. No lloraba.

De su pequeño cuello colgaba un collar de rara procedencia: un pendiente en forma de corazón, hueco por dentro, pero sellado por fuera. En el centro había una delicada ranura... aunque la llave no se encontraba allí.

Sus ropajes eran telas finas, desconocidas incluso para los más ancianos. Plateadas y doradas, brillaban con una luz suave. Sobre su pecho descansaba una carta.

"Cuidad de nuestra hermosa creación, nacida de nuestro amor infinito.
Criadla bajo la adoración a la luna y dejadla ser.
Ella misma encontrará su camino y su propia esencia.
Gracias."

El árbol se alzaba cerca del templo donde el pueblo rendía culto a la diosa lunar. Cuando los pueblerinos regresaban de la ceremonia, escucharon una risa.

No un llanto. Una risa.

Siguieron el sonido hasta encontrarla. Una niña que reía como si el mundo no pudiera hacerle daño. Sus ojos no mostraban miedo, sino una curiosidad despierta, casi desafiante. Su piel tenía un brillo inexplicable, como si la noche misma la hubiese besado.

Algo en ella los cautivó. La adoptaron sin preguntas, sin temor, como si siempre hubiera pertenecido allí.

Nadie le dio nombre. Respetaron la carta. Nunca estuvo sola. Siempre había manos cuidando sus pasos. Pero por las noches no dormía: le gustaba mirar las estrellas. Parecía escucharlas. A veces, incluso, responderles.

Aun rodeada de afecto, la soledad se instaló en su pecho. Los niños volvían a casa, a los brazos de una madre, a la voz de un padre. Ella no. Aceptó esa ausencia con el tiempo. La enterró hondo, donde no doliera tanto.

Una tarde, mientras jugaba con otros niños, uno de ellos se adelantó con una sonrisa cruel. Era el hijo del patriarca del pueblo.

—Huérfana —dijo—. No puedes jugar con nosotros.
Estamos jugando a ser soldados de la Armada Lunar... y tú eres una niña.

Ateleia ladeó la cabeza, divertida.

—¿Y eso qué tiene de malo?

El niño frunció el ceño.

—Además, si murieras en batalla, no habría nadie a quien entregar tu cuerpo.
No tienes madre.
No tienes padre.
Ni siquiera tienes un nombre.

La niña lo observó unos segundos... y rió. No con nervios, sino con una risa clara y desafiante.

—¿Eso es todo? Esperaba algo más creativo.

Tomó una espada de madera y la alzó.

—Te reto a un duelo.

—¿Un duelo? —se burló él—. Vas a perder.

—Entonces acepta —replicó ella—. Así no te queda la duda.

Se colocaron frente a frente. Los niños formaron un círculo. Algunos adultos se detuvieron a mirar.

El niño atacó primero, de frente, con fuerza excesiva, levantando la espada demasiado alto.
Ateleia no retrocedió. Ajustó los pies contra la tierra, bajó levemente el cuerpo y giró apenas el torso. El golpe pasó de largo.

Observó.

Respiraba mal.
Atacaba con rabia.
Cada estocada era más torpe que la anterior.

Cuando él intentó tomarla del cabello, ella lo sujetó de la muñeca. Sus ojos brillaron con una intensidad impropia para una niña.

—Atacar sin pensar no te hace fuerte —dijo en voz baja—. Solo torpe.

Lo empujó. Se deslizó por el suelo con rapidez y pasó la espada por los tobillos del niño. Por las reglas del juego, aquello contaba como herida real.

Cayó de rodillas.

Ateleia apoyó la espada al ras de su garganta. No alzó la voz... y aun así todos escucharon.

—Soy una niña.
Y no necesitas entregar mi cuerpo a nadie, porque jamás caería en batalla.

Lo miró con calma.

—No necesito ganarte para obligarte a arrodillarte.
Mira bien... ya lo hiciste solo.

Inclinó apenas la cabeza.

—Un poco de modales no te vendrían mal, soldado de cuarta.

Retiró la espada.

—Sí tengo nombre.

Alzó la voz.

—A partir de ahora, me llamarán Ateleia.
Y no aceptaré ningún otro.

El niño tragó saliva. Luego, como dictaban las reglas, volvió a arrodillarse en señal de respeto.

Ella le tendió la mano.

—¿Y tú? ¿Cómo te llamas?

—Leon —respondió tras dudar un instante.

Ateleia sonrió, ladeada.

—Entonces, Leon... serás mi subcomandante en los juegos.

Él rió.

—¿Después de perder?

—Exacto.
Los que pierden aprenden.
Los que aprenden... sirven mejor.

Soltó la espada.

—Aunque todavía eres más cachorro que león.

Leon rió, sin ofenderse.

—Está bien. Seré tu subcomandante.

—Por ahora —aclaró Ateleia—. No te acostumbres.

Más tarde, dejó a los niños y caminó hasta el árbol cercano al templo. Le gustaba esconderse bajo su copa para leer los libros de la única biblioteca del pueblo. Leía allí por las noches, cuando la luna parecía encenderse solo para ella.

Esa vez estudiaba botánica. Un anciano estaba enfermo y deseaba ayudarlo. En la última página encontró la mención de una flor extraña que crecía en la cima de las montañas que rodeaban el pueblo.

Suspiró.

Sabía que no la dejarían ir.

Alzó la vista a las estrellas. Sus favoritas eran las Tres Marías.

—Hermanas —susurró—, acompáñenme mañana, ¿sí? Aunque no puedan verse, yo las esperaré.

El crujir de ramas secas y hojas desparramadas al pie del árbol la puso en alerta.

Ateleia se giró de inmediato.

—Me atrapaste —dijo una voz conocida—. La próxima vez practicaré más mis movimientos de ninja.

Leon salió de entre las sombras.

—Aunque practicaras durante siglos, te escucharía venir —respondió ella—.
Eres tan delicado como un elefante.

—¿Qué haces espiándome?
¿Cómo sabías que estaba aquí?
¿Buscas una revancha para recuperar tu honor de soldado?




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