Blacks Queen

Capitulo 2

El sol ya estaba en lo alto cuando Leon terminó de preparar su mochila. Revisó dos veces las herramientas que llevaba, como si el simple gesto pudiera tranquilizarlo. Añadió pan y queso, envolviéndolos con cuidado. Aquella no era una salida cualquiera. Iba con Ateleia.

Al entrar al comedor encontró a su padre sentado a la mesa, almorzando solo. El patriarca alzó la vista y sonrió al verlo tan animado.

—Hijo, te noto apurado —dijo—. ¿Saldrás a jugar con los otros niños, como de costumbre?

Leon negó mientras tomaba la comida.

—No esta vez, padre. Saldré de aventura. No iré lejos, solo al bosque cercano. Volveré antes de la cena.

El hombre frunció apenas el ceño.

—¿Y con quién irás?

Leon ya se alejaba cuando respondió desde su habitación:

—Con Ateleia.

El patriarca sonrió. Pero no era una sonrisa inocente.

Le deseó buena suerte a su hijo y, apenas quedó solo, se dirigió a su estudio. Desde el día en que aquella niña había sido encontrada, había sabido que no era común. Los humanos no brillaban. Y aunque con los años ese resplandor se hubiera desvanecido, la sospecha jamás lo abandonó.

Tiempo atrás había hecho negocios con casas nobles del reino de Solestecia. Al anunciar el hallazgo de la niña y describir sus peculiaridades, una familia mostró especial interés: la casa de Galios. Querían comprobar si era afín a la magia estelar, una afinidad casi extinta.

El trato fue claro. La niña sería entregada al cumplir ocho años.

Sería entrenada, moldeada. Y si resultaba útil, utilizada. Quizás incluso comprometida con el heredero de la casa.

El patriarca no perdió tiempo. Envió un cuervo con instrucciones precisas: dónde encontrarla, cuándo estaría fuera del pueblo. Luego descorchó un vino añejo y brindó consigo mismo.

Pensó, solo por un instante, en Leon.

—Debe hacerse fuerte —murmuró—. Esto le servirá.

Ateleia lo esperaba bajo el árbol de ramas caídas, espada de madera en mano y gesto impaciente.

—¿Cachorro? —lo señaló—. ¿Por qué tardaste tanto? Se nos hará tarde.

Leon soltó el aire y le indicó que avanzaran. Al cruzar la entrada del pueblo, observó la espada atada a su cintura.

—¿Por qué llevas eso? No hay animales peligrosos si cruzamos el bosque.

Ateleia lo miró de reojo.

—Una siempre debe estar preparada. Además, no es lo único que traigo. Camina y no preguntes tanto.

El bosque los recibió con luz dorada. Los árboles ardían en tonos cálidos y el aire olía a hojas vivas. Ateleia caminaba tocando los troncos, observando cada flor. Leon no pudo evitar notarlo.

—Te gusta la naturaleza, ¿verdad? —dijo—. Las estrellas, el cielo... tus ojos brillan cuando miras las flores.

Ella se detuvo en seco. Sacó la espada de madera.

—No me observes tanto —advirtió—. No somos amigos.

Le dio un leve golpe en la nuca. Leon rió, avergonzado.

—Sería un tonto si no intentara serlo —dijo—. Yo ya te considero mi amiga, A ti.

Ateleia desvió la mirada. No respondió. Pero sonrió.

Las flores crecían a los pies de las montañas. Camelias de pétalos negros y dorados. Ateleia corrió hacia ellas y tomó una sin esperar a Leon.

Entonces el aire cambió.

El instinto le erizó la piel. Se giró.

Hombres altos, vestidos de negro, la rodeaban.

Ateleia no retrocedió. Sacó la daga que había robado al carnicero y plantó los pies en el suelo. El primero que avanzó se burló... hasta que ella le cortó el antebrazo y saltó hacia atrás.

—¡Atrápenla! —gritó—. ¡Ahora!

Ateleia luchó. Arañó. Mordió. Golpeó con todo su cuerpo. Pero eran muchos.

Leon intentó correr hacia ella. No llegó. Un brazo lo sujetó con fuerza.

—¡Leon! —gritó ella.

Sus ojos se encontraron.

Y lo entendió.

Las cadenas cerraron alrededor de sus muñecas. La amordazaron. Cuando logró soltarse lo suficiente, escupió la verdad que le ardía en el pecho:

—¡Me traicionaste!

No escuchó su respuesta. Solo el silencio.

La arrojaron dentro de la caravana como si no fuera nada. Ateleia no gritó. Se hizo pequeña. Una lágrima cayó, sola, como ella.

Pensó en las estrellas. En sus hermanas.

—Esto no quedará así —juró en silencio.

Cuando escuchó a los hombres hablar de dinero, de esclavos, de castigos, la furia le encendió el pecho.

No olvidaría.

Jamás.

Y supo que su vida acababa de romperse en dos.

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El caballo se detuvo frente al pueblo cuando el cielo ya comenzaba a apagarse. Leon descendió sin sentir el impacto. Caminó. Solo caminó.

El aire le parecía ajeno. Todo seguía funcionando. La vida continuaba como si nadie hubiera sido arrancado del mundo hacía apenas unas horas.

Entró a su casa.

Su padre estaba sentado en el comedor, con una vela encendida y una copa de vino en la mano. No parecía sorprendido. Parecía... satisfecho.

—Has vuelto —dijo—. Pensé que tardarías más.

Leon cerró la puerta con cuidado. Demasiado cuidado.

—¿Dónde está? —preguntó.

El patriarca bebió. Saboreó.

—Lejos.

Leon dio un paso. Luego otro.

—¿Qué hiciste?

Su padre inclinó apenas la cabeza, como si evaluara si valía la pena responder.

—La vendí.

El mundo crujió.

—¿A quién?

—A personas que sabrán aprovecharla mejor que nosotros.

Leon respiraba mal. Cada palabra parecía costarle sangre.

—Ella gritó mi nombre.

El patriarca sonrió.

—Era de esperarse. Siempre fue muy emocional.

Leon cerró los ojos un instante. Vio cadenas. Vio miedo. Vio furia.

—La engañaste —dijo—. Me usaste para sacarla del pueblo.

—No —corrigió su padre—. Te dejé hacer lo que ibas a hacer de todos modos. Confiar.

Leon abrió los ojos.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre.

El patriarca dejó la copa sobre la mesa y se levantó. Era más alto. Más imponente.




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