Ateleia despierta cuando un rayo de sol atraviesa una rendija de la caravana y se clava directo en sus párpados. Parpadea varias veces, desorientada, hasta que el movimiento del vehículo se detiene. El silencio que sigue no es alivio: es expectante, pesado.
Al alzar la vista, su respiración se corta.
Ante ella se alza una mansión de mármol blanco, tan pulido que refleja la luz como si estuviera vivo. Columnas imponentes sostienen balcones adornados con detalles en rojo carmesí, como venas abiertas sobre un cuerpo perfecto. Arbustos de flores rojas, de pétalos gruesos y brillantes, rodean la entrada. Son hermosas... y están cubiertas de espinas.
No alcanza a contar los ventanales cuando, de golpe, las cortinas de la caravana se descorren.
—¡Muévete!
Manos ásperas la toman de los brazos y la bajan sin cuidado. Sus pies apenas tocan el suelo cuando un hombre mayor, delgado y erguido como una lanza, la observa con detenimiento. Su cabello es blanco ceniza, su traje impecable, sus zapatos tan lustrados que podrían reflejar un rostro... si tuviera alma.
El hombre sonríe apenas. No es una sonrisa cálida. Es evaluadora.
—¿Así traen a una niña? —reprende con voz firme a los hombres—. La casa Galios no tolera la brutalidad innecesaria.
Ateleia nota el énfasis en la última palabra.
El hombre se vuelve hacia ella y hace una leve inclinación, como si estuviera frente a una dama de la alta sociedad.
—Bienvenida —dice—. Estás en la noble casa Galios. Has sido traída para una evaluación.
Ateleia sostiene su mirada sin responder. El silencio es su única defensa.
El labio del mayordomo tiembla apenas, una grieta mínima en su compostura. Luego, como si ajustara una máscara invisible, apoya con suavidad la mano en la parte superior de su espalda.
—Acompáñame.
La guía hacia el interior del jardín. Las enormes puertas se abren ante ellos con un susurro... y diminutas partículas de fuego flotan en el aire, danzando como luciérnagas ardientes. Ateleia siente un tirón en el pecho. Fascinación. Peligro. Ambas cosas a la vez.
No baja la guardia.
En la entrada principal la espera un hombre alto. Su cabello es de un rojo intenso, casi imposible, y sus ojos... no, no miran: miden. Por un instante, ella siente que la atraviesan.
—Hola, pequeña —dice él, inclinándose—. Soy Cyprian Galios, líder de esta casa. Lo que suceda hoy podría cambiar tu destino para bien. No tengas miedo.
Ateleia entrecierra los ojos.
—¿Traída? —escupe—. Me compraste y mandaste a secuestrar. No finjamos cortesía. ¿Qué quiere una familia como la tuya de alguien como yo?
La sonrisa de Cyprian no desaparece, pero se endurece. El mismo gesto que ella provocó en el mayordomo.
—La franqueza es... refrescante —responde—. Veremos si va acompañada de valor.
Hace un gesto apenas perceptible.
El mayordomo la toma del brazo y la arrastra escaleras abajo, hacia una habitación subterránea. El aire es más frío allí. Más antiguo. La sientan sobre una mesa de piedra.
Desde las sombras emerge otro hombre.
Su cabello es largo, de un celeste apagado, como un cielo sin vida. Sus ojos son completamente blancos. En sus dedos, múltiples anillos grabados con símbolos arcaicos.
—Haz la evaluación —ordena el mayordomo—. El señor Galios no desea demoras.
El hombre asiente y abre una ventana estrecha. El cielo se ha oscurecido. La luna comienza a asomarse.
Ateleia alza la vista... y su corazón se quiebra.
Hermanas...
Perdónenme. No fui suficiente. Pero saldré de aquí. Lo juro. Volveremos a estar juntas bajo la noche.
El hombre se gira bruscamente.
Sus ojos se abren con un horror reverente.
Eleva una mano hacia la luna y posa la otra sobre el pecho de Ateleia. Sus dedos queman.
Pronuncia palabras que no entiende, pero que resuenan en su sangre:
A Lùnais, ma tha do bheannachadh agus do ghràdh an seo, nochd e do d' sheirbhiseach umhail...
El collar bajo su ropa arde. No quema la piel: quema el alma.
Los anillos del hombre brillan con una luz insoportable. La habitación se llena de resplandores plateados y dorados. El aire vibra. El evaluador tiembla, cae de rodillas.
—Estás... bendecida —susurra, inclinándose ante ella—. Por ambos.
El mayordomo retrocede, pálido.
El hombre desaparece en una ráfaga de viento.
Ateleia aprieta el collar entre sus dedos. El mismo con el que la encontraron bajo el árbol. El que nunca se quitó.
Aprovecha el caos.
Salta por la ventana.
Corre.
El jardín trasero es un laberinto de arbustos rojos y espinas. Gritos. Caballos. Órdenes.
Corre más rápido.
Y choca con alguien.
Un niño de unos diez años. Ojos azules. Cabello rojo. Ropa de entrenamiento.
—¿Quién eres? —gruñe, sujetándola—. Te matarán por estar aquí.
—¡Suéltame! —forcejea—. Seguro eres hijo de ese gorila. Tienen el mismo cabello.
Sus dedos se clavan en su brazo.
—Cierra la boca —escupe—. Mi padre es el más poderoso de este reino.
Ateleia ríe. Seca. Oscura.
—No le temo a nadie.
El sonido de cascos los rodea.
Cyprian Galios aparece, montado, junto a sus soldados de armaduras brillantes, marcadas con el símbolo del fuego.
El cerco se cierra. Y la noche observa en silencio.
Cyprian desmontó del caballo con la parsimonia de quien no teme a nada. Sus ojos se posaron en Ateleia con una atención inquietante, no como quien observa a una niña, sino como quien evalúa una joya rara, un tesoro largamente buscado.
Luego giró el rostro hacia su hijo y habló con firmeza contenida, modulando la voz como si la presencia de ella exigiera una cortesía artificial.
—Alaric. Suéltala inmediatamente.
El niño obedeció, aunque no sin antes clavarle una última mirada cargada de resentimiento. Ateleia se sacudió la ropa con brusquedad, como si el solo contacto le resultara repulsivo. Alaric gruñó por lo bajo, humillado.
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oscuridad y luz, reinos fantasia, reflexión en la vida y pérdidas
Editado: 07.02.2026