Ateleia cerró las puertas del balcón con manos temblorosas. El ruido seco del cierre le sonó demasiado fuerte, como si hubiera sellado algo más que una entrada.
Y ahí, de pie... ya no pudo sostenerse.
El abrecartas resbaló de sus dedos y cayó al suelo con un tintineo apagado. Sus rodillas cedieron. No fue elegante. No fue digno. Fue torpe. Infantil.
Cayó sentada, abrazándose el pecho.
-Yo... yo no hice nada malo... -susurró, como si alguien pudiera oírla.
El aire le costaba. El corazón le latía rápido, desordenado. Sentía el cuello apretado, la garganta cerrada.
Miró alrededor de la habitación.
Todo era grande.
Todo era ajeno.
Todo brillaba... y nada la quería.
Se arrastró hasta la cama y se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el colchón, encogiendo las piernas contra su cuerpo. Se veía pequeña. Demasiado.
-Yo solo quería... quedarme -dijo, con la voz rota-. Portarme bien. No molestar.
Las lágrimas caían sin permiso.
-Prometí que iba a ser buena... -sollozó-. Prometí que no iba a quejarme nunca más.
Se tapó la boca con ambas manos, como si así pudiera hacer menos ruido. Como si llorar bajito doliera menos.
-¿Por qué nadie me dijo que no me querían? -murmuró-. Yo... yo los quería.
Su collar se clavó contra su pecho cuando lo apretó con fuerza, como si fuera lo único real.
Negó con la cabeza, desesperada.
-No... no... no me dejen sola -repitió, una y otra vez-. No me dejen sola, por favor...
El llanto la sacudía entera.
No era una bendecida.
Era una niña lejos de casa.
Sin casa.
Sin nadie.
La luz de la luna atravesó los ventanales de las puertas del balcón en ese instante.
No fue brusca.
No fue fría.
La envolvió.
Ateleia sintió la calidez plateada recorrerle la piel como un manto familiar. Levantó la mirada, hipnotizada, y caminó hasta el balcón. Dejó que la noche la abrazara.
Respiró lento.
Una vez.
Dos.
El llanto cedió.
Se secó las lágrimas con cuidado y volvió a mirar su collar. Algo en su interior se acomodó. No estaba sola. Nunca lo había estado del todo.
Buscó en el cielo.
Y allí estaban.
Las tres estrellas perfectamente alineadas.
Sonrió, incapaz de contener la emoción.
-Hermanas... -susurró-. Aquí están.
Las estrellas centellearon con suavidad, como si respondieran.
-Estamos en un lugar extraño -continuó-. Para todas. Pero nos vemos... y eso es lo que importa.
Caminó despacio por el balcón, rozando los detalles refinados con la punta de los dedos.
-Pasaron muchas cosas -admitió-. Lloré. Fui débil un momento... pero tenía que serlo.
Alzó el rostro.
-Tal vez el pueblo me traicionó. Tal vez no. No lo sé aún.
Hizo una pausa.
-Hoy pasó algo más. Un hombre extraño dijo que estoy bendecida. No me dijo por quién... pero cuando dudé, mi collar ardió. Como si algo estuviera esperando despertar.
Lo sostuvo entre los dedos.
-Ustedes me conocen. La curiosidad siempre me persigue.
Buscó de nuevo las estrellas.
-Mañana comenzaré un "entrenamiento". Aprovecharé para observar todo. El perímetro. Las salidas. No pienso quedarme aquí para siempre.
Sonrió apenas.
-Cuídenme, ¿sí? Las quiero.
En el balcón contiguo, oculto entre las sombras, Valerius Galios había escuchado cada palabra.
También había oído la discusión con su hermano. Pero fue la mención del collar lo que encendió algo en su mente.
Retrocedió en silencio y corrió hasta su habitación. Entre estanterías repletas de libros, buscó uno en particular. Un volumen viejo, de cuero gastado, escondido en el estante más alto.
Un diario.
Lo había comprado tiempo atrás a un mercader. Decía haber pertenecido a un antiguo alquimista, afín a la magia del agua.
Valerius hojeó páginas amarillentas hasta encontrar lo que buscaba.
La profecía.
La última sacerdotisa del culto lunar había dicho:
"Cuando los soldados de oro quieran iluminar las tierras oscuras,
se alzará una bendecida por la luna y el sol.
En su collar brillará su derecho divino.
Las madres dejarán de llorar.
Los niños no temerán su doceava primavera.
La reina guerrera traerá la noche... y el descanso."
Valerius cerró el libro despacio.
Demasiadas coincidencias.
La magia cósmica.
El collar.
La niña.
Sonrió.
No tenía pruebas aún.
Pero sí un plan.
Se ganaría su confianza.
Se presentaría como aliado.
Como amigo.
Y, con el tiempo, haría que se enamorara de él... antes que de Alaric.
---------------------------------------------
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtró por las cortinas blancas del balcón de Ateleia. Abrió los ojos lentamente y se encontró con las mismas tres mucamas.
Suspiró.
-Así que... -bostezó- serán mis fieles compañeras durante mi estadía en esta jaula.
Una de ellas dio un paso al frente y aplaudió con energía.
-Primero lo primero. Yo soy Noelle. Ellas son Violet y Margaret.
Ateleia se puso de pie, erguida.
-Mi nombre es Ateleia.
Las miró con seriedad, pero sin dureza.
-No quiero problemas. Y sé que ustedes tampoco. No haré nada que las ponga en peligro.
Bajó la mirada apenas.
-No quiero que las castiguen por mi culpa.
Las mucamas asintieron, aliviadas.
Minutos después, ya vestida y con el cabello trenzado, unos suaves golpes sonaron en la puerta.
Ateleia se levantó antes de que cualquiera reaccionara y abrió ella misma.
Valerius estaba allí.
-No esperaba que abrieras tú -dijo-. Buenos días.
Ella lo evaluó con la mirada.
-¿Qué quieres?
Valerius sonrió, inofensivo.
-¿Puedo saber tu nombre?
-Ateleia.
Ella dio un paso hacia él, invadiendo su espacio. Las mucamas se tensaron. Valerius también.
#2199 en Fantasía
#371 en Magia
oscuridad y luz, reinos fantasia, reflexión en la vida y pérdidas
Editado: 07.02.2026