Blacks Queen

Capitulo 5

Valerius se ve totalmente sorprendido, por primera vez.
Y aquello le resulta... refrescante.

—Ateleia, tenemos una biblioteca en la casa. Seguramente encuentras algo que te guste —dice con naturalidad—. Justamente iba a invitarte a conocerla, si te parece bien.

Hace una leve inclinación de cabeza. Una mano reposa sobre su pecho, la otra se extiende hacia el pasillo, invitándola a salir.

Ateleia contiene su emoción. La curiosidad le quema por dentro, pero aun así no logra evitar el brillo traicionero en sus ojos.

Cuando está por responder, Valerius se adelanta. Toma su mano con suavidad y la arrastra casi corriendo por el pasillo.

En el trayecto, Ateleia alcanza a ver a Alaric salir de su habitación.

No se detiene.

Valerius frena frente a unas enormes puertas de roble tallado. Símbolos antiguos recorren la madera, y en el centro, un fénix de alas abiertas domina la escena.

Se gira hacia ella, sonríe y le susurra al oído, casi riendo:

—Esto te va a gustar.

Ateleia permanece inmóvil. Expectante. Ansiosa.

Valerius suelta su mano y abre las puertas con ambas manos.

Ella duda. El miedo a delatarse. A bajar la guardia.

Valerius la observa. Entiende.

Se inclina hacia su oído y murmura con amabilidad:

—Sé que quieres mantener esa actitud de "los odio a todos y me voy a escapar". Pero no soy tu enemigo. Al menos, no yo.
—Hace una pausa mínima—. Sé que te mueres de ganas por entrar corriendo y explorar todo. Hazlo. Yo mantendré este... nuestro... secreto.

Ateleia se gira hacia él, entrecerrando los ojos.

—¿Por qué debería creerte? —pregunta, acercándose un poco más—. No tengo ninguna razón para confiar en ti.
—Duda apenas—. Dame una muestra. Algo que me haga confiar, aunque sea parcialmente.

Valerius es apenas un poco más alto que ella, aunque tienen la misma edad. Su cabello negro cae largo sobre sus hombros, sus ojos café rojizos la observan con atención calculada. Usa lentes y viste con una elegancia impecable.

Rompe la distancia. Se inclina para quedar a su altura, mirándola directo a los ojos.

—Tú misma dijiste que soy diferente a mi hermano. Y lo soy.
—Sonríe—. Él entrena con armas. Yo cultivo conocimiento.
—Levanta un dedo—. Segundo: soy el único de mi familia que no te ha maltratado, directa o indirectamente.
—Otro segundo de silencio—. Y tercero... me caes bien. Creo que he encontrado una compañera de lectura. Y eso me emociona.
—Aparta la mirada—. Solo un poco.

Ateleia no confía. Pero reconoce la lógica.

Levanta apenas la pesada falda del molesto vestido y da un paso dentro de la biblioteca.

Su corazón se acelera.

Cruza el umbral y el mundo, tal como lo conocía, hace una leve reverencia.

La biblioteca se abre ante ella como un templo vivo. El aroma a madera antigua y papel dormido la envuelve. Las estanterías se alzan hasta alturas imposibles, como columnas de conocimiento que respiran historias.

La luz no cae: arde.

Llamas doradas flotan en braseros de lava endurecida, iluminando los lomos de los libros como si los despertaran uno por uno. El fuego no la asusta. La llama.

Cada chispa parece susurrarle que ese lugar la estaba esperando.

Cada chispa parece susurrarle que ese lugar la estaba esperando

Sus dedos cosquillean con la urgencia de tocar un libro. Cualquiera. Todos.

Los sillones claros parecen cómplices pacientes. El suelo cruje bajo sus pasos, como si la biblioteca notara su presencia... y la aceptara.

En su pecho algo se expande.

No es solo curiosidad.

Es pertenencia.

Valerius la observa, fascinado, mientras ella sonríe sin darse cuenta.

Ateleia se detiene en seco.

Se gira bruscamente hacia él, seria.

—Decido confiar. Parcialmente —dice—.
—Duda—. Me gusta leer. Mucho. Por eso hablo diferente. Y sí, quiero leer todo lo que aquí quiera ser leído.
—Señala las estanterías—. Pero quiero tu palabra de caballero.

Valerius ríe. Se arrodilla sobre una rodilla, toma su mano y coloca la otra sobre su corazón.

—Te doy mi palabra de caballero. Este será nuestro secreto. Espero que tengamos muchas aventuras literarias juntos.

Ateleia asiente.

Ríen como niños.

Alaric lo observó todo.

Desde la otra entrada de la biblioteca, oculta entre sombras y estanterías altas. No necesitó acercarse más. Cada risa, cada gesto, cada mínima cercanía entre ellos le llegó como una provocación directa al pecho.

Su mandíbula se tensó.

Apretó los puños sin darse cuenta.

No entendía qué era lo que le hervía por dentro. No era simple enojo. No era solo orgullo herido. Era algo más oscuro. Más primitivo. Una sensación desagradable, como si alguien estuviera tocando algo que le pertenecía... aunque no supiera por qué.

Los vio reír.

Vio cómo Ateleia bajaba la guardia.

Y eso fue lo que más lo enfureció.

—No —murmuró para sí—. No con él.

El fuego en su interior respondió. No se manifestó en llamas, pero ardió igual. Le recorrió el pecho, los brazos, la garganta. La misma sensación que sentía cada vez que su padre lo doblegaba... ahora dirigida a su propio hermano.

Quiso entrar.

Quiso interrumpirlos. Tomarla del brazo. Arrancarla de ese lugar. Decir algo. Cualquier cosa.
Que ella lo mirara a él.

No lo hizo.

Porque no sabía qué era eso que sentía. Y no soportaba la idea de mostrarse vulnerable frente a nadie.

Mucho menos frente a ella.

Se dio media vuelta bruscamente y se alejó del lugar, con pasos firmes, como si huir fuera la única forma de no perder el control.




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