El campo de entrenamiento de la casa Galios era una extensión abierta de tierra ennegrecida por el uso constante de la magia ígnea. El suelo estaba cuarteado en algunos sectores, como si el fuego hubiera aprendido a morder allí. Columnas de piedra marcaban los límites del lugar, grabadas con runas antiguas que contenían y disipaban la energía liberada durante los entrenamientos.
Ateleia estaba de pie en el centro.
El vestido había sido reemplazado por ropa sencilla de entrenamiento: telas livianas, botas firmes, el cabello trenzado para no estorbar. Aun así, se sentía fuera de lugar. Pequeña. Observada.
Frente a ella estaba Alaric.
Espalda recta. Brazos cruzados. El sol arrancaba destellos rojizos de su cabello como brasas vivas. No la miraba con desprecio abierto... sino con algo peor: expectativa.
A un costado, el instructor carraspeó.
Era un hombre de edad indefinida, con cicatrices antiguas marcando sus brazos y el cuello. Sus ojos eran grises, opacos, como piedra gastada. En su pecho llevaba el símbolo del reino: neutralidad absoluta.
-Antes de empezar -dijo con voz áspera-, vamos a dejar algo claro.
Clavó su bastón contra el suelo. Las runas de las columnas brillaron débilmente.
-La magia no es un regalo caprichoso. Es un flujo. Un canal. Todos los afines la sienten primero aquí.
Golpeó su propio pecho.
-Emoción. Intención. Voluntad. Sin eso, no hay nada que proyectar.
Ateleia escuchaba con atención absoluta.
-La energía se activa cuando la reconocen como propia -continuó-. No se roba. No se fuerza. Se convoca.
Alaric soltó una risa breve, cargada de arrogancia.
-Para algunos, claro -dijo-. Otros nacen con ella ardiendo en la sangre.
El instructor lo miró sin paciencia.
-Y esos son los que más rápido se destruyen.
Alaric apretó la mandíbula, pero no respondió.
El hombre señaló a Ateleia.
-Tú. No intentes invocar nada todavía. Solo siente.
Ateleia cerró los ojos.
El mundo se volvió silencio.
Entonces lo percibió.
No como fuego.
No como viento.
No como tierra.
Era... amplitud.
Como si algo enorme respirara con ella. La presión suave de la noche, incluso bajo el sol. Un pulso lejano, antiguo. El collar contra su pecho se entibió.
Abrió los ojos.
El instructor asintió, sorprendido pese a sí mismo.
-Bien. Ahora, combate controlado.
Alaric sonrió.
Por primera vez, de verdad.
-¿Controlado? -repitió-. Haré lo posible.
Se colocaron frente a frente.
-Nada letal -advirtió el instructor-. Solo proyección básica.
Alaric alzó una mano.
El aire vibró.
El calor brotó de su palma como un rugido contenido. Lava incandescente se solidificó en segundos, formando una hoja corta, roja, viva.
Ateleia dio un paso atrás.
-¿Eso es necesario? -preguntó, sin bajar la guardia.
-Es lo único que sé hacer bien -respondió él.
Atacó.
No con toda su fuerza. Pero tampoco con cuidado.
Ateleia esquivó por instinto. Sintió el calor pasarle cerca, quemando el aire. Rodó por el suelo, el corazón desbocado.
-¡Alaric! -gruñó el instructor-. Te dije-
-Ella necesita aprender -interrumpió-. O se quiebra ahora... o después.
Volvió a atacar.
Esta vez la alcanzó.
El impacto la lanzó contra el suelo. El golpe le sacó el aire. El calor quemó la tela de su manga. Dolió. Mucho.
Algo dentro de Ateleia se rompió.
Fue rabia.
Pura. Infantil. Cruda.
Y entonces... respondió.
El suelo tembló.
Ateleia cayó de rodillas.
El impacto aún le vibraba en los huesos. El ardor en la piel no cedía. El polvo se le pegó a las manos, al rostro, a la garganta. Respiraba con dificultad, como si el aire se le negara.
Alaric no se movió para ayudarla.
La observó desde arriba.
-Levántate -dijo, sin alzar la voz-. ¿Eso es todo lo que tienes?
El instructor dio un paso al frente.
-Basta. Ya fue suficiente-
-No -lo cortó Alaric, con frialdad-. Si va a quedarse en esta casa, necesita entender su lugar.
Ateleia apoyó las manos en el suelo para incorporarse. Le temblaban.
-¿Mi... lugar? -murmuró.
Alaric sonrió. No con burla. Con algo peor: certeza.
-Eres una anomalía -continuó-. Un accidente conveniente. Crees que, porque una prueba te favoreció, porque una ley susurra tu nombre, tienes derecho a algo.
Se inclinó apenas hacia ella.
-Pero sigues siendo una niña rescatada del barro. Y el barro no gobierna reinos.
Las palabras dolieron más que el golpe.
Algo en Ateleia se quebró.
El aire comenzó a cambiar.
Primero fue sutil. Un frío que no pertenecía al día. El sudor en la piel se enfrió de golpe. La luz del campo pareció opacarse, como si el mundo contuviera la respiración.
Alaric lo sintió.
Por primera vez en un combate, su instinto gritó peligro.
El instructor se tensó, llevando la mano al bastón, alarmado.
-Alaric... retrocede.
Pero ya era tarde.
El sol comenzó a ocultarse.
No lentamente.
No de forma natural.
La luna se deslizó frente a él, tomando dominio.
Ateleia rasguñó el suelo con los dedos. Sus uñas se clavaron en la tierra agrietada. Apretó la mandíbula hasta que le dolió. No lloró. No gritó.
Levantó la mirada.
Sus ojos violetas encontraron los de Alaric.
Y el día se volvió noche.
Solo por un instante.
Pero fue suficiente.
Ateleia se incorporó con una calma antinatural. Su respiración se volvió profunda, medida. Sentía su esencia recorrerla como una marea doble: una corriente tibia, dorada... y otra oscura, infinita, silenciosa.
Su piel comenzó a brillar.
Primero, destellos plateados, como polvo de estrellas sobre su carne. Luego, una luz dorada empezó a girar a su alrededor, lenta, obediente, viva.
#2199 en Fantasía
#371 en Magia
oscuridad y luz, reinos fantasia, reflexión en la vida y pérdidas
Editado: 07.02.2026