Blacks Queen

Capitulo 7

El viejo alquimista fue conducido a la mansión Galios por los escoltas personales de Cyprian. Caminaba despacio, apoyado en su bastón, sin mostrar prisa ni temor. Sus anillos antiguos vibraban levemente, reaccionando al lugar... como si lo reconocieran como territorio hostil.

Al cruzar el umbral, el mayordomo lo recibió con una sonrisa impecable, de esas que no llegan a los ojos.

—Acompáñeme, alquimista. Mi señor lo espera en su estudio.

El anciano soltó una risa baja, áspera.

—Vaya —murmuró—. La casa sigue oliendo a oro... y a mentira.

El mayordomo no respondió. No era su función hacerlo. Lo guio por los pasillos hasta detenerse frente a las puertas del estudio y anunció su presencia.

Cyprian Galios estaba sentado detrás de su escritorio, revisando documentos. No levantó la vista. Detrás de él, la chimenea ardía con una llama constante, perfecta, demasiado ordenada para ser natural.

—Puedes retirarte —dijo.

La puerta se cerró. El silencio cayó como una losa.

El alquimista permaneció de pie.

—Cyprian —dijo—. Cuánto tiempo. Recuerdo cuando aún—

Las llamas se tensaron. No crecieron: apuntaron.

Cyprian alzó la mirada con lentitud. Sus ojos eran brasas contenidas.

—Ese hombre murió —dijo—. Y tú eres demasiado viejo para invocar fantasmas.

Se incorporó despacio, como si cada movimiento estuviera medido. Apoyó las manos sobre el escritorio, inclinado hacia adelante.

—Háblame de la niña.

No fue una orden. Fue una certeza.

—Sé que sentiste su magia —continuó—. No importa cuán lejos estuvieras.

El alquimista asintió.

—Mis anillos brillaron como no lo hacían desde hace décadas. El aire se volvió más denso. Más... consciente. —Sonrió—. No fue un estallido. Fue un despertar.

Cyprian no reaccionó. Solo observó.

—Si crees que puedes moldearla añadió el anciano—, estás cometiendo un error.

Una chispa recorrió la chimenea.

Continúa. —dijo Cyprian

El alquimista lo hizo.

—Laios poseía magia cósmica. Luz, principalmente. Así ha sido siempre. Cada mago cósmico nace inclinado hacia un lado: luz u oscuridad. Nunca ambos.

Cyprian caminó alrededor del estudio, despacio.

—Los nobles nacen con la magia fluyendo —prosiguió el anciano—. Los demás... deben despertarla. Si sobreviven al intento.

Cyprian se detuvo.

—Entonces —dijo—, esa niña no debería haber manifestado nada todavía.

El alquimista lo miró directamente.

—Exacto.

La sonrisa de Cyprian fue lenta. Profunda. Terrible.

—Entonces no solo es poderosa... es valiosa.

Se acercó un paso más.

—Dime algo —preguntó—. Cuando ella liberó esa chispa... ¿tu magia reaccionó?

El anciano dudó apenas un segundo.

—Sí.

—¿Y la mía? —insistió.

El alquimista sostuvo la mirada.

—Tu fuego... se inclinó.

El estudio se llenó de calor. No un estallido. Una presión. Como si el aire fuera a prenderse fuego.

Cyprian habló con voz baja.

—Eso no volverá a suceder.

Se plantó frente al anciano.

—Ella obedecerá. Por voluntad... o por necesidad. Si mi hijo fracasa, lo haré yo.

El alquimista rió, sin humor.

—Nunca entendiste el verdadero poder, Cyprian. No puedes poseer lo que nació para gobernar.

Cyprian lo tomó del cuello sin brusquedad. Sin enojo. Lo levantó apenas del suelo.

Las llamas avanzaron, lentas, disciplinadas.

—Yo gobierno —dijo—. Las personas. Las casas. Los reinos. Y también los destinos.

El fuego rozó la pierna del anciano. No quemó. Amenazó.

—Ella será mi reina —continuó—. O mi herramienta. Me da igual. De una forma u otra, me dará un heredero.

El alquimista no gritó. No rogó.

Pronunció palabras antiguas, casi olvidadas.

El viento estalló en la habitación, apagando las llamas, abriendo la puerta con violencia. Cyprian dio un paso atrás por primera vez.

El anciano cayó al suelo... y se puso de pie.

Antes de irse, lo miró una última vez.

—No puedes encadenar al sol, Cyprian.
—Y la luna nunca perdona.

La puerta se cerró.

El fuego tardó en responder cuando Cyprian extendió la mano.

Por primera vez en muchos años... obedeció con demora.

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Ateleia caminó junto a Valerius por los pasillos interiores de la mansión, más silenciosa de lo habitual.
Su cuerpo ya no dolía, pero algo en su pecho seguía vibrando, como un eco que no terminaba de apagarse. La magia que había despertado durante el entrenamiento aún parecía rozarle la piel desde adentro, inquieta, latente.

Valerius lo notó.

—No fue un accidente —dijo de pronto, rompiendo el silencio—. Lo que hiciste hoy.

Ateleia levantó la mirada, sorprendida.

—Casi pierdo el control —respondió—. Sentí... demasiadas cosas al mismo tiempo. Como si algo se hubiera abierto por instinto.

Valerius sonrió. No con burla. No con superioridad.
Era una sonrisa distinta. Orgullosa.

—Eso es exactamente lo que ocurre cuando la magia deja de obedecer al miedo —dijo— y empieza a responder a la voluntad.

Entraron a una sala más pequeña que la biblioteca, circular, con mapas antiguos colgados en las paredes y símbolos grabados en el suelo de piedra. Valerius cerró la puerta con cuidado, como si lo que iba a decir mereciera privacidad.

—Cuéntame —pidió—. Todo.

Ateleia respiró hondo y habló.
Del combate.
Del dolor.
De las palabras de Alaric, clavándose más profundo que cualquier golpe.
Del frío atravesándole el cuerpo.
Del cielo oscureciéndose como si algo hubiera respondido a su angustia.

Cuando terminó, Valerius no habló de inmediato.

La observó con atención, como si la estuviera viendo por primera vez.

—Eres peligrosa —dijo al fin—. Y no en el sentido que ellos creen.

—¿Eso es algo bueno o malo? —preguntó ella, cruzándose de brazos.




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