Ateleia ya no lloraba cuando sangraba.
Se limitaba a limpiar la herida con la manga y seguir de pie.
El instructor la observaba en silencio, sin corregirla.
Ya no lo hacía desde hacía tiempo.
En la casa Galios, las estaciones dejaron de ser celebraciones y se volvieron rutina. Los jardines cambiaban de color sin que nadie lo comentara. Los entrenamientos se alargaban. Las noches eran más cortas.
Alaric ya no ocupaba su lugar en los campos de práctica. Cyprian lo había enviado lejos, bajo el pretexto de forjar carácter y disciplina. Lejos de la mansión. Lejos de ella.
Valerius no permaneció en la casa Galios tanto.
Su rostro era visto en la mansión, sí, pero su influencia se gestaba lejos de sus muros. Desde muy joven comenzó a asistir a eventos sociales, banquetes, recepciones diplomáticas y encuentros entre casas nobles. Siempre como el hijo menor. Siempre como el prescindible.
Y eso... lo volvió invisible.
Mientras Cyprian volcaba toda su atención en Alaric y, más tarde, en Ateleia, Valerius aprendió a moverse en los márgenes. Escuchaba conversaciones que no estaban destinadas a él. Observaba rivalidades mal disimuladas, alianzas frágiles, matrimonios pactados con sonrisas forzadas.
No levantaba sospechas.
No inspiraba temor.
No parecía una amenaza.
Y esa fue su mayor ventaja.
En cada reunión, Valerius afianzaba vínculos que no llevaban el sello oficial de la casa Galios, sino algo más peligroso: lealtades personales. Promesas vagas. Deudas pequeñas que, con el tiempo, crecerían.
En su mente, el objetivo nunca cambió.
No quería ser heredero.
Quería ser mejor que su padre.
Cyprian jamás lo tuvo en cuenta. Nunca lo vio como un rival, ni siquiera como un posible sucesor. Y Valerius aprendió a explotar esa ceguera con precisión.
Mientras tanto, Ateleia crecía dentro de la mansión.
Ella se quedaba.
Él se movía.
Ella se entrenaba.
Él aprendía a leer personas.
Ella absorbía el conocimiento que le ofrecían.
Él recolectaba poder sin que nadie lo notara.
Dos estrategias distintas.
Dos caminos silenciosos.
Y ninguno de los dos estaba dispuesto a vivir a la sombra de Cyprian Galios para siempre.
Y Cyprian...observaba a Ateleia con una atención que no era orgullo.
Su crecimiento no había sido amable ni lento. Era una madurez forzada, peligrosa, como una hoja afilada antes de tiempo. Su cuerpo había cambiado, llamando miradas que antes no existían. Su cabello, largo y oscuro como la noche cerrada, caía sobre hombros firmes. Sus ojos violetas ya no brillaban con curiosidad: eran atentos, calculadores... cansados de fingir.
El brillo de la niña se había extinguido.
En su lugar había algo que aprendía rápido. Demasiado rápido.
Cyprian se encargó de que no quedara ningún borde sin pulir.
Los mejores maestros cruzaron las puertas de la mansión para moldearla. Etiqueta. Modales. Historia. Geografía. Magia. Combate. Armas. Estrategia.
Ateleia absorbió cada lección sin resistirse.
Escuchaba. Repetía. Ejecutaba. Bajaba la cabeza cuando era necesario. Sonreía cuando se lo pedían. Permitía que creyeran que obedecía.
Nadie notó que nunca aprendía para complacerlos.
Aprendía para entenderlos.
Para conocer sus leyes, sus vacíos, sus errores. Para saber quién mandaba, por qué, y qué pasaría si ese orden se rompía.
La casa Galios creía estar puliendo una joya.
Ateleia sabía la verdad:
estaba afilando su propia arma.
No porque quisiera servir.
Sino porque entendía algo que ellos aún no:
el día que se revelara, no habría espacio para la improvisación.
Y cuando llegara ese momento, el poder no se le concedería.
Lo tomaría con sus propias manos.
Mientras Alaric estuvo lejos, Valerius y Ateleia crecieron juntos.
No de la mano, ni bajo promesas grandilocuentes.
Crecieron en los silencios compartidos, en las rutinas que se repiten hasta volverse refugio.
Cada vez que Valerius regresaba de sus viajes —de banquetes interminables, de sonrisas diplomáticas y palabras medidas— lo primero que hacía no era informar a su padre ni retirarse a estudiar.
Iba a verla.
Ateleia siempre lo esperaba sin anunciarlo. En la biblioteca, en los balcones interiores, a veces en el jardín cuando el sol empezaba a caer. No preguntaba dónde había estado. Él no preguntaba qué había aprendido ese día.
Hablaban como amigos.
Se contaban cosas pequeñas. Anécdotas sin peso. Opiniones superficiales. Detalles que, en apariencia, no podían ser usados como arma.
Ambos eran demasiado inteligentes para entregar algo verdaderamente valioso.
Y, aun así, la confianza estaba ahí.
Ateleia confiaba en Valerius... o al menos, en la versión de él que se permitía mostrarle. Esa que escuchaba sin juzgar, que parecía verla como algo más que una pieza en un tablero. Esa que se sentaba a su lado y hablaba de libros, de estrellas, de ideas que no necesitaban permiso para existir.
Valerius, por su parte, aprendió a leerla con precisión. A reconocer cuándo estaba cansada. Cuando algo la había herido, aunque no lo dijera. Cuando su silencio era más peligroso que cualquier palabra.
Nunca se prometieron nada.
Nunca cruzaron límites evidentes.
Pero se eligieron en lo cotidiano.
Y eso —aunque ninguno de los dos lo admitiera— los volvió vulnerables.
Porque la confianza, incluso cuando se construye sobre medias verdades, sigue siendo confianza.
Y cuando se rompe... no importa cuán poco valioso era lo que se compartía.
El daño siempre es real.
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Ateleia y Valerius disfrutaban de la noche en el jardín trasero de la mansión.
Él había regresado tras pasar una semana entera en la finca de la familia Thalios, donde las casas nobles se habían reunido para celebrar el nacimiento de otro hijo del regente. Traía consigo el cansancio de los eventos largos... y una bolsa invisible llena de secretos ajenos.
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Editado: 07.02.2026