Blacks Queen

Capitulo 9

Ateleia se apartó de inmediato del toque de Alaric.

Fue un gesto rápido, casi instintivo, como si su piel hubiera reconocido el peligro antes que su mente. No dijo nada. No lo miró. Simplemente se dio vuelta y se alejó, dejando atrás el murmullo elegante de la fiesta y las miradas curiosas que no entendían nada... pero lo intuían todo.

Cruzó el salón sin mirar a nadie.
El aire le pesaba en el pecho.

Necesitaba silencio.

Se refugió en su lugar favorito de la casa Galios: la biblioteca.

El único espacio donde las paredes no parecían observarla con expectativas. Donde el tiempo se detenía entre páginas gastadas, risas susurradas y conversaciones robadas a la noche. Un lugar que, durante años, solo ella y Valerius habían llenado de murmullos cómplices y secretos sin importancia... o eso creía.

Cerró las grandes puertas de madera con más fuerza de la necesaria y apoyó la espalda contra ellas.

Su pecho subía y bajaba con rapidez.
El corazón le golpeaba como si quisiera escapar.

No entendía qué le había pasado.

El enojo no encajaba del todo.
La incomodidad, tampoco.
Y esa reacción física —ese nudo caliente en el vientre, esa electricidad breve cuando él la tocó— la enfurecía más que cualquier palabra.

Caminó entre las estanterías para calmarse.

A los diecisiete años, había leído casi todos los libros de ese lugar. Historia, política, magia, guerras, reinos caídos. Sabía más de Solestecia que muchas damas que se pavoneaban en el salón principal con sonrisas ensayadas.

Pero siempre había una sección que la inquietaba.

La zona sellada.

Una pared entera protegida por magia ígnea, viva, pulsante. Cyprian había sido claro años atrás:
Esos libros no son para ti.

Ateleia nunca había discutido esa orden.
No por obediencia.
Sino porque sabía esperar.

Se detuvo frente a las estanterías prohibidas. El calor del sello rozaba su piel, familiar... casi provocador.

Cerró los ojos.

Respiró.

Desmenuzó cada pensamiento como le habían enseñado a hacer con la magia: identificar el origen, separar la emoción de la reacción, encontrar el núcleo.

Y entonces lo entendió.

No era solo Alaric.
No era solo el toque.

Era la certeza de que, una vez más, alguien había intentado reclamarla como si fuera parte del mobiliario de esa casa.

Como si su cuerpo, su poder, su destino... fueran algo que podía tomarse sin pedir permiso.

Abrió los ojos.

Y justo entonces, detrás de ella, el silencio de la biblioteca dejó de ser absoluto.

Las puertas se abrieron sin aviso.

Ateleia se giró de inmediato.

No esperaba a nadie.
Y, sin embargo, ahí estaba.

Alaric Galios cerró las puertas detrás de sí con una calma que no coincidía con la tormenta que traía en los ojos. Su figura llenó el espacio como si la biblioteca —su refugio— hubiera dejado de pertenecerle en ese instante.

—¿Cómo...? —empezó ella, sorprendida—. ¿Cómo supiste que estaba aquí?

Alaric ladeó apenas la cabeza. Una sonrisa torcida le cruzó el rostro.

—¿De verdad creíste que no lo sabía? —respondió—. Siempre fue el mismo lugar. Tú y mi hermano... escondiéndose aquí como dos ratones, creyendo que nadie los veía.

El comentario le salió cargado de algo viejo.
De algo que llevaba años fermentando.

Ateleia frunció el ceño.

—No tienes derecho a hablar de mí ni de Valerius —dijo, firme—. Mucho menos a seguirme.

Alaric avanzó un paso.

El sonido de sus botas contra la madera resonó como un desafío.

—Tengo derecho a preocuparme cuando la futura joya de esta casa se escapa de su propia fiesta —replicó—. Y más aún cuando lo hace para ir a refugiarse en el único lugar donde mi hermano cree que puede tocar lo que es mío.

Ahí estaba.

La amenaza, desnuda.

Ateleia sintió el calor subirle por el pecho, pero no retrocedió.

—No soy de nadie —escupió—. Y si crees que puedes venir aquí a marcar territorio como un animal, estás muy equivocado.

Alaric rió por lo bajo. Una risa sin humor.

—Sigues siendo igual —dijo—. Desafiante. Orgullosa. Creyendo que todo esto es un juego de libros y palabras bonitas.

Se detuvo frente a ella. Demasiado cerca.

—Pero no lo es —continuó, con voz baja—. Aquí se gana con poder. Con sangre. Con control.

Ateleia sostuvo su mirada.

—¿Eso te enseñaron durante todos estos años fuera? —preguntó—. ¿A repetir el discurso de tu padre como un buen soldado obediente?

La expresión de Alaric se tensó.

—Cierra la boca.

—¿O qué? —replicó ella—. ¿Me vas a ordenar que baje la cabeza? ¿Que sonría y agradezca que me quieran encerrar en una jaula de oro?

Alaric apoyó una mano en la estantería detrás de ella, atrapándola sin tocarla.

—No juegues conmigo, Ateleia —gruñó—. Sé exactamente lo que estás haciendo. Te escondes detrás de mi hermano. Usas su simpatía, su debilidad.

—Valerius no es débil.

—Lo es —corrigió Alaric—. Porque cree que puede protegerte.

Eso la golpeó.

—Y tú... —continuó él— crees que puedes elegir a tu aliado.

Ateleia levantó el mentón.

—Lo hago todos los días.

El silencio entre ambos se volvió denso.

Alaric la observó con una intensidad nueva. Ya no era la niña desafiante de antaño. Era una mujer. Y eso lo enfurecía... y lo descolocaba.

—No te equivoques —dijo finalmente—. Esta casa no es un refugio. Es un campo de batalla. Y si sigues acercándote a Valerius... vas a obligarme a intervenir.

Ateleia sonrió. No fue dulce.

—Entonces hazlo —respondió—. Pero recuerda algo, heredero: los ratones que sobreviven son los que aprenden a morder.

Alaric se enderezó lentamente.

Sus ojos ardían.

—Ten cuidado —murmuró—. No sabes a quién estás provocando.

—Sí lo sé —dijo ella—. Y eso es lo que más te molesta.

Alaric la sostuvo con la mirada un segundo más. Luego se dio media vuelta y salió de la biblioteca sin mirar atrás.




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